La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 3
—Valeria, el Don quiere verte.
Valeria, que estaba sentada en una silla del pasillo comiéndose una galleta que había conseguido en la cocina, levantó la cabeza.
Frente a ella había una joven empleada con el rostro serio.
—¿El Don? —repitió.
—Sí. Te está esperando en su despacho.
Valeria dejó de masticar.
—¿El Don quién demonios es?
La muchacha abrió los ojos como platos y se abalanzó sobre ella para taparle la boca.
—¡¿Estás loca?! ¡No hables así de él!
Valeria apartó sus manos.
—¡Oye! ¡Casi me ahogas!
—¡Te estoy salvando la vida, idiota!
—¿De quién? ¿Del Don?
La joven miró a ambos lados antes de acercarse a su oído.
—Es el jefe de la mafia.
Valeria parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
—¿Qué?
—Y es el padre del señor Damián.
La galleta cayó de la mano de Valeria.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
Después, Valeria se levantó lentamente.
—Ah.
La empleada asintió.
—Ajá.
—Entonces…
—Sí.
—¿Estoy en una mansión de mafiosos?
—¡BAJA LA VOZ!
Valeria se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡SANTO CIELO!
La joven volvió a taparle la boca.
—¡¿QUIERES QUE NOS MATEN A LAS DOS?!
Valeria la apartó y retrocedió hasta chocar contra la pared.
—No. No, no, no. Esto no puede estar pasando. Yo solo quería un trabajo normal. ¡UN TRABAJO NORMAL! ¡Limpiar casas, lavar ropa, cobrar mi sueldo y volver a mi hogar con mi marido!
De pronto, recordó algo.
Su marido.
La supuesta entrevista.
La dirección que le había entregado.
Y la forma extraña en que había reaccionado cuando ella le contó dónde estaba.
Valeria sintió un escalofrío.
—Maldito infeliz…
—¿Qué has dicho?
—Nada. Estoy rezando.
La muchacha la agarró del brazo.
—Vamos. El Don no acostumbra a esperar.
Valeria se dejó arrastrar durante unos pasos, todavía intentando procesar la información.
—Espera, espera. ¿Qué quiere de mí?
—Supongo que hablar de su hijo.
—¿Y por qué no habla con su hijo?
La joven la miró con una expresión extraña.
—Porque nadie consigue hablar con el señor Damián sin que termine lanzándole algo a la cabeza.
Valeria se quedó callada.
Recordó la lámpara rota.
Los libros en el suelo.
El vaso estrellado contra la pared.
Y al hombre que le había prometido asesinarla después de recuperarse.
—Tiene sentido —murmuró.
—¿Qué?
—Nada. Continúa.
Llegaron frente a una puerta doble de madera oscura. Dos hombres armados custodiaban la entrada.
La empleada se detuvo.
—Espera aquí.
Valeria la sujetó de la muñeca.
—¡No me dejes sola!
—Solo voy a anunciarte.
—¡Pues anúnciame desde aquí!
La muchacha se soltó y llamó a la puerta.
Una voz profunda respondió desde el interior.
—Adelante.
La joven abrió la puerta y se hizo a un lado.
—El señor la espera.
Valeria contempló el despacho.
Había una enorme biblioteca, un escritorio de madera oscura y varios cuadros de aspecto antiguo. Detrás del escritorio estaba sentado un hombre de cabello entrecano, vestido con un traje impecable.
No parecía alguien a quien le gustara repetir las órdenes.
Y mucho menos alguien a quien le gustara que lo contradijeran.
El hombre levantó la mirada.
—Acércate.
Valeria entró.
Sus piernas avanzaron, aunque su alma parecía haberse quedado en el pasillo.
—¿Valeria? —preguntó él.
—S-sí, señor.
El hombre señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate.
Ella obedeció inmediatamente.
No porque fuera una mujer especialmente obediente.
Sino porque acababa de descubrir que trabajaba para una familia de mafiosos y no quería terminar convertida en alimento para peces.
El hombre entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Así que tú eres la joven que está cuidando de mi primogénito.
Valeria asintió.
—Sí, señor.
—¿Cuánto tiempo llevas en esta casa?
—Desde ayer.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Ayer?
—Sí.
—Y, por lo que me han contado, has conseguido que tome su medicina.
Valeria se removió en la silla.
—Bueno… sí.
—También has logrado que coma.
—Un poquito.
El Don la observó con atención.
—¿Cómo lo hiciste?
Valeria pensó en la sábana.
En los forcejeos.
En las amenazas de muerte.
En la forma en que había tenido que envolver al joven para impedir que siguiera destrozando la habitación.
Después sonrió con nerviosismo.
—Tengo mis métodos, señor.
El hombre permaneció en silencio.
Valeria empezó a sudar.
¿Por qué demonios he dicho eso? ¡Ahora pensará que soy una asesina profesional!
El Don soltó una breve carcajada.
—Interesante.
Valeria no supo si aquello era una buena o una pésima señal.
El hombre abrió un cajón y sacó un grueso fajo de billetes.
Lo colocó sobre el escritorio y lo empujó hacia ella.
Valeria miró el dinero.
Después miró al hombre.
Y volvió a mirar el dinero.
—¿Qué es esto?
—Tu recompensa.
Ella no se atrevió a tocarlo.
—¿Mi… recompensa?
—Por conseguir que mi hijo tome su medicina y coma algo después de varios días negándose a recibir ayuda.
Valeria tragó saliva.
Nunca había visto tanto dinero junto.
Con aquella cantidad podría pagar varias deudas, comprar comida y guardar algo para el futuro.
