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UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

UNA DAMISELA EN APUROS, EL REGRESO DE CASSIDY

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Batalla por el trono / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:67k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*

Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.

Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: Cuando pierdes en la mesa del rey, hasta ganar es perder.

El grito de Ágata se oyó desde el otro extremo del castillo.

Cassidy iba camino de sus aposentos, del brazo de Ismenia, con las lágrimas de novia rota todavía frescas en la cara, cuando lo oyó rebotar por los pasillos de piedra. Se detuvo. Por supuesto que se detuvo. Nunca en dos vidas había dejado pasar una puerta entreabierta detrás de la cual alguien perdía el control.

La de Ágata lo estaba.

—¡ESTÚPIDA! —La voz de la madrastra, desnuda de todo su barniz de dama, salía a borbotones—. ¡Años! ¡Años enteros midiendo cada paso, tejiendo cada hilo, y tú lo tiras todo por no aguantarte las ganas una noche! ¡Una noche!

—Madre, por favor…

El sonido de la primera bofetada llegó limpio hasta el corredor. Seco. Carne contra carne.

Cassidy, quieta en la sombra, no movió un músculo.

—¡Yo te iba a hacer reina! —Otra bofetada, y la voz de Ágata se quebraba de pura furia—. ¡Cuando la gorda muriera, tú ibas a ocupar su lugar al lado del príncipe! ¡Todo estaba listo! ¡Y ahora te encuentran revolcada como una perra callejera y nos hundes a las dos, a las DOS!

—¡Me buscó él! —Leonor lloraba, y entre el llanto se le rompía la voz—. ¡Yo no sé qué me pasó anoche, madre, te lo juro, era como si no pudiera pensar, como si algo me…!

—¡Silencio!

Un golpe más, este más fuerte, y después el ruido de un cuerpo que trastabilla contra un mueble.

Ismenia se estremeció entera y buscó la mano de Cassidy. Cassidy no se la apretó. Escuchó cada golpe caer sobre su hermanastra con la misma cara con la que se escucha llover.

Ahí lo tienes, Ismenia. El amor de madre de esta casa. La misma mujer que armó todo el enredo ahora le rompe la cara a su propia hija por haberlo seguido demasiado bien. Fíjate y aprende: no hay lealtad entre víboras. En cuanto la cosa se tuerce, se muerden entre ellas antes que a nadie.

—Vámonos —murmuró, y tiró suave de Ismenia—. Ya escuché lo que necesitaba. Y quita esa cara, que yo no le levanté la mano a nadie. Ese moretón que le va a quedar a Leonor se lo puso su propia madre. Yo solo le serví el vino.

Esa noche Cassidy durmió como no dormía en semanas.

La mañana, en cambio, la despertó temprano, porque los desastres ajenos, cuando una los cocina bien, tienen la costumbre de dar frutos al amanecer.

Bajó al salón llamada por su padre. Y encontró la escena servida.

Ágata estaba de pie en el centro, muy erguida, con esa dignidad de mármol que se ponía como una segunda piel. A su lado, Leonor, con la cabeza gacha y un lado de la cara hinchado, un pómulo amoratado que ninguna cantidad de polvo lograba tapar del todo. Cassidy tardó un instante en entenderlo, y cuando lo entendió, casi la aplaude por el descaro: el golpe se lo había dado Ágata la noche anterior, y ahora la madre lo exhibía como si fuera una herida de guerra, como prueba del sufrimiento de su pobre niña deshonrada.

—Exijo justicia —dijo Ágata, la barbilla temblándole de una indignación tan bien fabricada que daba ganas de aplaudir—. Mírela. Mire a mi hija. El príncipe la deshonró bajo este mismo techo, la usó y la arruinó. Un hombre de bien repara lo que ensucia. Que se case con ella. Es lo único decente que queda por hacer, y usted lo sabe, duque.

Cassidy se sentó en su silla del rincón, con las manos recogidas en el regazo y la cara compuesta de duelo, y por dentro tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no soltar una carcajada.

