Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 15: El peso de lo que queda
...~Carlos~...
La noche había caído sobre la ciudad cuando Carlos llegó por fin a casa.
El edificio era antiguo, de esos con paredes gruesas y suelos de madera que crujen al pisar, en un barrio tranquilo lejos del ruido de Torres Tech. Lo había comprado con Mariana hacía ocho años, cuando ella estaba embarazada de Bianca y soñaban con un lugar donde la niña pudiera crecer con espacio, con luz, con árboles en la calle. Ahora él vivía solo allí. Bueno, no solo. Bianca estaba, y eso lo llenaba todo.
Abrió la puerta y el olor a hogar lo envolvió: madera, libros, y ese perfume dulce que su hija dejaba impregnado en cada rincón. Del fondo del pasillo llegaban risas y la voz de la señora Silvia, la nana, leyendo un cuento con entusiasmo teatral.
—¡Papá! —El grito de Bianca atravesó la casa como un cohete.
Carlos sonrió y se agachó justo a tiempo para recibir el impacto de su hija, que saltó desde el sofá y se lanzó a sus brazos con la confianza absoluta de quien sabe que siempre será atrapado.
—Hola, mi vida —la abrazó fuerte, aspirando el olor de su pelo, ese olor a champú de fresa que tanto le gustaba—. ¿Qué tal el día?
—Bien. Hicimos galletas con la Seño Silvia y vi un dibujo de una jirafa que habla y jugamos a las escondidas y... ¿mañana es la fiesta, papá? ¿Mañana es?
Carlos rió.
—Sí, mi vida, mañana es la fiesta.
—¿Y vamos a ir los dos?
—Los dos. Papá y la mariquita más bonita del mundo.
Bianca soltó un gritito de emoción y se soltó para ir corriendo a terminar los detalles del disfraz con la señora Silvia.
Carlos se quedó un momento en el pasillo, escuchando las risas que venían de la habitación. Luego fue a la cocina, se sirvió una cerveza y se sentó en el pequeño patio interior que daba al jardín comunitario. El cielo estaba despejado, y algunas estrellas empezaban a asomarse. Sacó el teléfono, había enviado un mensaje a Sergio hacía unos minutos, después de separarse. Algo simple, sin importancia, solo para saber que había llegado bien.
"Oye, ¿llegaste bien? Por cierto, gracias por hoy. Hacía tiempo que no me reía tanto con alguien. Buenas noches, Sergio."
El teléfono vibró casi de inmediato. La respuesta.
"Sí, llegué bien. Gracias a ti. Buenas noches, Carlos."
Carlos sonrió. Un gesto simple. Y sin embargo, ese "gracias" sonaba más sincero que todos los discursos que había escuchado en años.
Bebió un trago de cerveza. Luego dejó que su mente viajara atrás.
Hace 15 años - Granada
Era un albergue en Granada, una noche de verano, y él tenía veintiún años y una mochila y la certeza absurda de que el mundo era un lugar sencillo.
Mariana estaba sentada en una mesa del patio, leyendo un libro de arquitectura con una expresión de concentración tan absoluta que parecía aislada del mundo. Él se acercó con dos cervezas y la peor estrategia de ligue del universo.
—¿Arquitectura? Yo también estudio algo así.
Mariana levantó la vista. Tenía los ojos color avellana y una sonrisa escéptica.
—¿Algo así? ¿Qué estudias?
—Seguridad. Protección de personas e instalaciones.
—Ah, ¿como guardaespaldas?
—Más o menos.
—¿Y qué tiene que ver con arquitectura?
Carlos se encogió de hombros.
—Nada. Era una excusa para traerte una cerveza.
Mariana lo miró un momento. Luego soltó una carcajada, una risa sincera, limpia, que le llegó al alma.
—Eres pésimo ligando.
—Lo sé. Mi amigo Alejandro dice que soy un desastre.
—Pues siéntate, desastre. Me llamo Mariana.
Se sentó. Hablaron hasta las cuatro de la mañana. De arquitectura, de seguridad, de viajes, de sueños. Ella quería construir espacios que hicieran feliz a la gente. Él quería proteger a quienes los habitaban.
Tres años después de aquella noche, se casaron. Fue una ceremonia pequeña, en un jardín, con amigos y familia. Alejandro hizo de testigo y soltó un discurso tan frío que parecía una junta de accionistas, pero al final sonrió y dijo "es el único tonto que aguanto, cuídamelo". Mariana rió y prometió que lo haría.
Cinco años después de la boda, Bianca nació en octubre, con un llanto que llenó toda la habitación del hospital. Carlos la tuvo en brazos y sintió que el mundo se detenía. Mariana, agotada pero radiante, los miraba desde la cama.
—Es igualita a ti —dijo ella.
—Es más guapa —respondió él, sin apartar la vista de su hija.
Y era verdad.
