El amor es un suspiro mortal; la obsesión es un hambre eterna.”
Francois es un joven florista cuya vida es un jardín de luz y serenidad. Su mundo gira en torno a Margaret, su prometida, una mujer cuya calidez es el único refugio que necesita. Pero la felicidad de los mortales siempre atrae a las sombras, y para Demon, un vampiro antiguo que ha olvidado lo que significa sentir, Francois no es solo una presa: es una obsesión.
Demon no busca simplemente la sangre de Francois; desea corromper su pureza, quebrar su voluntad y poseerlo como la joya más preciada de su colección macabra. Consumido por unos celos patológicos hacia Margaret, el vampiro inicia un asfixiante juego de manipulación psicológica. A través de visiones aterradoras, regalos envenenados y la seducción del poder prohibido, Demon comienza a aislar a Francois de la realidad, sembrando la desconfianza y la paranoia en la pareja.
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Capítulo 4: El Ayuno de la Cordura
El título de la obra, "La Fragilidad del Lirio", nunca había sido tan acertado como en los días que siguieron al encuentro en la mansión. Francois se movía por la florería como un espectro. El color había huido de sus mejillas y sus manos, antes hábiles para crear belleza, ahora podaban las flores con una agresividad errática. Margaret, por su parte, intentaba mantener una fachada de normalidad que se desmoronaba cada vez que el teléfono sonaba o alguien golpeaba la puerta.
Demon no había vuelto a aparecer físicamente, pero su presencia era un sudario que cubría cada rincón del apartamento. Estaba en el olor a incienso que aparecía de la nada a las tres de la mañana; estaba en las sombras que parecían susurrar el nombre de Francois cuando el viento soplaba contra el cristal.
Pero Demon se estaba aburriendo del aislamiento. Para que su placer fuera completo, necesitaba ver cómo el vínculo entre sus presas se quebraba bajo la presión del contacto directo. Había llegado el momento de jugar con Margaret.
La Invitación del Mal
Era un martes gris. Margaret se encontraba sola en la biblioteca municipal, organizando la sección de historia antigua. El silencio del lugar solía darle paz, pero ahora cada crujido del suelo de madera la hacía saltar.
—Es una sección fascinante, ¿no cree? —dijo una voz a su espalda.
Margaret dejó caer el libro que sostenía. Se giró para encontrar a un hombre de una elegancia insultante, apoyado contra una de las estanterías de roble. Reconoció de inmediato la descripción que Francois le había dado entre gritos y sollozos: la piel de mármol, los ojos de noche infinita.
—Tú... —logró decir ella, su voz apenas un hilo—. Tú eres Demon.
—Me halaga que mi nombre esté en sus labios, Margaret —dijo él, dando un paso hacia adelante. El aire a su alrededor pareció enfriarse diez grados—. He venido a pedirle una disculpa. Creo que mi regalo causó una fricción innecesaria entre usted y el joven Francois.
Margaret apretó los puños. El miedo inicial fue reemplazado por una llamarada de indignación protectora.
—Aléjate de nosotros. No sé qué quieres de Francois, pero no vas a destruirlo.
Demon soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier calidez humana.
—¿Destruirlo? Margaret, querida, yo soy el único que puede salvarlo de la mediocridad en la que tú lo tienes sumergido. Mírate. Eres una criatura que se marchita, que cuenta los días para morir. ¿Y pretendes retener a un alma tan vibrante como la de él en tu pequeña jaula de rutinas y café por las mañanas?
—Él me ama —sentenció ella, aunque su voz tembló.
—Él te amaba por costumbre —corrigió Demon, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir el aura de depredador que lo envolvía—. Pero ahora, cada vez que te mira, ve mi rostro. Cada vez que te toca, desea el frío que yo le ofrecí. ¿No lo has notado? Sus besos ya no tienen sabor. Él ya no te pertenece, Margaret. Sus pensamientos son míos.
La Prueba de Fuego
Demon extendió una mano y tomó un mechón del cabello de Margaret. Ella quiso retroceder, pero sus pies parecían clavados al suelo, como si la voluntad del vampiro fuera una fuerza física que la inmovilizaba.
—Hagamos un trato, pequeña mortal —susurró Demon en su oído—. Esta noche, Francois tendrá que elegir. Iré a vuestra casa. Si él elige quedarse a tu lado después de ver lo que puedo ofrecerle, os dejaré en paz para que os pudráis juntos en vuestra aburrida felicidad. Pero si él me elige a mí... tú te marcharás y no volverás a buscarlo jamás.
—¡Él nunca te elegiría! —gritó ella, logrando finalmente apartarse.
—Veremos —dijo Demon, sus ojos brillando con una luz roja subrepticia—. Prepárate, Margaret. Ponte tu mejor vestido. Prepara la cena. Crea el escenario perfecto de tu amor. Yo llevaré el postre: la verdad.
Sin decir una palabra más, el vampiro se dio la vuelta y se desvaneció entre los pasillos de la biblioteca, dejando tras de sí un rastro de escarcha en los estantes de madera.
La Última Cena
Cuando Francois llegó a casa esa noche, encontró el apartamento transformado. Margaret había encendido velas por doquier. Había flores frescas —lirios, sus favoritos— y la mesa estaba servida con una cena que olía deliciosa. Ella vestía un vestido azul seda que él siempre decía que hacía resaltar sus ojos.
—¿Qué es todo esto, Maggie? —preguntó Francois, sintiendo una punzada de culpa al ver el esfuerzo de ella.
