Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Un parto en soledad
Catalina
Los meses pasaron más rápido de lo que imaginaba.
Mi vientre había crecido.
Mateo estaba emocionado porque pronto conocería a su hermanito.
Y yo intentaba acostumbrarme a una nueva realidad.
Una realidad en la que Rubén ya no formaba parte de nuestra vida cotidiana.
Después de aquella promesa rota, dejó de llamar durante varios días.
Luego comenzó a hacerlo de vez en cuando.
Preguntaba por Mateo.
A veces preguntaba por el bebé.
Pero nunca preguntaba por mí.
Y yo había aprendido a no esperar nada.
Una tarde, mientras doblaba la pequeña ropa que había comprado para mi bebé, sentí un dolor extraño en el abdomen.
Me quedé quieta.
Esperé unos segundos.
El dolor desapareció.
—Debe ser normal —susurré.
Continué organizando la ropa.
Pero unos minutos después volvió.
Esta vez fue más fuerte.
Me apoyé sobre la mesa.
Respiré profundamente.
Miré el reloj.
Todavía faltaban algunas semanas para la fecha que me había dado el médico.
—No puede ser...
Sentí otro dolor.
Más intenso.
Entonces comprendí.
Algo estaba pasando.
Tomé mi teléfono y llamé a mi madre.
—Mamá...
—¿Qué pasa, hija?
—Creo que... creo que el bebé va a nacer.
Su voz cambió inmediatamente.
—¿Estás segura?
—No lo sé. Tengo dolores cada vez más fuertes.
—Voy para allá.
Colgué.
Después llamé a Rubén.
Miré su nombre en la pantalla durante varios segundos.
No quería hacerlo.
No quería necesitarlo.
Pero él era el padre de mi hijo.
Marqué.
Sonó una vez.
Dos.
Tres.
No respondió.
Volví a llamar.
Nada.
Sentí otro dolor.
Esta vez tuve que sentarme.
—Rubén, contesta...
No contestó.
Le envié un mensaje.
“Creo que el bebé está por nacer.”
Esperé.
Nada.
Tomé una pequeña maleta que ya había preparado semanas atrás.
Me puse unos zapatos y caminé lentamente hacia la puerta.
Mateo estaba en la sala.
—Mamá, ¿qué pasa?
Me acerqué a él.
—El bebé quiere conocernos antes de tiempo.
Sus ojos se abrieron.
—¿Ya va a nacer?
Sonreí.
—Creo que sí.
---
Rubén
Estaba en una reunión cuando vi el teléfono vibrar.
El mensaje de Catalina apareció en la pantalla.
“Creo que el bebé está por nacer.”
Sentí que todo se detenía.
Me levanté inmediatamente.
—Disculpen, tengo que irme.
—Rubén, todavía no terminamos...
—Es importante.
Salí de la sala.
Llamé a Catalina.
No respondió.
Volví a llamar.
Nada.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Recordé la última ecografía.
El pequeño rostro del bebé en la pantalla.
Recordé cuando Catalina había tomado mi mano y me había dicho:
—Nuestro bebé va a cambiarlo todo.
Yo había sonreído.
Había estado feliz.
¿En qué momento había destruido todo?
Llamé nuevamente.
Nada.
Entonces llamé a su madre.
—¿Dónde está Catalina?
—¿Ahora te interesa saberlo?
Su tono estaba lleno de enojo.
—Por favor, dígame dónde está.
—La llevé al hospital.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Ya está allí?
—Sí.
—Voy para allá.
—Haz lo que quieras, Rubén.
La llamada terminó.
Tomé las llaves del automóvil.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí miedo.
No por mí.
Por mi hijo.
---
Catalina
El camino al hospital parecía interminable.
Cada pocos minutos sentía una contracción.
Mateo iba junto a mi madre.
Yo estaba en el asiento trasero, intentando controlar la respiración.
—Mamá...
—Estoy aquí, hija.
—Tengo miedo.
Ella tomó mi mano.
—Todo va a salir bien.
Quería creerle.
Pero tenía miedo.
No sabía si el bebé nacería bien.
No sabía si yo estaría bien.
Y, sobre todo, tenía miedo de vivir aquel momento sin el hombre que alguna vez había prometido estar a mi lado.
Cuando llegamos al hospital, me llevaron inmediatamente a una habitación.
Los médicos comenzaron a revisarme.
—El parto está avanzando —dijo una enfermera.
Respiré profundamente.
—¿Cuánto falta?
—No podemos saberlo exactamente.
Mi madre permaneció junto a mí.
Mateo esperaba afuera con una familiar.
Yo cerré los ojos.
Una contracción llegó con tanta fuerza que apreté la mano de mi madre.
—¡Mamá!
—Estoy aquí.
Las lágrimas comenzaron a salir.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Quiero que termine.
—Ya casi, hija.
