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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

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Capítulo 2: Primer contacto

La lluvia sobre Brianza no había cesado al amanecer.

A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, Martina terminó de abotonar los puños de su blusa de seda marfil frente al espejo del vestidor. Por encima, se colocó una chaqueta entallada en crepé negro de líneas rectas y un pantalón sastre a juego que caía con precisión milimétrica sobre sus botines. No llevaba joyas ostentosas; únicamente un reloj suizo de esfera oscura en la muñeca izquierda y unos pendientes diminutos de titanio.

Cualquiera que la viera a través de los cristales de una sala de juntas vería a una brillante ejecutiva de veinticuatro años graduada con honores en Massachusetts. Pero debajo del corte impecable de la chaqueta, su cuerpo respondía con la tensión de un muelle comprimido: los hombros relajados pero listos para pivotar, el centro de gravedad bajo y los sentidos afilados por seis años de esquivar emboscadas teóricas y golpes reales en la lona.

Descendió la escalinata de mármol del vestíbulo a las seis y cincuenta y ocho.

Bruno y dos de los guardias veteranos estaban apostados junto a la puerta principal de roble. Cuando el reloj de pie del salón dio la primera campanada de las siete, el pomo de bronce exterior giró con un sonido seco.

La puerta se abrió hacia adentro, trayendo consigo una ráfaga de aire gélido y olor a lluvia limpia.

El hombre que cruzó el umbral no se parecía a ninguno de los matones que Don Lorenzo solía contratar para la guardia perimetral.

Martina se detuvo en el penúltimo escalón, evaluándolo en una décima de segundo con el instinto clínico de una combatiente.

Rondaba el metro noventa. Su complexión era ancha, imponente, envuelta en un traje negro a medida de corte británico que no lograba disimular la densidad muscular de su espalda ni la firmeza de sus hombros. Llevaba el cabello oscuro cortado con precisión marcial, ligeramente húmedo por el rocío, y sobre el pómulo derecho se adivinaba el trazo tenue de una cicatriz antigua. Sus facciones parecían talladas en pedernal: pómulos altos, mandíbula cuadrada con sombra de barba prolija y unos ojos de un gris acero tan gélido y penetrante que el aire entre ambos pareció descender varios grados.

Bajo la axila izquierda, el bulto milimétrico de una funda sobaquera delataba una semiautomática de gran calibre; pero lo que más llamó la atención de Martina fue su postura: no cuadró los hombros en sumisión ni bajó la cabeza como hacía el resto de los empleados de la casa. Avanzó sobre el mármol con el paso silencioso y letal de un depredador que entra en un territorio que considera propio.

Dereck se detuvo en el centro del vestíbulo, a tres metros de la escalinata. Clavó sus ojos grises en Martina y no pestañeó.

Por dentro, el futuro jefe del sindicato del norte sintió una sacudida de desprecio contenida. La imagen encajaba a la perfección con el perfil que él mismo se había construido durante años de informes fríos: una criatura pulcra, criada entre algodones, vestida con ropa cara y con esa mirada de altanería que solo el dinero de la sangre malgastado en universidades elitistas podía comprar. Había escuchado los rumores sobre sus diplomas en América, pero para Dereck un trozo de cartón con membrete en inglés no servía para detener una bala de nueve milímetros.

En su mente, la mujer frente a él no era más que una consentida que había usado seis años de supuesta independencia para pasearse por hoteles de lujo en Boston y Nueva York, jugando a ser intocable mientras los hombres de su familia se ensuciaban las manos en los puertos de Génova. Y él estaba allí para confirmar si esa farsa valía el dolor de cabeza de un matrimonio dinástico o si debía romper el pacto de sangre antes de que ella infectara a su organización con su debilidad.

—Signorina Moretti —dijo Dereck, y su voz fue un trueno bajo, cavernoso y áspero, desprovisto de cualquier atisbo de servilismo—. Soy Dereck. Su nuevo responsable de seguridad personal.

Martina bajó los dos escalones restantes con una lentitud deliberada. Sus tacones resonaron con autoridad sobre el suelo pulido hasta detenerse a escasos cincuenta centímetros de él. Tuvo que alzar la barbilla para sostenerle la mirada, pero en sus ojos castaños no titilaba el menor rastro de intimidación.

—Llegas a tiempo —dijo ella, con un tono cortante y gélido como el hielo de un glaciar—. Eso es lo único que vas a tener a tu favor el día de hoy.

Dereck enarcó una ceja oscura. La insolencia de la muchacha no le sorprendió; la esperaba. Las herederas mimadas siempre empezaban con desplantes de mando antes de entrar en pánico al primer chasquido de un percutor.

—La puntualidad es parte del contrato, signorina —respondió él, con una media sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos y que destilaba una arrogancia insoportable—. Don Lorenzo me encargó su supervivencia. Nada más.

—Entonces escucha con atención, Dereck —Martina dio medio paso al frente, invadiendo su espacio vital sin vacilar. La fragancia sutil a jazmín y cuero que desprendía ella chocó contra el aroma a cedro, pólvora y lluvia que envolvía a su custodio—. Regla número uno: te mantienes a tres pasos de distancia detrás de mí en todo momento. Regla número dos: en las juntas corporativas de Porta Nuova no abres la boca a menos que alguien saque un arma. Y regla número tres: no me tocas, no me opinas sobre mis itinerarios y no pretendes hacerme de sombra cuando esté dentro de mi despacho privado. ¿Quedó claro?

