Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 18: La propuesta
El apartamento de Alessandro olía a romero y a algo que se cocinaba a fuego lento.
Monserrat reconoció ese olor apenas cruzó la puerta. Era el aroma de las pocas veces en que él cocinaba, de los momentos en que dejaba de ser el heredero de los Vitale y se transformaba en alguien concentrado, moviendo las manos sobre una tabla de cortar con la misma precisión que usaba en los negocios. Pero esa noche había algo distinto. Una atención especial en los detalles. Las velas sobre la mesa —no demasiadas, las justas—, la música baja, la que a ella le gustaba. La luz tenue que hacía que Florencia, allá afuera, pareciera un escenario suspendido en el tiempo.
—¿Qué celebramos? —preguntó ella, dejando el bolso en el sillón.
—Que es viernes —respondió él desde la cocina—. Que mañana no tengo reuniones. Que tú estás aquí.
Ella sonrió. Era la misma respuesta de siempre, pero había una capa nueva en su voz, algo apenas perceptible que se quedó flotando en el aire.
Se acercó a la cocina. Él removía algo en una sartén con ese delantal ridículo que le habían regalado y que ella solo le había visto usar tres veces en cuatro años. La espalda ancha, los hombros relajados, la forma segura en que se movía. Todo parecía normal. Todo era él.
—¿Te ayudo? —preguntó.
—No. Siéntate. Ya casi está.
Ella obedeció. Se acomodó en la barra y lo observó ir y venir entre los fogones. La cena, el vino, la conversación fácil. Todo como siempre.
Y, sin embargo, debajo de esa normalidad, como una nota grave que sigue resonando aunque no la escuches del todo, estaba el residuo. El sueño. El puente. La mano extendida hacia el vacío.
No quería pensar en eso. No ahora.
Pero estaba ahí.
La cena fue buena. Muy buena. Alessandro había preparado pasta fresca por primera vez y, contra todo pronóstico, le había salido perfecta. Comieron, bebieron, rieron. Hablaron de cosas pequeñas: del trabajo, de un viaje que quizá harían, de lo hermosa que se veía Florencia desde su ventana.
En un momento, mientras ella hablaba de la última exposición, él la miró de una manera distinta. No la interrumpió. No dijo nada. Solo la observó, como si intentara memorizarla.
Ella lo notó.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada. Sigue.
—No. Dime.
Él sonrió. Esa sonrisa abierta y sincera que siempre había sido lo mejor de él.
—Luego —dijo—. Termina de contar lo de la exposición.
Ella continuó, pero ya no estaba del todo allí. Una parte de ella se había quedado observándolo observarla, preguntándose qué guardaba detrás de esa calma.
Después del café, él la llevó al balcón.
No era grande, apenas el espacio suficiente para dos personas mirando la ciudad. Desde ahí se veía Florencia extendida como un mapa de luces: cúpulas oscuras, campanarios recortados contra la noche, ventanas encendiéndose una a una como si alguien las fuera contando.
Él se apoyó en la barandilla y ella se colocó a su lado. El aire fresco, el murmullo lejano de la ciudad, el silencio cómodo entre los dos.
—Monse —dijo él.
Ella lo miró. Su expresión era distinta a cualquier otra que hubiera visto antes. No había nerviosismo, ni duda. Solo la serenidad de alguien que ya tomó una decisión.
—Llevo tiempo pensando en esto —dijo—. Mucho tiempo. Y quería que fuera aquí. Contigo. Así.
Ella no respondió. Sintió un pequeño peso moverse dentro del pecho, algo leve pero inevitable.
—Te quiero —continuó él—. Te quiero de una manera que no sabía que existía. No es solo que estemos bien juntos. No es la costumbre. Es que cuando no estás, algo falta. Y cuando estás... todo encaja.
Las palabras la atravesaron con una ternura inesperada.
—No te pido que seas perfecta —dijo él—. Te pido que seas tú. Con ese vacío que a veces no sabes explicar, con las noches en las que no puedes dormir, con la forma en que miras las cosas como si guardaran secretos. Todo eso. Lo quiero todo.
—Alessandro...
—No tienes que responder ahora. Solo quería que supieras que te veo. De verdad te veo.
Ella abrió la boca para hablar.
Y entonces ocurrió.
No fue una imagen clara ni un pensamiento definido. Fue una sensación. Un eco. Sus manos. Recordó sus manos en el sueño: la cicatriz que no era suya, el puente, el gesto desesperado hacia el vacío. Las mismas manos que ahora descansaban sobre la barandilla fría.
Solo un instante.
Menos que un segundo.
Y respondió.
—Sí.
Él parpadeó, como si necesitara comprobar que había escuchado bien.
—¿Sí?
—Sí. Quiero. Quiero todo eso.
No terminó la frase.
No hizo falta.
Él la abrazó con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer. Ella sintió su calor, su respiración, el latido firme contra su pecho.
—Monse —susurró él, hundiendo el rostro en su cabello.
Ella cerró los ojos.
Y durante un instante, todo pareció estar exactamente donde debía.
Cuando él fue a la cocina a buscar el vino que habían dejado, ella se quedó sola en el balcón, mirando la ciudad.
Oyó su nombre.
Una vez.
No era la voz de Alessandro.
Era la otra. La del sueño. La que resonaba mientras ella corría sin mirar atrás.
Se obligó a respirar. No podía dejar entrar eso ahora.
Por un momento, creyó escuchar también el río. El agua constante, indiferente, como en aquella visión en la que alguien le decía que debía irse antes del amanecer.
Parpadeó.
El río desapareció. Solo quedaban las luces de Florencia y el silencio nocturno.
Alessandro regresó con dos copas. Le tendió una. Brindaron. Él sonrió. Ella también.
—Te quiero —dijo él.
—Yo también.
No era mentira. Lo quería. Siempre lo había querido, con ese amor tranquilo y estable que daba calma.
Pero mientras bebía el vino y lo escuchaba hablar del futuro —de la boda, de los planes, de la vida que construirían— algo se movió dentro de ella.
No era culpa. No era miedo.
Era algo más ambiguo. Una mezcla extraña de alivio y vértigo.
Más tarde, cuando él se quedó dormido, ella permaneció despierta.
La habitación estaba en penumbra. La respiración de Alessandro, profunda y tranquila, marcaba el ritmo de la noche. La luz de la luna entraba por la ventana, dibujando sombras suaves en las paredes.
Monserrat levantó las manos frente a sí.
Las mismas manos del sueño. Las del puente. Las que se habían extendido hacia algo que no alcanzaba a recordar. Las que horas antes él había sostenido con cuidado mientras deslizaba el anillo en su dedo.
El anillo.
Un aro delgado, sencillo, perfecto. Lo había elegido bien. Porque la conocía.
Pasó el pulgar sobre el metal. Sintió su peso mínimo, casi inexistente.
Y aun así, estaba.
Cerró la mano lentamente.
Durante un segundo deseó que ese pequeño círculo pudiera anclarla por completo a la realidad, cerrar la grieta silenciosa que se abría dentro de ella cada vez que el sueño regresaba.
Pero el eco seguía allí.
Leve. Persistente.
Como una promesa que no sabía si pertenecía al futuro… o a algo que ya había vivido.
Monserrat soltó el aire muy despacio, giró el anillo una vez más y, finalmente, cerró los ojos.
El sueño tardó en llegar.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