Pero había algo que no podía dejar de pensar.
Rubén no estaba.
---
Rubén
Llegué al hospital demasiado tarde para entrar inmediatamente.
Corrí hasta recepción.
—Catalina Hernández. Está en trabajo de parto.
La recepcionista revisó el sistema.
—Sí.
—¿Dónde está?
—No puedo darle información.
—Soy su esposo.
La mujer levantó la mirada.
—¿Tiene algún documento?
Me quedé en silencio.
Esposo.
La palabra me golpeó.
¿Seguía siendo su esposo?
Legalmente, sí.
Pero emocionalmente había dejado de comportarme como uno hacía mucho tiempo.
—Por favor —dije—. Solo necesito saber si están bien.
Antes de que pudiera obtener una respuesta, vi a la madre de Catalina acercarse.
Su mirada era fría.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero saber cómo está.
—Ahora sí quieres estar presente.
No respondí.
—¿Dónde está?
—En el quirófano.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿El bebé...?
—Está naciendo.
Miré hacia el pasillo.
Por primera vez entendí lo que significaba llegar tarde.
---
Catalina
El dolor era insoportable.
Pero entonces escuché una voz.
—Catalina, necesito que respire profundamente.
Lo intenté.
Pensé en Mateo.
Pensé en mi madre.
Pensé en mi bebé.
Y por un segundo pensé en Rubén.
En el hombre que una vez había dormido a mi lado.
En el hombre que había prometido estar conmigo en cada momento importante.
Una lágrima cayó sobre mi mejilla.
—No pienses en él —me dije—. Piensa en tu bebé.
Volví a respirar.
—Vamos, Catalina. Una vez más.
Grité.
Y entonces...
Un llanto llenó la habitación.
Me quedé completamente inmóvil.
El llanto de mi bebé.
Mi corazón se llenó de algo que no había sentido en meses.
Amor.
Un amor puro.
Inmenso.
—Es un niño —dijo la enfermera.
Comencé a llorar.
—Mi bebé...
Me lo acercaron.
Lo colocaron sobre mi pecho.
Era pequeño.
Perfecto.
Tenía los ojos cerrados y sus pequeñas manos se movían lentamente.
Lo abracé.
—Hola, mi amor.
Lloré.
—Mamá está aquí.
Lo besé en la frente.
—Mamá nunca te va a abandonar.
En ese momento entendí que aquella promesa sí podía cumplirla.
Porque dependía de mí.
---
Rubén
Escuché el llanto desde el pasillo.
Me quedé inmóvil.
Había nacido.
Mi hijo había nacido.
Y yo no había estado ahí.
Sentí lágrimas en los ojos.
No pude detenerlas.
Entonces vi salir a una enfermera.
—¿Catalina?
—Está bien.
Respiré aliviado.
—¿Y el bebé?
La enfermera sonrió.
—También está bien.
Cerré los ojos.
Gracias.
Pero cuando intenté acercarme, la enfermera añadió:
—La madre de Catalina dijo que por ahora no quiere visitas.
Sentí que el pecho me dolía.
—¿Puedo verlo?
—Debe hablar con la familia.
Miré hacia la puerta.
Pensé en entrar.
Pero no lo hice.
Por primera vez entendí que no podía exigir un lugar que yo mismo había abandonado.
Me quedé allí.
Solo.
Mientras dentro de aquella habitación nacía mi hijo.
Y mientras Catalina sostenía entre sus brazos al bebé que ambos habían esperado.
Pero ella había aprendido a recibirlo sin mí.
---
Catalina
Horas después, Mateo entró en la habitación.
Cuando vio al bebé, sus ojos se iluminaron.
—¡Es mi hermanito!
Sonreí.
—Sí.
Se acercó lentamente.
—¿Puedo tocarlo?
—Claro.
Mateo tocó su pequeña mano.
—Es muy pequeño.
Reí entre lágrimas.
—Lo sé.
—¿Cómo se llama?
Miré a mi hijo.
Todavía no habíamos elegido el nombre definitivo.
—Quiero que tenga un nombre que signifique fuerza.
Mateo pensó unos segundos.
—Porque él es fuerte.
Lo miré.
—Sí.
Mi madre sonrió.
Mientras Mateo contemplaba a su hermanito, yo miré hacia la puerta.
Por un instante pensé que Rubén aparecería.
Pero no lo hizo.
Y, sorprendentemente, ya no me dolió tanto.
Porque tenía a mis hijos conmigo.
El bebé estaba en mis brazos.
Mateo estaba a mi lado.
Y por primera vez comprendí que mi familia podía ser diferente a la que había imaginado.
No sería perfecta.
Pero sería nuestra.
Afuera, Rubén seguía esperando.
Y quizás aquella espera era apenas el comienzo del precio que tendría que pagar por haber llegado demasiado tarde.
🙊a hora cual será el misterio