Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 19: El escándalo
Me incorporé lentamente.
En la pantalla apareció una fotografía de Jonás.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Jonás dejó el control remoto sobre la mesa y frunció el ceño.
—No lo sé.
La presentadora continuó hablando.
—Según fuentes cercanas a la familia, Jonás O’Neil habría contraído matrimonio en secreto con una joven cuya identidad y procedencia han despertado numerosos interrogantes.
Sentí que el estómago se me encogía.
La pantalla cambió y apareció un titular en letras grandes:
«ESCÁNDALO EN LA FAMILIA O’NEIL: EL HEREDERO REGRESA DEL EXTRANJERO CON UNA ESPOSA DESCONOCIDA».
Me quedé mirando aquellas palabras.
—¿Una esposa desconocida? —murmuré.
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Jonás.
No podía creer lo que estaba viendo.
Aquello no era una simple noticia sobre mi regreso. Alguien estaba intentando convertir mi matrimonio en un escándalo público.
—Maldita sea —mascullé.
La presentadora siguió leyendo:
—La joven habría conseguido conquistar al heredero mientras este completaba sus estudios en el extranjero. Algunas fuentes cuestionan si la unión responde a sentimientos genuinos o si existen otros intereses detrás de este inesperado matrimonio.
Apreté la mandíbula.
—¿Qué clase de estupidez es esta?
Miré a Oriana y noté cómo su expresión iba cambiando. Tenía los ojos fijos en el televisor y los labios ligeramente entreabiertos.
—Jonás... están hablando de nosotros.
—Lo sé.
—¿Cómo saben de nuestro matrimonio? ¿Quién les contó?
No respondí inmediatamente. Mi mente comenzó a repasar lo sucedido durante la recepción. Los Walton habían estado allí. También mis padres. Cualquiera de ellos podía haber proporcionado información.
La noticia continuó.
—Aunque todavía no se ha revelado el nombre de la esposa, se especula que no pertenece a una familia relacionada con el entorno empresarial de los O’Neil. Su aparición habría tomado por sorpresa incluso a los invitados de la reciente recepción organizada en honor al heredero.
Sentí que la sangre me hervía.
No necesitaba demasiadas explicaciones para comprender que alguien había aprovechado aquella reunión para atacarnos.
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Oriana.
—¿Van a seguir hablando de nosotros? —pregunté, sin apartar los ojos de la pantalla.
Jonás me miró.
—No les prestes atención, pelirroja.
—¿Cómo quieres que no lo haga? Están hablando de mí sin siquiera conocerme.
La presentadora mostró nuevamente el titular.
—La inesperada esposa del heredero O’Neil se convierte en el centro de una polémica que podría afectar no solo la imagen de la familia, sino también sus futuros acuerdos empresariales.
Sentí un nudo en la garganta.
—Están insinuando que me casé contigo por dinero.
Jonás apagó el televisor.
—No tienes que escuchar esas tonterías.
—Pero ya lo escuché.
Me levanté del sofá y caminé unos pasos por la sala.
—¿Te das cuenta de lo que significa esto? Mañana todo el mundo estará hablando de mí. Personas que nunca me han visto van a juzgarme y a inventar cosas sobre mi vida.
—No voy a permitir que te hagan daño.
Me giré hacia él.
—¿Y cómo vas a impedirlo? ¿Vas a llamar a cada periódico, a cada periodista y a cada persona que hable de nosotros?
Jonás se levantó y se acercó.
—Voy a averiguar quién está detrás de esto.
—¿Crees que fueron tus padres?
Su expresión se endureció.
—No lo sé todavía.
—¿Y si fueron ellos?
—Entonces tendrán que darme explicaciones.
Me abracé a mí misma, intentando contener la angustia que comenzaba a apoderarse de mí.
—Yo no quería esto, Jonás. Nunca quise llamar la atención. Solo quería estar contigo.
Él tomó mis manos.
—Y eso es lo único que importa.
—Para ti quizá sea fácil decirlo. Estás acostumbrado a que tu apellido aparezca en todas partes, a que la gente hable de tu familia. Yo no. No sé cómo enfrentarme a todo esto.
—No tendrás que hacerlo sola.
Me miró fijamente.
—Escúchame, Oriana. No has hecho nada malo. Eres mi esposa y no tienes que avergonzarte de ello. Si alguien pretende hacerte sentir inferior, tendrá que responder ante mí.
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Jonás.
Mi teléfono comenzó a vibrar antes de que pudiera decir algo más.
Miré la pantalla.
Era mi padre.
Solté una risa seca. Parecía que las cosas no podían ponerse peor.
—¿Vas a contestar? —preguntó Oriana.
—Sí. Quiero saber si tiene algo que ver con esto.
Deslicé el dedo por la pantalla y llevé el teléfono a mi oído.
—¿Papá?
—¿Ya viste las noticias? —preguntó Leandro sin siquiera saludar.
—Acabo de verlas.
—Esto es precisamente lo que intentaba evitar.
Fruncí el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—Tu matrimonio está convirtiéndose en un escándalo. ¿No te advertí que esa mujer no era adecuada para ti?
Apreté el teléfono.
—Ten cuidado con lo que dices.
—No me amenaces, Jonás. Estoy intentando proteger el nombre de nuestra familia.
—Pues te recomiendo que empieces por investigar quién está difundiendo esas mentiras.
—La prensa siempre encuentra la manera de conseguir información. Debiste pensar en las consecuencias antes de presentarte aquí con una desconocida.
—Mi esposa tiene nombre, padre. Se llama Oriana.
Hubo un breve silencio.
—Esto no ha terminado, Jonás.
—Eso ya lo veremos.
Finalicé la llamada sin esperar su respuesta.
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Oriana.
Me quedé observándolo.
—¿Era tu padre?
Jonás guardó el teléfono y asintió.
—Sí.
—¿Qué quería?
—Lo mismo de siempre. Recordarme que mi matrimonio es un problema para la familia.
Bajé la mirada.
—Tal vez nunca me acepten.
Jonás se acercó y tomó mi rostro entre sus manos.
—No necesito que ellos te acepten para saber que eres la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
—Pero no quiero convertirme en un problema para ti.
—Tú no eres ningún problema, pelirroja.
Depositó un beso en mi frente.
—Lo que está sucediendo es responsabilidad de quienes creen que pueden decidir por nosotros.
Apoyé la cabeza contra su pecho. Él me rodeó con sus brazos y acarició mi cabello.
No sabía qué nos esperaba al día siguiente, ni cuántas personas terminarían hablando de nuestro matrimonio.
Pero mientras permanecía entre sus brazos, comprendí que aquel era apenas el comienzo de una batalla que no habíamos buscado.
Y, en algún lugar de la ciudad, alguien estaba celebrando haber conseguido que nuestra vida privada se convirtiera en un espectáculo público.