Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 16 – Un domingo diferente
Briana
El domingo amaneció con un aire distinto, más liviano. Quizás era porque los niños no tenían instituto y yo tampoco debía correr a la universidad, o porque la luz del sol entraba tímida pero cálida por la ventana de mi habitación. Me quedé unos minutos acostada, mirando el techo, pensando en lo mucho que había cambiado mi vida en tan poco tiempo.
Decidí aprovechar la mañana para hacer algo que venía postergando: una videollamada con mi familia. Habían pasado días sin vernos y, aunque hablábamos por mensajes, necesitaba escuchar sus voces, ver sus caras. Encendí la computadora, me acomodé en la cama con una camiseta ancha y el pelo recogido a la ligera.
Cuando la pantalla se iluminó y vi a mis padres del otro lado, no pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas.
—¡Mamá, papá! —exclamé, sonriendo como una niña—. ¡Los extrañé tanto!
—¡Mi Bri! —respondió mi madre, casi gritando de emoción—. Estás hermosa, hija. ¿Cómo estás?
—Bien, bien… aprendiendo, adaptándome. La universidad es un desafío, pero me gusta. Y los niños… —me detuve, pensando en ellos con cariño—, son un sol.
Seguimos conversando unos minutos, poniéndonos al día. Yo les contaba sobre mis clases, sobre la ciudad, sobre lo diferente que era todo. Mi papá hacía bromas para que no me pusiera tan seria y mi mamá preguntaba cada detalle, como si quisiera guardar todo en su memoria.
De pronto, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.
—¡Bri, ¿qué haces?! —preguntó Pía, entrando con una muñeca en la mano.
Me reí y giré la pantalla hacia ella.
—Estoy hablando con mi familia, ¿quieres conocerlos?
Los ojitos de la niña se iluminaron y asintió con entusiasmo. Se subió a la cama y saludó con la mano.
—¡Hola! Yo soy Pía.
Mis padres sonrieron de inmediato.
—¡Hola, Pía! —contestó mi madre, encantada—. Eres preciosa.
Pía rió, un poco tímida pero feliz. Y en ese momento apareció Teo en la puerta, curioso.
—¿Con quién hablas? —preguntó, tratando de sonar indiferente.
—Con mi familia. Ven, preséntate —le dije, animándolo.
Dudó unos segundos, pero al final entró y se puso a mi lado.
—Hola —dijo simplemente, mirando a la cámara—. Soy Teo.
Mi papá, con su humor característico, le guiñó el ojo desde la pantalla.
—Encantado, campeón. Tienes cara de ser muy inteligente.
Teo no respondió, pero la sonrisa que intentó ocultar fue suficiente para mí. Ese instante me llenó el corazón: mis mundos, de alguna forma, se estaban encontrando.
La llamada se alargó un rato más hasta que nos despedimos con promesas de volver a hablar pronto. Cerré la laptop y me quedé abrazando a Pía, que aún seguía en la cama.
—Tienes una familia muy linda —dijo ella, con dulzura.
—Y yo tengo mucha suerte de tenerlos a ustedes aquí —respondí, apretándola contra mí.
Al bajar a la planta baja, me encontré con una escena que jamás habría imaginado: Maicol en la cocina, de espaldas, con una sartén en la mano. El olor a café recién hecho y a pan tostado llenaba la casa.
—¿Papá? —preguntó Teo, incrédulo, como si no pudiera creer lo que veía.
—Buenos días —respondió Maicol, girando apenas para mirarnos—. Hoy quise prepararles el desayuno.
Pía abrió los ojos como platos y se tapó la boca con las manos.
—¡Papá nunca cocina! —exclamó, como si acabara de presenciar un milagro.
No pude evitar reírme. Era cierto: siempre lo había visto ocupado, serio, delegando tareas… pero ahí estaba, con las mangas arremangadas y un gesto concentrado, volviendo a la sartén como si fuese lo más normal del mundo.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, todavía sorprendida.
—No, lo tengo controlado —contestó, con una calma que me desconcertó aún más.
Nos sentamos a la mesa y, minutos después, nos sirvió el desayuno. Huevos revueltos, tostadas, jugo. Nada complicado, pero la reacción de los niños lo convirtió en un banquete.
—Está riquísimo —dijo Pía con la boca llena, sonriendo de oreja a oreja.
Teo, más reservado, solo asintió, pero en sus ojos había un brillo especial. Yo lo miraba a él y luego a Maicol, y sentía que estaba presenciando un cambio pequeño pero enorme al mismo tiempo.
Durante la comida hubo risas, pequeñas anécdotas, y una sensación de calidez que me envolvía. Era un domingo cualquiera, pero para mí se sentía extraordinario.
Después del desayuno, los niños corrieron a jugar, y yo me quedé recogiendo la mesa. Maicol se acercó para ayudarme, y por un instante nuestras manos se rozaron al tomar el mismo plato. Mi corazón dio un salto, aunque traté de disimularlo.
—Gracias por lo que hiciste hoy —le dije en voz baja.
Él me miró, serio, pero con un destello distinto en los ojos.
—Ellos lo necesitaban —respondió simplemente.
Me quedé pensando en esas palabras mucho tiempo después. Porque sí, los niños lo necesitaban… pero yo también.
Ese domingo me enseñó que los gestos más simples pueden convertirse en recuerdos imborrables. Y que, aunque ninguno lo dijera en voz alta, algo estaba cambiando entre nosotros.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce