Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Niñeros
Cuando el banquete terminó y los músicos comenzaron a recoger sus instrumentos, Ginger se abrió paso entre los invitados con una sonrisa radiante… aunque en sus ojos se notaba un cansancio difícil de ocultar. James caminaba a su lado, sosteniendo con extrema delicadeza al pequeño Alban, que dormía plácidamente en una manta suave.
Ginger llegó hasta donde estaban Florence y Greofrey conversando, y carraspeó suavemente.
—Florence… hermano… —dijo con voz dulce, casi demasiado dulce.
Florence levantó la vista y la miró con curiosidad. Conocía a Ginger lo suficiente como para saber que cuando sonreía así… algo tramaba.
—¿Sí? —preguntó con calma.
Ginger apretó las manos frente a ella, como quien está a punto de confesar un crimen menor.
—Verás… —empezó— James y yo… llevamos días sin dormir. Alban es un ángel, claro que sí, pero… —miró a su hijo con ternura agotada— los ángeles también lloran. Mucho.
James guardó silencio, limitándose a mirar a su esposa con una mezcla de adoración y resignación absoluta. Era evidente que él no iba a negar nada que ella pidiera.
—Así que… —continuó Ginger, con una sonrisa que intentaba ser inocente— ¿podrían cuidar de Alban esta noche?
Florence parpadeó, sorprendida.
—¿Esta noche? ¿Los dos? —repitió.
—Sí. Solo por hoy. Prometo que mañana volveré a ser la madre responsable que soy —dijo Ginger con dramatismo juguetón.
Greofrey la miró con severidad fraterna.
—Ginger… Florence acaba de llegar desde otro reino. Ha viajado durante días. Seguramente quiere descansar —dijo con calma.
Florence iba a asentir, aunque no por desagrado, sino porque realmente no quería ser una molestia. Pero Ginger ya tenía preparada su ofensiva final.
—Es que… —su voz se suavizó, casi quebrándose— no confío en nadie más.
Las palabras quedaron flotando entre ellos.
No como un chantaje.
Sino como una verdad vulnerable.
Florence miró a Ginger. Vio a la amiga fuerte, brillante, empresaria, madre… que por primera vez pedía ayuda sin disfrazarlo. Vio a la mujer que la había acogido sin cuestionarla, que la había tratado como a una igual, que la había hecho sentir segura.
Y sonrió.
—Está bien —dijo con suavidad—. Me encantaría cuidar de Alban.
Ginger exhaló como si hubiera estado conteniendo la respiración por minutos. Se volvió hacia su hermano con los ojos brillantes.
—¿Ves? Te lo dije.
Greofrey suspiró, pero no con molestia, sino con resignación cariñosa.
—Supongo que si Florence acepta, no tengo objeción —respondió.
La alegría de Ginger fue inmediata. Abrazó a Florence con delicadeza —siempre respetuosa, siempre cálida y luego miró a su esposo. James se acercó un poco más, inclinando la cabeza en señal de agradecimiento silencioso.
Y mientras colocaban al pequeño Alban en brazos de Florence, ella sintió que una calidez suave le llenaba el pecho.
Era… tan pequeño.
Tan frágil.
Tan pleno de vida.
Jason, el ducado, la muerte fingida, el dolor… todo eso pareció desvanecerse por un instante.
Porque esa noche, lejos de su reino, lejos de los fantasmas del pasado, Florence no era viuda, ni duquesa, ni estratega.
Esa noche sería simplemente…
alguien que cuidaba de un bebé querido.
Por supuesto, Ginger no fue irresponsable. Antes de retirarse a descansar, dejó a dos criadas de absoluta confianza a disposición de Florence y Greofrey “por cualquier cosa”, como repitió al menos tres veces. Y aun así, se quedó en la habitación contigua, dejando la puerta semiabierta… porque aunque confiaba, su corazón de madre primeriza no podía alejarse del todo.
La habitación preparada para Alban era amplia, cálida, iluminada por una lámpara suave de cristal que proyectaba destellos dorados en las paredes. El pequeño descansaba en una cuna tallada a mano, rodeado de suaves cortinas blancas.
