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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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El precio de respirar

Tres días. Tres días enteros sin cruzar el umbral de mi puerta, sin ver a nadie más que Elena, que dejaba la comida en el suelo junto a la entrada y se marchaba sin decir una sola palabra. El silencio de la habitación se había vuelto tan denso que podía oír el latido de mi propio corazón, el paso lento de las horas, el crujido de la casa vacía allá afuera. No tenía reloj. No tenía luz que me indicara si era de día o de noche más allá de lo que se filtraba por las cortinas gruesas. Solo esperaba. Esperaba el sonido de su llave en la cerradura, el único sonido que significaba que todavía existía para alguien, que todavía tenía un propósito en este mundo, aunque ese propósito fuera ser suya.

Cuando finalmente escuché que la puerta se abría, me puse de pie de golpe, con el corazón golpeándome contra las costillas como si quisiera salirse. Gino entró, pero no me miró de inmediato. Se apoyó en el marco, con las manos en los bolsillos, observándome como si inspeccionara un objeto que había dejado guardado demasiado tiempo y no estaba seguro de si seguía funcionando. Me veía desaliñada, con el cabello revuelto, la ropa arrugada, los ojos hinchados de tanto llorar en silencio. Y lo peor era que sabía que él lo notaba y que le importaba muy poco cómo me sentía. Solo le importaba si había aprendido la lección.

—Pareces desastroza —dijo finalmente, sin compasión—. Tres días sola y ya no sabes mantenerte en orden. Qué frágil eres. No necesito hacerte daño para verte destruida. Solo necesito dejarte sola unos días y ya te desmoronas tú sola. Eres patética, ¿lo sabías? Tan débil que tu propia compañía te destruye.

—No estoy débil, estoy sola —susurré, con la voz quebrada por los días de silencio—. No tengo a nadie. No tengo nada. Y tú lo sabes. Por eso puedes hablarme así. Porque sabes que no puedo defenderme.

—Exacto —dijo, dando un paso hacia adentro y cerrando la puerta tras de sí—. Y deberías aprovechar eso para ser lista. Si sabes que no tienes opciones, ¿por qué haces que las cosas sean más difíciles para ti? Podría ser peor. Mucho peor. Y eso es lo que necesitas entender: no soy cruel. Soy indulgente comparado con lo que te merecería por desobedecerme. Y aun así, aquí estás. Con techo, comida, ropa. No lo olvides nunca: cada respiración que tomas aquí es porque yo lo permito. Cada bocado que comes, cada noche que duermes tranquila… es un regalo mío. Y los regalos se pueden retirar igual de fácil que se entregan. No me obligues a retirártelo todo. Porque si lo hago, no tendré piedad. Ninguna.

Se acercó más y levantó una mano, pero no para acariciarme. Me señaló con el dedo índice, justo a centímetros de mi rostro.

—Hoy bajas. Pero no te confundas. No estás perdonada. Estás en prueba. Cada movimiento que hagas, cada palabra que digas, cada mirada que lances… todo será observado. Si te portas bien, tu vida aquí será soportable. Si vuelves a dudar de mis reglas, de mi autoridad, de mi derecho sobre ti… entonces volverás a esta habitación. Y la próxima vez, no serán tres días. Serán más oscuros. Más solitarios. Más largos. Y la puerta se cerrará con cerrojo desde fuera. Y no vendré a verte hasta que aprendas que tu voluntad no importa aquí. Solo la mía. ¿Entendido? ¿O necesito que te lo demuestre primero?

—Entendido —dije, tragándome las lágrimas, tragándome el orgullo, tragándome mi propia dignidad—. No volverá a pasar. Haré lo que digas. Siempre.

—Mejor para ti. Ahora lávate la cara. Péinate. Y bájate en diez minutos. No me hagas esperar. Y recuerda: cuando entres en ese comedor, no eres la chica que estuvo encerrada tres días. Eres lo que yo diga que eres. Y hoy digo que eres obediente. Así que actúa como tal. Sonríe aunque te cueste. Porque si veo una sola lágrima, si veo que te quejas con la mirada, si respiras demasiado hondo cuando entres… lo sabré. Y no me gustará. Ahora muévete. No me hagas repetirlo dos veces.

Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar cualquier rastro de sufrimiento de mi rostro, como si pudiera lavar también el miedo que me tenía agarrada por dentro. Me peiné con manos temblorosas, me puse la ropa que Elena había dejado limpia sobre la silla, y respiré hondo una, dos, tres veces antes de salir de la habitación. No era valiente. No era fuerte. Pero estaba aprendiendo a sobrevivir. Y eso, descubrí con una tristeza profunda que me dolió en los huesos, era lo único que me quedaba: aprender a sobrevivir a mí misma en su mundo.

Cuando bajé las escaleras, él estaba de pie junto a la ventana del vestíbulo. Se giró al escuchar mis pasos y me recorrió de arriba abajo, lento, evaluador, como quien revisa si algo ha sido reparado correctamente.

—Más te vale que sea cierto lo que dices —dijo, sin sonreír, sin acercarse todavía—. Porque yo no perdono errores. Solo espero que no se repitan. Y si se repiten… entonces no seré yo quien te castigue. Serás tú quien te castigue a ti misma al elegir volver a hacerlo difícil. Así que piensa con la cabeza, no con el orgullo. Tu orgullo no te da de comer. Tu orgullo no te mantiene a salvo. Tu obediencia sí. Acuérdate de esto cada noche antes de dormir: tu vida está en mis manos. Y mis manos pueden darte todo… o pueden quitarte todo. Y no tengo miedo a perderte si eso significa mantener el control. Así que cuida lo que tienes aquí. Porque fuera de estas paredes, no tienes nada. Y dentro… solo tienes lo que yo decida darte. Y eso puede desaparecer en un instante. ¿Comprendido ahora de verdad?

—Comprendido —repetí, y esta vez mi voz no tembló. No porque fuera valiente, sino porque estaba aterrada. Y el miedo, descubrí, puede ser una coraza tan dura como el acero, aunque por dentro estés hecha pedazos.

—Entonces camina. Y mantén la cabeza baja delante de los demás. Pero frente a mí… mírame. Y recuérdame siempre que sabes quién manda. Porque si alguna vez lo olvidas, te lo recordaré. Y no te gustará cómo.

Caminé hacia él, y cuando pasó a mi lado para salir al jardín, no me tomó de la mano. Solo rozó mi brazo con el suyo, un contacto breve y sin calidez, y susurró al pasar: "No te confundas. No somos compañeros. Eres mía. Y siempre lo serás. Acostúmbrate a ello". Y salió, dejándome de pie en medio del vestíbulo, sola con mi obediencia, con mi miedo, con la certeza de que cada paso que daba dentro de esa casa era porque él me lo permitía. Y que algún día tendría que decidir si vivir así era realmente vivir… o si simplemente estaba esperando a que me dejaran de respirar. Pero todavía no tenía valor para responder a esa pregunta. Así que solo respiré. Y esperé. Y obedecí. Porque esa era mi vida ahora. Y nadie venía a salvarme. Nadie venía a decirme que estaba mal lo que me hacía. Solo yo, con mi conciencia y su voz en mi cabeza diciéndome que merecía esto. Y eso era lo más aterrador de todo: empezaba a creérmelo.

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