—Quiero que recordemos quiénes somos, Fran —dijo ella, acercándose y tomando sus manos. Las manos de él estaban heladas—. No dejes que ese hombre gane. Cenemos, hablemos... volvamos a ser nosotros.
Francois asintió, intentando forzar una sonrisa. Se sentaron a cenar, y durante veinte minutos, el plan de Margaret pareció funcionar. Hablaron de sus planes de viajar en verano, de la florería, de cosas mundanas. Pero Francois no podía concentrarse. El tic-tac del reloj en la pared sonaba como un martilló golpeando un yunque.
Y entonces, el timbre sonó.
El color desapareció del rostro de Margaret. Francois se levantó, movido por un impulso que no pudo controlar.
—No abras, Francois. Por favor —suplicó ella, levantándose también.
Pero Francois ya estaba en la puerta. Al abrirla, Demon entró sin ser invitado. No traía un abrigo esta vez, sino un traje de noche oscuro que lo hacía parecer un príncipe de una corte olvidada.
—Espero no llegar tarde para el brindis —dijo el vampiro, caminando directamente hacia la mesa con una familiaridad aterradora.
El Triángulo del Terror
La escena era grotesca. Demon se sentó en la cabecera de la mesa, observando a la pareja con una mezcla de diversión y desprecio. Margaret estaba de pie, temblando de rabia y miedo. Francois estaba en el medio, mirando a Demon con una fascinación que no podía ocultar.
—¿Qué haces aquí? —logró decir Francois.
—Margaret y yo tuvimos una charla hoy —reveló Demon, sirviéndose vino de la botella de la pareja—. Ella cree que tu amor por ella es más fuerte que tu curiosidad por lo eterno. Yo, en cambio, creo que ya estás harto de comer migajas de felicidad humana.
—¡Vete de mi casa! —gritó Margaret, tomando un cuchillo de la mesa.
Demon ni siquiera se inmutó. Miró a Francois con intensidad.
—Mírala, Francois. Mira su desesperación. ¿Es eso lo que quieres para el resto de tus cortos días? Una mujer que te vigila, que te tiene miedo, que te encadena a una vida de trabajo y vejez. ¿O quieres volar conmigo? ¿Quieres conocer el placer de los sentidos amplificados, el poder de no tener que disculparte nunca por tus deseos?
Demon se levantó y se acercó a Francois. Con una agilidad que Margaret no pudo seguir, el vampiro se hizo un pequeño corte en la palma de la mano con el mismo cuchillo que ella sostenía. No salió sangre roja, sino un fluido oscuro y denso que olía a flores exóticas y tormenta.
—Prueba, Francois —incitó Demon, extendiendo la mano hacia el joven—. Prueba un solo segundo de lo que es ser yo. Y si después de eso aún quieres a esta mujer, me marcharé para siempre.
—¡No lo hagas, Francois! —chilló Margaret, lanzándose hacia él.
Pero Francois estaba en trance. El aroma de la sangre de Demon era la nota final de la canción que había estado escuchando en su cabeza desde que lo conoció. Era la respuesta a todas sus dudas.
Francois tomó la mano de Demon y, mientras Margaret observaba con horror absoluto, el joven florista lamió la herida del vampiro.
El efecto fue instantáneo. Los ojos de Francois se dilataron hasta volverse casi negros. Cayó de rodillas, pero no de dolor, sino de éxtasis. Sus sentidos explotaron; pudo escuchar el latido del corazón de Margaret como si fuera un tambor ensordecedor, pudo ver las motas de polvo en el aire como si fueran diamantes. Y sobre todo, pudo sentir la presencia de Demon no como un extraño, sino como una parte de sí mismo.
—Es... es hermoso —susurró Francois, mirando sus propias manos como si fueran nuevas.
Demon miró a Margaret con una sonrisa triunfal.
—Se acabó, pequeña mortal. Él ha probado el néctar de los dioses. Ya no hay vuelta atrás.
Margaret se desplomó en su silla, cubriéndose la cara con las manos, sollozando con un dolor que llenó la habitación. Francois la miró, pero en sus ojos ya no había amor, solo una lástima distante, como si estuviera observando a un insecto herido.
—Lo siento, Margaret —dijo Francois con una voz que ya no sonaba humana—. Pero ahora entiendo... tú eres demasiado pequeña para el mundo que acabo de ver.
El Triunfo de la Sombra
Demon rodeó los hombros de Francois con su brazo, reclamando su premio. El vampiro sentía un placer casi orgásmico; no solo por haber conseguido a Francois, sino por el dolor exquisito que emanaba de Margaret. Los celos del vampiro se habían transformado en una satisfacción absoluta: había borrado al rival sin necesidad de matarla físicamente. La había dejado viva para que fuera el testigo eterno de su derrota.
—Vámonos, Francois —ordenó Demon—. Tu nueva vida comienza en la mansión. Deja este nido de cenizas atrás.
Sin mirar atrás ni una sola vez, Francois salió del apartamento siguiendo a Demon hacia la noche. Margaret se quedó sola, rodeada de velas que se consumían y el aroma a lirios que, por primera vez en su vida, le pareció el olor más nauseabundo de la tierra.
En el umbral, Demon se detuvo un segundo y miró hacia atrás, dirigiendo una última mirada a la mujer derrotada.
—Gracias por la cena, Margaret. Estaba un poco... insípida.
La puerta se cerró con un estruendo definitivo.
ah y otra cosa que pasara cuando se le quite la obsesión y lo pruebe por que a parecer todo es un simple capricho el no esta enamorado de francois?!!!