Y justo cuando Ginger cerró la puerta con una sonrisa agradecida…
Alban despertó.
No lloró. Solo abrió los ojos grandes, oscuros y curiosos y comenzó a mover sus pequeñas manos en el aire como si intentara atrapar la luz.
Greofrey y Florence se miraron.
Luego miraron al bebé.
Y entonces comprendieron la misma verdad al mismo tiempo..
No tenían la más mínima idea de qué hacer.
—Creo… que no quiere dormir —murmuró Florence en voz baja, casi como si temiera despertar realmente al niño.
—Eso parece —respondió Greofrey con solemnidad absurda.
Se quedaron en silencio unos segundos más, observando al bebé.
Luego Florence no pudo contener una suave risa.
—Nunca he cuidado a un bebé tan pequeño —confesó.
—Yo tampoco —admitió él, muy serio— pero soy un tío responsable. Debo… aprender.
La manera en que lo dijo fue tan formal que Florence tuvo que llevarse la mano a los labios para contener otra risa.
Decidieron acercarse.
Florence fue la primera en inclinarse sobre la cuna. Alban la miró fijamente, como si estuviera evaluándola. Ella sonrió y movió suavemente el dedo frente a él. El bebé, con esfuerzo torpe y adorable, intentó atraparlo.
—Mira… —susurró ella, enternecida— es tan pequeño…
Greofrey se acercó también, inclinándose a su lado.
—Quizás… —dijo pensativo— hay que hablarle.
—¿Hablarle? —repitió Florence.
—Sí. Creo que a los bebés les hablan mucho —respondió con total convicción.
Florence asintió con solemnidad igual de absurda.
—De acuerdo.
Y así, sin saber muy bien cómo, empezaron a turnarse para “conversar” con Alban. Le hablaban de cosas triviales.. de cómo había sido el banquete, de lo hermoso que estaba el jardín de la mansión Evenhart, de lo delicioso que era el pastel de miel…
El bebé los miraba con esos grandes ojos curiosos como si realmente entendiera cada palabra.
Luego Greofrey, un poco incómodo, intentó mecer la cuna con extrema suavidad.
—¿Así? —preguntó, como si Florence fuera una experta.
—Creo que sí —dijo ella, aunque estaba igual de perdida.
Pero Alban no parecía tener intención de dormir. Movía los pies, fruncía un poco el ceño, emitía pequeños sonidos… No lloraba, pero claramente estaba despierto y lleno de energía nocturna.
En algún momento, Florence no pudo evitar reírse de sí misma.
—Somos terribles niñeros —dijo.
Greofrey sonrió, relajándose poco a poco.
—Terribles… pero dedicados.
Y entre risas bajas, miradas cómplices y movimientos torpes pero llenos de cariño, ambos comenzaron a improvisar. Un poco de arrullo, un poco de conversación, un poco de paciencia… aprendiendo juntos, en esa noche tranquila y cálida, cómo cuidar a una vida tan pequeña.
Naturalmente, la conversación entre Greofrey y Florence empezó a fluir sin esfuerzo.. Al principio, todo giraba en torno a Alban. El pequeño parecía sentirse extrañamente cómodo en brazos de los dos.. no lloraba, pero tampoco mostraba intención alguna de dormir, así que se turnaban para cargarlo, meciéndolo suavemente mientras caminaban por la habitación en penumbra.
—Creo que ya le gustamos —bromeó Greofrey en voz baja, sonriendo cuando Alban apoyó su diminuta mano sobre su chaleco.
Florence soltó una risa suave, algo tímida, pero real. Hacía tiempo que no reía así. El bebé balbuceó algo incomprensible, y eso bastó para que ambos se miraran y volvieran a sonreír, como si aquel instante fuera un pequeño refugio dentro de todo lo que habían vivido.
Y, sin darse cuenta, dejaron de hablar solo de Alban.
