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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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10. El pasado a llegado
Susanne descendió de la carreta cuando ésta se detuvo en la plaza principal del pueblo. Aquel lugar era pintoresco, como si respirara otro aire al condado donde creció, como si las personas no tuvieran miedo a expresarse.
Los comerciantes atendían sus puestos, los niños corrían entre los animales, y la vida seguía con una alegría que resultaba casi ofensiva para alguien que llevaba la muerte tatuada en el alma, alguien que se sentía muerta en vida, y que parecía seguir en búsqueda de una justicia que aún la mantenía respirando.
Susanne notó que había una gran cantidad de soldados, que contrastaba con la aparente serenidad del pueblo. Los soldados custodiaban las salidas y el camino que conducía al palacio, ubicado más allá de los campos. Sus armaduras relucían, pero sus rostros estaban tensos, vigilantes, como si aguardaran una orden que nadie más conocía.
Nadie tenía que saber, que tal vez el tiempo de paz del ducado se acabaría, la “última” heredera estaba próxima a morir, y sin herederos, cuando el duque Antonio muera, todo regresará al rey, quien podría disponer que cualquiera ocupe su lugar, alguien que tal vez no muestre benevolencia.
Susanne avanzó despacio, observando cada detalle, estaba ya tan cerca de llegar, al lugar donde encontraría al padre que no sabía que existía.
- “¿Siempre hay tantos guardias?”, preguntó con cautela a un panadero mientras dejaba unas monedas sobre el mostrador; habían sido varios días de viaje, y cubría si cabello con un velo, ocultando su cabello rojo.
- “Últimamente sí. Dicen que el duque teme por la seguridad del palacio, después de todo hace poco murieron trágicamente sus hijos mayores. Y la menor, casi nadie la ha visto, si se apareciera no la reconoceríamos, dicen que es muy enfermiza”, expresó el panadero.
Susanne apretó el relicario bajo la ropa. Aquella sensación de opresión en el pecho regresó, como un aviso. No sabía qué ocurría en Salamanca, pero algo importante estaba ocurriendo, algo que no se imaginó encontrar en esa búsqueda.
La jovencita tomó el camino que conducía fuera de la villa, hacia el palacio ducal, atravesando los campos extremadamente verdes y un cielo tan azul, que contrastan con el dolor en su corazón. Cuánto más se acercaba, el bullicio de la ciudad cercana quedaba muy lejos, y ahí en el silencio, sus pensamientos y sus recuerdos parecían espinas clavadas en la piel.
Ella no sabía que se estaba acercando a una realidad en la que tendría que escoger, entre olvidarse de todo para siempre o envolverse de una fuerza que desconocía para dar el castigo a los criminales.
El palacio de Salamanca era imponente, solo comparable con el palacio principal del rey, algo que Susanne jamás había visto; ella creía que el conde de Salvatierra era rico, pero estaba por descubrir que las riquezas pueden ser más grandes.
Susanne avanzó con paso inseguro hasta el ala lateral, donde una dama de porte sobrio y vestimenta elegante supervisaba a los sirvientes.
- “Buenos días, busco al duque de Salamanca, debo devolver algo que le encargaron entregar”, dijo Susanne con voz firme.
Lady Mercedes de Salamanca, prima del duque Antonio, la observó con detenimiento. Reparó en la ropa sencilla, en el cansancio y luego en el brillo del oro cuando Susanne extrajo el relicario. Sus ojos se endurecieron de inmediato, quién se había atrevido a tomar esa reliquia familiar.
- “¿De dónde sacaste eso?”, preguntó Lady Mercedes, con mirada adusta.
- “Era de mi madre. Me dijeron que pertenecía al duque, solo quiero devolverlo, pero necesito estar segura de que él lo recibió, por favor, podrían llamarlo”, respondió Susanne.
Mercedes lo tomó con cuidado, lo abrió apenas y su respiración se detuvo; era una posesión que pertenecía a la madre del duque Antonio de Salamanca.
- “Esto no es un objeto cualquiera, ven conmigo”, dijo Mercedes en voz baja, pero firme.
No hubo acusación directa, pero sí desconfianza. Mercedes pensó en lo impensable, quién podría haber robado algo tan preciado, o acaso había sido verdaderamente regalado, cuando Susanne se quitó el manto que cubría su cabeza, Mercedes se inquietó más al ver el cabello rojo de la muchacha.
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