Dereck la sostuvo con la mirada unos segundos interminables. La examinó de cerca: la piel impecable, los labios carnosos curvados en un rictus de hostilidad y esa rigidez en el cuello que él interpretó de inmediato como un ataque de vanidad aristocrática.

El gigante no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, inclinó el torso una fracción imperceptible, acortando la distancia hasta que su aliento tibio rozó la frente de Martina.

—Me temo que su padre le dio una lista de reglas equivocada, signorina Moretti —susurró él con una calma exasperante y peligrosa—. Mi contrato estipula que donde usted vaya, voy yo. Si decide entrar a una reunión, reviso la sala antes de que sus tacones toquen la alfombra. Si decide salir a cenar, como a dos metros de su mesa. Y si alguien intenta meterle una bala en el cráneo, no le voy a pedir permiso por escrito antes de tirarla al suelo para salvarle el pellejo.

Los ojos de Martina ardieron con una furia fulminante. Sintió el impulso primitivo de descargar una combinación corta de ganchos al hígado para doblarlo sobre el mármol y recordarle quién mandaba en esa casa, pero la disciplina adquirida en los tatamis subterráneos prevaleció. No le daría el gusto de perder el control frente a los guardias de su padre.

—Pruébame, Dereck —siseó ella entre dientes, con una sonrisa fría que destilaba veneno—. Intenta darme una sola orden fuera de lugar y te prometo que tu contrato en esta villa no dura ni cuarenta y ocho horas.

—Estoy contando los minutos para verlo, jefa —replicó él, haciéndose a un lado con una cortesía burlona y señalando la puerta abierta hacia el patio—. El vehículo blindado está listo. Porta Nuova no espera a las ejecutivas rezagadas.

Martina apretó los nudillos dentro de los bolsillos de su chaqueta y avanzó hacia el exterior con paso firme, sintiendo el peso abrumador de la mirada del hombre clavada en su espalda como una mirilla telescópica.

En el patio circular, un sedán Audi A8 blindado de color negro mate esperaba con las luces encendidas bajo la lluvia.

Martina se dirigió directamente hacia la puerta del conductor, metiendo la mano en su bolso para sacar las llaves de seguridad que Bruno le había entregado la noche anterior. Pero antes de que sus dedos rozaran el picaporte de metal, una mano enguantada en cuero negro se interpuso en su camino, bloqueando el acceso con una fuerza incontestable.

Dereck estaba a su lado, tan pegado que ella pudo sentir el calor que emanaba de su pecho ancho a través de las telas mojadas por la llovizna.

—Atrás, signorina —ordenó él con voz neutra, quitándole las llaves de la mano con un movimiento rápido y fluido que a cualquier otra mujer le habría parecido un truco de magia—. En mi turno, el cliente viaja en el asiento trasero.

Martina sintió la fricción de sus dedos rozando los de él, una descarga eléctrica que le encendió la sangre en las sienes. Clavó sus ojos en los de él con una promesa de guerra que no admitía disfraces.

—No soy tu cliente, imbécil. Soy la que te paga el sueldo.

—Don Lorenzo me paga el sueldo —corrigió Dereck, abriendo la puerta trasera con un golpe seco de muñeca y sosteniéndola con un brazo mientras la miraba con una suficiencia devastadora—. Suba al auto, Moretti. No me haga perder la paciencia antes de que salgamos de la propiedad.

Martina respiró hondo, conteniendo el golpe que pedía a gritos estrellarse contra su mandíbula cuadrada. Subió al asiento trasero con la barbilla en alto, acomodándose sobre el cuero oscuro sin mirarlo.

Dereck cerró la puerta con un chasquido pesado y hermético que selló el habitáculo contra el mundo exterior.

Rodeó el capó bajo la lluvia torrencial, con una media sonrisa sombría dibujándose en sus labios. La chica tenía garras, había que admitirlo; pero en su mente, esas garras no eran más que los berrinches de una niña mimada acostumbrada a que todos los capos de Milán se inclinaran a su paso.

Se acomodó tras el volante, encendió el motor con un rugido sordo y miró por el espejo retrovisor central.

Allí, reflejados en el cristal, los ojos castaños de Martina lo observaban con la fijeza letal de una navaja abierta.

Dereck engranó la marcha y pisó el acelerador, cruzando los portones de Villa Moretti hacia las arterias de Milán.

El asedio había comenzado. Y ninguno de los dos sospechaba que el enemigo que creían tener enfrente estaba a punto de demoler todas y cada una de sus certezas.

1
Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
Cliente anónimo
Ya Martina no tiene que oponerse al enlace
Cliente anónimo
Hasta cuando va a esconder su verdadera identidad?
Cliente anónimo
Le faltó más romance en esa entrega, 🥰 una relación entre romance y mafia
Graciela Saiz: falto detalles autora! arranco bien ! y después te me quedaste ! falto pasión , fuego! 🔥🔥🔥🔥🫠🫠🫠🫠😜
total 1 replies
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