Las palabras se fueron deslizando hacia otros temas… hacia sus vidas. Greofrey habló un poco de su infancia, de sus responsabilidades, de cómo la vida lo había ido moldeando. Florence lo escuchaba con atención genuina, algo inclinada hacia él, como si cada palabra fuera importante.
En algún momento, ella también comenzó a hablar. Con voz tranquila aunque por dentro temblaba un poco.. le contó sobre Jason. Sobre su muerte. Sobre la vida silenciosa y pesada que había llevado después en el ducado. No eran detalles dramáticos ni adornados… era la verdad desnuda, frágil, sostenida en el aire entre ellos.
Greofrey guardó silencio unos segundos. No era el silencio incómodo de quien no sabe qué decir… sino el de quien realmente está procesando, respetando lo escuchado.
Entonces la miró. No con lástima. No con compasión distante.
Sino con una calidez profunda.
—¿Y tú… cómo estás con eso? —preguntó suavemente.
Florence parpadeó, sorprendida. Estaba acostumbrada a miradas de pena, a susurros de “pobrecita”, a palabras huecas. Pero casi nadie le había preguntado por cómo se sentía de verdad. No sobre Jason. No sobre el duelo. No sobre la soledad.
Solo ella.
—Muchos… solo hablan de lo que pasó —susurró—. Pero nadie me pregunta eso.
Greofrey sostuvo su mirada, firme y amable.
—Porque tú importas —respondió con simpleza—. No solo lo que ocurrió a tu alrededor.
Y en ese instante, con Alban dormitando al fin contra su pecho, Florence sintió algo que hacía mucho no sentía.. que no estaba sola. Que alguien la veía. No como la viuda. No como la duquesa.
Sino como Florence.
Ella le respondió con calma, sin prisa, como si cada palabra tuviera su propio peso. No necesitaba alzar la voz.. la quietud de la habitación invitaba a la tranquilidad. Greofrey escuchaba con atención sincera, interviniendo solo cuando era necesario, sin interrumpirla jamás. Era extraño… pero cómodo. Como si se conocieran de mucho tiempo.
Mientras hablaban, Alban por fin empezó a relajarse del todo. Sus párpados fueron cayendo poco a poco, y su respiración se volvió lenta y acompasada. En algún momento, terminaron sentados cerca uno del otro, turnándose para sostener al bebé con el mayor cuidado, como si temieran romper aquel pequeño milagro de paz.
La conversación, sin que ellos lo notaran, se fue suavizando hasta volverse casi un susurro. Hablaban de todo y de nada.. recuerdos de infancia, anécdotas triviales, miedos que rara vez confesaban en voz alta. Cada tanto, compartían una sonrisa cómplice, intentando no reír fuerte para no despertar a Alban. La habitación estaba envuelta en una penumbra cálida, apenas iluminada por la luz que se filtraba por la ventana.
Y el tiempo… simplemente dejó de existir.
No hubo silencios incómodos. Cuando callaban, no era porque no supieran qué decir, sino porque se sentían tranquilos así, compartiendo el mismo aire, el mismo instante.
Fue recién cuando un tenue resplandor empezó a teñir los bordes de las cortinas que Greofrey parpadeó, sorprendido. Miró hacia la ventana, luego a Florence.
—Creo que… amaneció —murmuró en voz baja, incrédulo.
Florence alzó la vista, como si recién entonces tomara conciencia de la claridad que entraba en la habitación. Sus ojos se abrieron un poco, y luego volvió la mirada hacia él.
—. Siento como si solo hubieran pasado unos minutos.
Greofrey soltó una risa suave, cuidando de no mover a Alban, que dormía plácido entre ellos.
—Entonces los dos hemos perdido la noción del tiempo —bromeó.
Florence no pudo evitar reír también, llevándose una mano a los labios para contener el sonido. Esa risa no era forzada ni educada. Era ligera. Real.
Y en ese instante ambos comprendieron
.. aunque no lo dijeran en voz alta.. que algo había cambiado. Que aquella noche, sin proponérselo, habían tejido un lazo hecho de palabras, confidencias y silencios compartidos. Y aunque amanecía… ninguno de los dos sentía sueño.
Solo una extraña y suave paz.