Hace 4 años - El hospital
El hospital olía a desinfectante y a finales.
Carlos estaba sentado junto a la cama, sosteniendo la mano de Mariana. Tenía los dedos más delgados que antes, la piel más pálida, pero sus ojos seguían siendo los mismos. Esos ojos color avellana que lo habían mirado durante once años.
—Tienes que prometerme una cosa —dijo ella, con la voz tan frágil que parecía a punto de romperse.
—Lo que sea.
—Que vas a estar bien. Que vas a reír, a vivir, a conocer a alguien si hace falta. Que no te vas a quedar aquí, en el dolor, para siempre.
—Mariana...
—Prométemelo, Carlos. Por Bianca y por mí. No quiero que te conviertas en una estatua.
Carlos apretó su mano. Las lágrimas resbalaban por su cara sin que pudiera detenerlas.
—Te lo prometo.
Mariana sonrió. Esa sonrisa suya, la misma de la primera noche en Granada.
—Eres un mentiroso —susurró—. Pero gracias por intentarlo.
Fue lo último que dijo.
El recuerdo se desvaneció y Carlos volvió al presente, al patio, a la cerveza casi vacía en su mano. Las estrellas seguían ahí, indiferentes.
No había conocido a nadie. No había reído como antes. No había vivido. Se había limitado a sobrevivir, a criar a Bianca, a trabajar, a mantener la rutina como un escudo contra el dolor. Hasta que hoy, sin esperarlo, se había sentado a tomar algo con un desconocido de ojos verdes y había sentido algo. No era amor, no era deseo, no era nada de eso. Era otra cosa. Una chispa, un recordatorio de que seguía vivo.
Recordó el momento en la cafetería, cuando Sergio se relajó por un instante. Su aroma, esa toronja amarga que parecía llevar siempre puesta, se había vuelto más dulce. Solo un momento, pero Carlos lo había notado. Los genios también necesitan abrazos. La frase le había salido sola, y al decírsela, había visto algo en sus ojos. Como si nadie le hubiera dicho nunca algo así.
¿Por qué me fijé en él?
La pregunta llevaba horas dándole vueltas. No era la primera vez que veía a Sergio, lo había visto en reuniones, en pasillos, y siempre le había llamado la atención. No era su belleza, aunque el chico era atractivo. Era otra cosa. La forma en que se movía por el mundo como si ocupara el mínimo espacio posible. La intensidad de su mirada cuando hablaba de trabajo, como si el resto del mundo dejara de existir. La manera en que, cuando no hablaba de trabajo, se cerraba por completo, como si llevara una armadura puesta todo el tiempo. Carlos había visto armaduras así antes. Él mismo llevaba una puesta desde que Mariana murió.
Por eso, pensó, porque lo reconocí. Porque vi en él lo mismo que veo en el espejo. Alguien que se esconde, alguien que no se permite ser visto.
Y por eso, cuando en el ascensor tuvo la oportunidad de acercarse de forma natural, sin la barrera del "experto en tecnología" y el "jefe de seguridad", la tomó. No porque quisiera nada, solo porque quería saber quién había debajo de esa armadura, y hoy en la cafetería, había visto un destello, solo un instante. Pero suficiente.
El teléfono seguía en su mano. La respuesta de Sergio seguía en la pantalla.
"Sí, llegué bien. Gracias a ti. Buenas noches, Carlos."
Carlos sonrió otra vez. Bebió el último trago de cerveza y se levantó.
Pensó en Sergio otra vez. En su mirada esquiva, en su forma de hablar como si midiera cada palabra. En el momento en que, por un instante, se permitió sonreír. Y en ese aroma, tan brevemente más dulce.
Había dolor ahí. Mucho. Y Carlos lo reconocía porque él mismo lo cargaba.
No sabía si volverían a verse. No sabía si ese "próxima vez" que había dicho sería real. Pero por primera vez en cuatro años, sentía curiosidad por conocer a alguien. Y eso, pensó mientras entraba en casa y cerraba la puerta, ya era algo.
A la mañana siguiente, despertó con el peso de Bianca saltando sobre su estómago.
—¡Papá, papá, levántate que hoy es la fiesta de Cintia y tengo que llevar el disfraz!
Carlos gruñó, la atrapó y le hizo cosquillas hasta que la niña chilló de risa. La casa se llenó de su alegría, de su luz, de esa forma que tenía de recordarle por qué seguía adelante.
Mientras fregaba la loza del desayuno, con Bianca ya vestida de mariquita dando vueltas por la cocina, su mente voló un momento a la tarde anterior. A las empanadas, a las risas. A los ojos verdes que se abrieron por un instante, como una puerta entreabierta.
—Papá, ¿estás listo? ¿Ya nos vamos?
—Sí, mi vida. Vamos.
Cogió a Bianca de la mano y salieron. La mariquita más bonita del mundo, pensó, y su propia armadura se resquebrajó un poco más.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