NOVELA +18 ⚠️
Julieta Álvarez siempre ha creído que el amor merece segundas oportunidades. El problema es que lleva tres años dándole oportunidades a la persona equivocada.
Cuando finalmente decide ponerle punto final a una relación que solo le ha dejado secretos, excusas y demasiadas decepciones, lo último que espera es que su vida se complique todavía más con la llegada de Alejandro Santana.
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Capítulo 8
...JULIETA ÁLVAREZ...
Abrí los ojos muy despacio. El dolor de cabeza marchaba con un ritmo constante, pero el verdadero problema era el calor denso que me rodeaba: un brazo pesado y firme me sujetaba por la cintura, pegando mi espalda contra un torso desnudo que irradiaba temperatura de horno industrial.
Pestañeé dos veces para despejar la neblina del vino.
Vale, recapitulemos.
Recordaba perfectamente la secuencia: el sillón, la ropa volando por el pasillo, los besos, la pared y una noche escandalosamente buena.
No había arrepentimiento; el androide de corrección había resultado ser un ser humano sorpresivamente talentoso en la práctica.
Pero una cosa era saber que lo había disfrutado y otra muy distinta era procesar la escena a las cinco de la mañana con el estómago vacío.
Me giré milímetro a milímetro.
A mi lado, Alejandro dormía profundamente.
Con un movimiento torpe al intentar incorporarme para buscar mi ropa, enganché la sábana con el pie y la jalé sin querer de un solo tirón.
La cobija voló por completo, dejando a Alejandro al descubierto. Mi mirada bajó por pura inercia y... bueno. La vista del panorama matutino me congeló en el sitio por dos segundos enteros.
Abrí la boca de par en par, recordando en un milisegundo de lucidez repentina exactamente por qué la noche anterior la había pasado tan ridículamente bien.
Ah. Con razón.
En mi intento desesperado por volver a cubrirlo a toda prisa antes de que pareciera una pervertida, le tiré la sábana encima de la cabeza de un manotazo torpe.
El impacto del embozo en la cara y el viento frío despertaron a Alejandro de golpe. Se sobresaltó, apretando los ojos con una mueca de dolor supremo por la migraña, y se llevó una mano a la sien como si le hubiera disparado un cañón al oído.
Se quitó la sábana de la cara con un manotazo tosco y violento, sentándose en la cama de mala gana, totalmente despeinado y con la cara arrugada en una expresión de irritación matutina.
—Carajos, Álvarez... —masculló con la voz raspada, grave y pesada, clavándome una mirada de pocos amigos mientras se sobaba la frente—¿Es necesario que hasta para despertar armes un drama?
Tragué saliva, abrazando la sábana contra mi pecho mientras intentaba mantener la poca dignidad que me quedaba después de eso.
—¡Tú me quitaste la cobija primero! —solté a la defensiva, ajustándome la sábana hasta la barbilla—. Y no me llames "Álvarez" cuando estamos los dos desvestidos en tu cama. Es... raro. Muy raro.
Alejandro se pasó ambas manos por la cara, soltando un gruñido ahogado que resonó en la habitación. Tenía el cabello negro completamente alborotado y una marca roja de la almohada pegada en la mejilla, un detalle tan inesperadamente humano que me sacó una sonrisa tonta que tuve que disimular mordiéndome el labio.
—Técnicamente, estamos en mi apartamento—masculló él, abriendo un ojo con clara dificultad para mirarme—. Y si mi memoria no me falla, señorita... Julieta... fuiste tú la que decidió que el protocolo de la oficina no aplicaba después de la segunda copa.
Me puse roja al instante.
Las imágenes de la noche anterior volvieron en alta definición: yo tomando la iniciativa, Alejandro perdiendo el control en el pasillo, las manos de mi jefe en mi cintura... Jesús Bendito.
—Tampoco vi que te opusieras mucho, Santana —contraataqué, alzando una ceja con coquetería—. Para ser un robot sin emociones, tienes un desempeño bastante... eficiente.
Alejandro se congeló un segundo.
Luego, muy despacio, se giró hacia mí. A pesar de despeinado y con una migraña de los mil demonios, esa mirada oscura recuperó un toque peligroso que me hizo dar un vuelco al corazón.
—Soy eficiente en todo lo que hago —repuso con una voz grave y rasposa que me erizó la piel—Incluyendo lidiar con compañeras dramáticas a las cinco de la mañana.
Se levantó de la cama sin el menor rastro de pudor, dejándome ver de nuevo su espalda ancha y trabajada mientras se ponía un pantalón de pijama gris que rescató del sillón.
—Voy por agua y analgésicos —dijo, dándome la espalda antes de cruzar la puerta—. Si no quieres que Gómez nos ejecute a los dos hoy a las nueve, te sugiero que busques tu ropa. Tenemos tres horas para volver a ser profesionales.
—Tres horas —repetí en un susurro para mí misma, viendo cómo su espalda perfecta desaparecía por el pasillo—. Tres horas para pasar de esto a "sí, señor Santana, ya corregí las galeradas".
Un milagro es lo que necesito.
Me dejé caer de espaldas contra la almohada, cubriéndome la cara con la sábana mientras soltaba una risita ahogada que ni yo me creía.
El dolor de cabeza estaba ahí, latiendo con ganas, pero el vacío feo que había llevado en el pecho durante meses... simplemente se había evaporado. Roberto y sus diez años de excusas se sentían como un mal chiste del pasado.
Con un esfuerzo titánico, me envolví en la sábana como un taco gigante y bajé de la cama para cazar mi ropa. Fue como un juego de pistas: mi blusa estaba junto a la puerta del baño, mi falda a mitad del pasillo y mi sujetador... colgado con trágica precisión sobre la esquina de una escultura minimalista en la sala.
Artista el muchacho, pensé, rescatando mi lencería del artefacto de arte moderno.
Cuando llegué a la cocina, Alejandro ya estaba impecablemente instalado frente a la barra, sostenía dos vasos de agua y una caja de analgésicos.
—Tómate dos —dijo en tono seco, deslizando una pastilla y un vaso hacia mi lado en la barra—.No quiero escucharte suspirar por la migraña en toda la mañana.
—Qué amabilidad la tuya, Alejandro. Me conmueves —ironicé, agarrando la pastilla y tragándomela de un sorbo—. Deberías escribir un manual de etiqueta para mañanas siguientes.
Alejandro se apoyó contra el tope de la cocina, cruzando los brazos sobre el pecho. Nos miramos a través del vapor de la tetera que acababa de encender.
—El manual es sencillo —repuso él, clavando sus ojos en los míos con esa intensidad que me aceleraba el pulso—. Lo que pasó aquí se queda entre estas cuatro paredes. En la editorial, tú sigues siendo la correctora que comete errores de maquetación y yo sigo siendo el compañero y jefe pesado que te los señala. ¿Queda claro?
Me acerqué un paso hacia él, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás.
—Perfectamente claro, Santana —dije, esbozando una sonrisa ladina—. Aunque déjame decirte que va a ser muy difícil tomarte en serio cuando me regañes por un margen corrido.
Alejandro entornó los ojos, pero la comisura de su boca traicionó su máscara de hielo con ese microscópico ademán de sonrisa.