Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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La máscara de cristal
El vestido que Ernesto había seleccionado para mí era una obra de arte y una armadura a la vez. De seda color rubí, tan oscuro que en las sombras parecía sangre, se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Al mirarme al espejo de la habitación, apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Ya no era la Elena Noir desesperada que suplicaba por un préstamo; ahora parecía una reina de hielo, lista para ser exhibida.
—El coche espera, Elena.
Ernesto estaba apoyado en el marco de la puerta. Su esmoquin negro era impecable, resaltando su altura y esa elegancia peligrosa que siempre lo rodeaba. Me observó de arriba abajo con una lentitud que me hizo sentir desnuda a pesar de la seda. No hubo un cumplido, solo un asentimiento seco de aprobación.
—Recuerda —dijo, acercándose para colocar una estola de piel negra sobre mis hombros—, esta noche eres un Blackwood. No bajes la mirada ante nadie. Si alguien te ataca con palabras, deja que yo sea quien devuelva el golpe. Tu único trabajo es sonreír y parecer que este es el lugar al que siempre has pertenecido.
El salón de la gala era un despliegue de opulencia obscena. Arañas de cristal colgaban del techo, proyectando luces fracturadas sobre los rostros de la élite de la ciudad. Al entrar de su brazo, sentí cómo el murmullo de las conversaciones se detenía abruptamente. Las miradas eran como cuchillos: algunas llenas de envidia, otras de desprecio, y la mayoría, cargadas de una curiosidad morbosa.
—¿Esa es la hija de Noir? —escuché un susurro a mis espaldas—. ¿Cómo ha logrado atrapar a Ernesto después de la ruina de su padre?
Apreté el brazo de Ernesto con fuerza, mis uñas hundiéndose levemente en la tela de su chaqueta. Él no se inmutó. De hecho, su postura se volvió aún más rígida y protectora.
—Ignóralos —me susurró al oído, su aliento cálido contrastando con el frío del salón—. Son buitres que solo se alimentan de lo que creen que está muerto. Demuéstrales que estás más viva que nunca.
Fuimos abordados por un grupo de empresarios de la junta directiva. Hombres con sonrisas falsas y ojos astutos que miraban a Ernesto con temor y a mí con sospecha.
—Ernesto, qué sorpresa verte tan bien acompañado —dijo un hombre de cabello canoso y mirada fría—. No sabíamos que la familia Noir todavía tenía algo que ofrecer a los Blackwood.
El comentario fue un insulto directo, una bofetada con guante blanco. Sentí que el calor subía a mis mejillas, pero antes de que pudiera responder, la mano de Ernesto se posó con firmeza en mi cintura, atrayéndome hacia él con una posesividad que dejó a todos mudos.
—La familia Noir no ofrece nada, Marcus —respondió Ernesto, su voz era como un trueno contenido—. Elena es mi esposa. Ella no es una oferta, es la dueña de todo lo que yo poseo. Y te sugiero que cuides tu tono, a menos que quieras que la próxima auditoría de tu empresa sea personalmente supervisada por mí.
El hombre palideció y se retiró con una disculpa tartamudeante. Por un momento, olvidé que este matrimonio era un contrato. La forma en que Ernesto me había defendido se sintió extrañamente real, una chispa de calor en medio de tanto hielo.
Sin embargo, la noche apenas comenzaba. En un rincón del salón, vi a un hombre joven observándonos con una intensidad diferente. No era odio, era algo más parecido a la complicidad. Ernesto siguió mi mirada y su mandíbula se tensó.
—No te alejes de mi lado —ordenó—. Alexander Rossi está aquí.
Alexander Rossi. El apellido de los enemigos jurados de los Blackwood. El hombre que, según los rumores, había tenido algo que ver con la caída de mi padre. El peligro ya no era solo un contrato o una deuda; ahora el pasado empezaba a cobrar forma entre las sombras del salón de baile.
—Baila conmigo, Elena —dijo Ernesto, tomándome de la mano sin darme opción a réplica—. Necesitamos que nos vean unidos antes de que los lobos decidan atacar.
Mientras me guiaba hacia el centro de la pista, la música comenzó a sonar. En sus brazos, rodeada de enemigos y bajo el escrutinio del mundo, me di cuenta de que mi vida anterior había terminado para siempre. Ahora era parte de un juego de poder donde el amor era la debilidad más grande y Ernesto Blackwood era el jugador más letal.