Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 6: Sin escape en la oficina y el arranque del juego
El murmullo de los ejecutivos se fue apagando a medida que el grupo abandonaba la sala de conferencias para dirigirse al piso inferior. Carlos Rossi se despidió con un apretón de manos formal, confiado en que su hija ajustaría los últimos detalles del anexo técnico. Alexis se demoró un segundo en el umbral, clavándole una mirada de advertencia cargada de sospecha a Dante antes de ser arrastrado por su padre hacia el ascensor.
Damián y Nicolás esperaban en el pasillo. Al pasar al lado de Dante, Nicolás le dio una palmadita disimulada en el hombro, susurrándole al oído con una mueca burlona:
—No vayas a romper el mobiliario corporativo, jefe. Acordate de que venimos a hacer negocios.
Dante ni siquiera se dignó a mirarlo. Esperó a que Valeria caminara a paso rápido hacia su despacho privado y entró detrás de ella sin pedir permiso. En cuanto la puerta de madera maciza se cerró, el ruso pasó la mano por el picaporte y giró la traba de metal. El clac del cerrojo resonó en la oficina como el disparo de un arma.
Valeria se dio vuelta sobre sus tacos con el corazón martillándole en el pecho, apretando la carpeta de cuero contra su abdomen como si fuera un escudo.
—¿Qué te pasa? —exclamó con la voz alta, erguida y con los ojos echando chispas—. En esta empresa no se le pasa la traba a las puertas, señor Volkov. Abrí inmediatamente si no querés que llame a la seguridad del edificio.
Dante no se inmutó. Con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria, se quitó el saco del traje, lo arrojó sobre uno de los sillones de cuero y comenzó a arremangarse la camisa negra, dejando a la vista los antebrazos marcados por venas y sombras de tatuajes.
—Llamá a quien se te cante las pelotas, Valeria —respondió él con esa voz rasposa, profunda y carente de cualquier modismo corporativo—. Vamos a ver si tu seguridad privada tiene las agallas de sacarme de acá.
—A mí no me hablás en ese tono ni me tuteás —le hizo frente ella, dando un paso hacia adelante sin dar el brazo a torcer—. Me importa un carajo la cantidad de ceros que tenga tu cuenta bancaria o el peso que tengas en el mercado pesado. Acá, en Rossi Corp, la que maneja la barra soy yo. Si querés cerrar el contrato del muelle, te comporás como un tipo civilizado y me respetás. Por arriba mío no pasa nadie, ¿te quedó claro?
Una sonrisa lenta, oscura y peligrosamente atractiva se dibujó en los labios de Dante. Avanzó dos pasos largos, acortando la distancia entre los dos hasta que el aroma a cuero, tabaco caro y su propio calor corporal sofocaron el aire alrededor de ella.
—Me me encanta cuando te hacés la fiera —murmuró él, acorralándola contra el borde del escritorio de nogal—. Te ponés el trajecito blanco, te pintás los labios, mirás a todos de arriba abajo y te hacés la empresaria intocable frente a tu viejo y tu hermano... Pero hace un par de horas gritabas en mi oído contra la pared de un reservado, pidiendo más mientras te agarraba de las caderas.
A Valeria se le cortó la respiración. El rubor le subió de golpe por el cuello, pero apretó la mandíbula y no bajó la mirada.
—Eso fue un error. Una equivocación a oscuras. Ni siquiera sabía quién eras —retrucó ella, apoyando las palmas de las manos contra el pecho duro de Dante para intentar empujarlo, pero él ni se movió; era una muralla de músculo—. Y te aconsejo que no lo vuelvas a mencionar si no querés que cancele la negociación ahora mismo.
—No fue ningún error —dijo él, atrapando la mano izquierda de Valeria con una rapidez felina.
Dante levantó la mano de ella a la altura de sus ojos para examinarla. Su mirada azul y gélida se fijó en el anillo de compromiso sencillo que llevaba en el anular. La expresión del ruso cambió en un milisegundo: la arrogancia dio paso a una furia negra, salvaje y visceral.
—¿Qué mierda es esta porquería? —preguntó Dante con la voz transformada en un gruñido.
—Es mi anillo de compromiso —respondió Valeria con firmeza, intentando zafar el agarre—. Tengo novio. Y me voy a casar. Así que soltame.
Un chispazo de celos enfermizos cruzó la mirada de Dante. Sin pedir permiso ni dudarlo un segundo, agarró el anillo con los dedos de su otra mano y tiró con fuerza hacia afuera.
—¡Hey! ¡Qué te pasa, demente! —gritó Valeria tratando de cerrar el puño.