Pero había un pequeño detalle que le impedía alegrarse.
El dinero provenía de un mafioso.
Un mafioso que acababa de llamarla a su despacho.
Y que, probablemente, podía ordenar su ejecución con una sola palabra.
—Puede tomarlo —dijo él.
Valeria recogió el fajo con ambas manos.
—Muchas gracias, señor.
—No me des las gracias todavía.
La sonrisa desapareció de su rostro.
El Don se recostó en su silla.
—Quiero que continúes cuidando de Damián.
Valeria sintió que el dinero pesaba de pronto como una piedra.
—¿Perdón?
—Mi hijo necesita a alguien que se ocupe de él. Los médicos no consiguen que coopere, las enfermeras renuncian y los empleados le tienen demasiado miedo para contradecirlo.
—Comprendo, señor, pero yo no soy enfermera. Solo vine porque me dijeron que había una vacante para empleada doméstica.
El hombre la observó sin cambiar de expresión.
—¿Quién te dijo eso?
Valeria abrió la boca.
Y volvió a cerrarla.
Su marido le había dado aquella dirección.
Pero ¿qué podía decirle al jefe de una organización criminal? ¿Que su esposo la había enviado allí por una razón que desconocía?
¿Y si el Don decidía investigar a su familia?
¿Y si descubría algo que ella misma todavía no sabía?
—Mi esposo —respondió finalmente—. Me dijo que estaban buscando personal.
El Don apoyó los dedos sobre el escritorio.
—Ya veo.
Aquellas dos palabras fueron mucho más aterradoras que cualquier grito.
Valeria apretó el dinero contra su pecho.
—Señor, si no necesitan una empleada doméstica, puedo buscar otro trabajo. No quiero causar problemas.
—¿Problemas?
El hombre sonrió ligeramente.
Ella deseó que no lo hubiera hecho.
—Señorita Valeria, usted ya ha llamado mi atención. Y, por lo que veo, también la de mi hijo.
¡Pues recoja su atención y devuélvasela! ¡Yo no pedí ninguna!
Valeria mantuvo la boca cerrada.
El Don se puso de pie y caminó alrededor del escritorio.
—Voy a explicarte algo para que no haya malentendidos.
Ella se levantó inmediatamente.
El hombre era alto, imponente y tenía una tranquilidad que le producía más miedo que la furia de Damián.
—Si consigues cuidar bien de mi hijo, recibirás recompensas muy buenas. No tendrás que preocuparte por tu salario ni por tus necesidades.
Valeria asintió frenéticamente.
—Sí, señor.
—Pero si fracasas…
El hombre hizo una pausa.
Valeria dejó de respirar.
—Me temo que ya no podrás ver el amanecer de nuevo.
Silencio.
Un silencio largo.
Un silencio en el que Valeria repasó mentalmente todas las decisiones que la habían conducido hasta aquella habitación.
Debí haberme quedado vendiendo empanadas.
El Don regresó a su escritorio y tomó una carpeta.
—Puedes retirarte.
—¿Eso es todo?
El hombre levantó la mirada.
Valeria se arrepintió inmediatamente de haber preguntado.
—¿Deseas algo más?
—¡No, señor! ¡Absolutamente nada! ¡Que tenga un excelente día!
Salió del despacho casi a la carrera.
La joven empleada seguía esperándola en el pasillo.
—¿Qué pasó? —susurró.
Valeria la agarró de los hombros.
—¡ME VAN A MATAR!
—¡Baja la voz!
—¡EL DON ME VA A MATAR SI NO CONSIGO CUIDAR A SU HIJO!
La muchacha palideció.
—¿Te dijo eso?
—¡SÍ! ¡CON ESAS MISMAS PALABRAS!
Valeria miró el fajo de billetes que todavía llevaba entre las manos.
Después contempló el techo.
—Dios mío, ¿qué he hecho para merecer esto?
—¿Cuánto te pagó?
Valeria bajó la mirada.
—Mucho.
La joven silbó.
—Entonces debes de haberle caído muy bien.
—¡¿CÓMO VOY A CAERLE BIEN A ALGUIEN QUE ACABA DE AMENAZARME DE MUERTE?!
—Bienvenida a la familia.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
Se dejó caer sobre un banco del pasillo y contempló el dinero.
Su marido le había mentido.
No existía ninguna entrevista.
No existía ningún empleo doméstico.
Y ahora estaba atrapada en una mansión de mafiosos, obligada a cuidar de un hombre que quería asesinarla y bajo las órdenes de su padre, que podía hacerla desaparecer si no cumplía sus expectativas.
Se cubrió el rostro con las manos.
—Maldito seas, esposo mío…
En ese instante, un hombre apareció al final del pasillo.
—Valeria.
Ella levantó la cabeza lentamente.
Era uno de los guardaespaldas de Damián.
—El señor quiere verte.
Valeria cerró los ojos.
—¿Qué quiere ahora?
—Dice que le duele la cabeza.
Ella se puso de pie.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que le rece?
—También ha dicho que, si no regresas en cinco minutos, irá personalmente a buscarte.
Valeria miró al techo una última vez.
—Si sobrevivo a esta familia, me compraré una isla y prohibiré que los hombres se acerquen a menos de diez kilómetros.
Y echó a andar hacia la habitación de su paciente.
Porque, al parecer, su nueva profesión no era ser sirvienta.
Ni enfermera.
Ni niñera.
Era mantener vivo al heredero de la mafia sin morir en el intento.
Y apenas llevaba dos días en el trabajo.