Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 16 Cuando el norte llama
El norte no llamaba con campanas.
Llamaba con viento.
Alessandro di Ravenna lo supo antes de que llegaran los mensajeros. El aire del castillo cambió de densidad, como si las paredes escucharan primero. Los entrenadores se movían con prisa contenida. Giovanni caminaba más rápido de lo habitual, sin perder la compostura.
—Problemas en la frontera —anunció el capitán de la guardia—. Incursiones pequeñas. Nada grave… aún.
“Aún” era una palabra peligrosa.
Alessandro sintió el tirón antiguo en el pecho: la memoria de una vida donde el norte había sido un campo de decisiones tardías. No iba a repetir eso.
—¿Qué necesitan? —preguntó, con una firmeza que ya no sonaba ensayada.
—Organización —respondió el capitán—. Refuerzos. Presencia.
Alessandro asintió.
—Díganles que preparo una rotación de entrenamiento y guardias. Y que envíen provisiones al paso del río. Hoy.
No era el duque aún.
Pero el castillo lo escuchó como si lo fuera.
Luca Avenni se enteró por los murmullos.
—El norte está inquieto —dijo, encontrando a Alessandro en el corredor de mapas—. Giovanni frunció el ceño.
—Eso significa que el viento trae malas noticias —respondió Alessandro—. No es para preocuparte.
—No soy de preocuparse —sonrió Luca—. Soy de quedarse.
Alessandro alzó la vista.
—No te metas en esto.
—No me meto —replicó Luca—. Estoy aquí.
Eso era, otra vez, la diferencia.
El castillo entró en una coreografía tensa: guardias que subían y bajaban escaleras, listas que se escribían y reescribían, herreros revisando hebillas. Alessandro caminaba entre ellos con el mapa mental de otra vida, eligiendo rutas, ordenando relevos, corrigiendo errores antes de que se volvieran urgencias.
—Te mueves como si ya lo hubieras hecho —comentó el capitán, observándolo.
—Lo hice —pensó Alessandro.
—Estoy aprendiendo —respondió en voz alta.
No era mentira.
Luca decidió apoyar como sabía.
No con órdenes.
Con música.
Se instaló en el salón lateral, tocando melodías firmes, constantes. No para distraer del peligro, sino para sostener el pulso del lugar. Algunos guardias se detenían un segundo antes de salir. Otros respiraban hondo y seguían.
—No es un concierto —le dijo la maestra Vittoria—. No necesitas tocar todo el día.
—No toco para el día —respondió Luca—. Toco para el ritmo.
Eso… ayudaba más de lo que parecía.
El primer roce emocional llegó de madrugada.
—No deberías estar despierto —dijo Alessandro, encontrando a Luca en el pasillo, con el arpa en brazos.
—Tú tampoco —respondió Luca—. Pero el norte no duerme.
—No uses palabras grandes para justificar cansancio.
—No uso palabras grandes —sonrió Luca—. Uso las que alcanzan.
Alessandro suspiró.
—Vuelve a tu habitación.
—Vuelvo cuando termines de mirar mapas como si te fueran a morder.
—No me muerden —replicó Alessandro—. Me recuerdan.
Luca se acercó un paso.
—¿Recuerdan qué?
Alessandro no respondió.
La crisis pequeña se volvió concreta cuando llegó un herido con el amanecer.
No grave.
Suficiente para que el castillo entendiera que “aún” ya estaba tocando la puerta.
Alessandro organizó atención, relevos, envíos de provisiones. Sus manos no temblaron. Su voz tampoco.
—No te excedas —murmuró Giovanni—. Liderar también es dosificar.
—Lo sé —respondió Alessandro—. No me iré al frente.
—Aún.
Alessandro le lanzó una mirada que pedía silencio.
Luca, sin preguntar, se quedó en la enfermería, tocando suave para quien no podía dormir por el dolor.
—No es medicina —dijo la enfermera.
—No —respondió Luca—. Es compañía.
El herido respiró mejor.
Eso bastó.
El choque llegó en el patio, cuando Alessandro vio a Luca salir de la enfermería con ojeras.
—Te dije que no te metas —dijo, con dureza que no venía solo del miedo.
—No me metí —respondió Luca—. Me quedé donde alguien me necesitaba.
—No es tu carga.
—Tampoco era tu herida —replicó Luca—. Y aun así cargaste con ella.
El silencio fue áspero.
—No quiero que te pase nada —dijo Alessandro al fin.
—No me pasará —respondió Luca—. No porque tú me encierres. Porque yo me cuido.
Alessandro cerró los ojos un segundo.
—No soy bueno para decir esto.
—No tienes que decirlo —sonrió Luca—. Lo haces.
La noche siguiente, el viento golpeó las ventanas.
Luca tocó una melodía firme en el pasillo. Alessandro se detuvo a escuchar, con los mapas aún en la mano.
—Gracias —dijo, sin mirarlo.
—No toco para que me agradezcas —respondió Luca—. Toco para que no cargues solo.
El norte seguía llamando.
El castillo respondía.
Y, en medio del ruido del mundo, ambos aprendían a sostener un pulso común:
liderar no es cerrar puertas,
cuidar no es encerrar,
quedarse no es rendirse.