Dante le arrancó el metal del dedo sin contemplación. Sostuvo la joya entre el pulgar y el índice, la miró con asco y, sin quitarle los ojos de encima a Valeria, caminó hacia el ventanal y arrojó el anillo por la ranura de ventilación, viéndolo caer al vacío desde el piso quince.
—¡Sos un enfermo mental! —le gritó ella, dándole un empujón con todas sus fuerzas—. ¡¿Quién te creés que sos para tocar mis cosas?! ¡Ese anillo me lo dio mi pareja!
Dante volvió a acorralarla contra el escritorio en un abrir y cerrar de ojos, atrapando ambas muñecas de Valeria con una sola de sus manos gigantes y sujetándolas por encima de la cabeza de ella. La pegó por completo a la madera, inclinando su cuerpo masivo sobre el de ella hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre los dos.
—Esa porquería no te la ponés nunca más en la vida —le dijo él al oído, respirando agitado, con la barba raspándole la piel sensible del cuello—. No me importa quién sea ese infeliz ni el tiempo que lleves con él. Desde anoche, tu cuerpo sabe a quién le pertenece. Sos mía, Valeria. Aunque te dé rabia, aunque intentes negarlo frente a tu familia o ponerte trajes de ejecutiva para disimularlo. Sos mía.
—Yo no soy de nadie, pedazo de animal —siseó ella entre dientes, sofocada por el calor de su cuerpo y por la electricidad brutal que la recorría entera al sentirlo tan cerca.
—Vas a ser mía hasta que me canse —sentenció él.
Antes de que Valeria pudiera articular otra mentira de defensa, Dante bajó la cabeza y le devoró la boca en un beso salvaje, dominante y abrasador.
No hubo delicadeza ni cortejo. Fue un ataque directo a su cordura. La boca de Dante se apoderó de la suya con un hambre atrasada, aplicando la presión justa de sus labios carnosos y la barba marcada que le rozaba la barbilla. Valeria intentó apretar los dientes para cerrarle el paso, pero la mano libre de Dante bajó rápidamente hasta su cintura, la tomó con una firmeza posesiva y la pegó a su cadera, quebrándole la postura.
Un gemido ahogado se le escapó a Valeria en medio del forcejeo, y Dante aprovechó el instante para profundizar el beso. Su lengua se introdujo de golpe, caliente, exigente y experta, explorándola sin pedir permiso, saboreándola con una necesidad física que olía a peligro puro. Le mordió el labio inferior con la dosis exacta de rudeza para hacerla estremecer y volvió a succionarlo con una pasión devoradora que le hizo perder el piso a la empresaria.
A Valeria se le aflojaron las piernas. El recuerdo de la noche en el club volvió en una marea de fuego que le nubló la cabeza. Intentó mantener el odio, intentando convencerse de que debía empujarlo, pero sus manos, libres del agarre, en lugar de golpearlo, terminaron subiendo por el pecho de él, hundiéndose en la tela de su camisa negra y aferrándose a sus hombros anchos.
Dante sintió la rendición involuntaria de ella y soltó un gruñido ronco contra sus labios. Aceleró el ritmo del beso, volviéndolo más sofocado, más sucio y desesperado. La mano de él subió por su espalda, marcándole los dedos en la seda del saco, obligándola a arquearse contra él mientras sus lenguas se enredaban en una batalla donde ninguno de los dos cedía terreno. El aliento de Dante quemaba, el sabor a tabaco y menta se le impregnó en las papilas gustativas a Valeria, y el roce de sus cuerpos generó un calor tan intenso que el aire del despacho pareció quedarse sin oxígeno.
Le sostuvo el rostro con ambas manos, sujetándole la mandíbula para no dejarla escapar ni un milímetro, profundizando el contacto hasta que a los dos les faltó el aire y el pulso les retumbó en los oídos como un tambor de guerra.
Cuando Dante finalmente se despegó unos centímetros, ambos estaban respirando con dificultad, con los labios rojos, hinchados y el pecho agitado.
Valeria tenía los ojos entornados, brillando con una mezcla de furia, deseo y pánico al darse cuenta de lo fácil que ese hombre la desarmaba.
Dante le acarició el labio inferior con el pulgar, dejando una marca húmeda, y le sonrió con una arrogancia victoriosa que le heló la sangre.
—Mañana a las diez firmo el contrato con tu viejo —le susurró él contra la boca, con la voz más rasposa que nunca—. Preparate, Valeria... porque esto recién empieza.
Dante se acomodó la camisa, agarró su saco del sillón y caminó hacia la salida. Quitó el cerrojo con un movimiento seco y abrió la puerta, dejando a Valeria Rossi apoyada contra el escritorio, despeinada, respirando a fondo y sabiendo que su vida tranquila, predecible y ordenada se había terminado para siempre.