Increíble. La víbora ya se recompuso de la derrota de anoche y en una sola noche le dio la vuelta. Golpeó a su hija, y ahora usa el moretón que ella misma le puso como prueba. Y encima cree que ganó: piensa que mi padre, por pura decencia, va a obligar al príncipe a casarse con Leonor, y así ella igual sienta a su hija junto al trono. Por la puerta de servicio, pero junto al trono. Hay que reconocerle las agallas. Lástima que está a punto de aprender lo que aprendí yo anoche: en esta casa ya no manda ella.

El duque abrió la boca para contestar.

No llegó a hacerlo.

Porque en ese instante, desde las murallas, sonó un cuerno largo y grave, y un criado entró corriendo al salón, blanco como la cal.

—¡Mi señor! ¡Es el rey! ¡El rey en persona viene por el camino!

Todo el color se le fue de la cara a Ágata.

Una cosa era manejar a un duque ausente. Otra, muy distinta, era tener al emperador del continente cruzando la puerta de tu casa sin avisar. El príncipe, que hasta entonces se había mantenido en un rincón sombrío y silencioso, se puso del color de un cadáver, porque él sí sabía a qué venía su padre, y no era a felicitar a nadie.

Cassidy se quedó muy quieta en su silla.

Y aquí llega el jugador de verdad. Justo cuando creía que había limpiado la mesa.

El rey entró como entra el dueño de todo lo que pisa.

No pidió permiso, no saludó, no esperó. Cruzó el salón con su escolta detrás, se dejó caer en la mejor silla de la sala —la del duque— como si le perteneciera desde siempre, y paseó esos ojos claros por los presentes, uno a uno, con la calma de quien ya decidió el destino de todos antes de sentarse. El duque, Cassidy, Ágata, Leonor con su pómulo morado, el príncipe temblando. Nadie más. Ni cortesanos, ni testigos, solo la familia y el hombre que había venido a barrer con ella.

Y cuando terminó de mirarlos, habló, y su voz era suave, tan suave que helaba.

—Me contaron —dijo— lo que hizo mi hijo anoche.

Silencio. Nadie respiraba.

—Ven aquí. —El rey ni siquiera volteó a mirar al príncipe. Solo levantó dos dedos.

El príncipe se acercó despacio, arrastrando los pies, como un condenado hacia el patíbulo.

—Arrodíllate. —El rey por fin lo miró—. Delante de la princesa Aurora. Y pídele perdón por la vergüenza que le hiciste pasar.

—Padre —el príncipe tragó saliva—, seguramente hay una manera más discreta de…

—De rodillas. —No subió la voz. No le hizo falta. La palabra cayó como una losa.

Y el príncipe —el mismo hombre que la había tirado de un caballo para deshacerse de ella, que la había mirado toda la vida como se mira un estorbo, que la noche anterior gemía sobre el diván con Leonor— tuvo que doblar la rodilla en el suelo de piedra, delante de su padre, delante de la madrastra, delante de la amante humillada, y hincarse frente a la silla de Cassidy con la cara ardiendo de una humillación que le temblaba en la mandíbula.

—Te pido perdón, Aurora —dijo, y cada palabra le salió como si se la arrancaran con tenazas—. Me comporté indignamente. Manché tu nombre. No lo merecías.

Cassidy lo miró desde arriba. Los ojos húmedos, el mentón alto de víctima noble. Por dentro, reclinada en una silla imaginaria con los pies en alto, saboreando el momento como un trago añejo.

Míralo. De rodillas. Ayer desnudo en el diván, hoy arrodillado en la piedra. La misma boca que dio la orden de cortarme la rienda ahora me pide perdón temblando. Suplica, principito. Que se te grabe bien en las rodillas, porque no va a ser la última vez que te vea así de bajo.

Dejó que el silencio se estirara, cruel, lo justo para que él sufriera cada segundo de rodillas. Y solo entonces habló, dulce, magnánima, con una lágrima perfecta asomándole al borde del ojo.

—Te perdono. —Se llevó una mano al pecho—. Me has roto el corazón, pero no soy mujer de guardar rencor. Que Dios te dé paz.

El rey asintió, complacido con el teatro. Y sin darle importancia, como quien reparte lo que no le cuesta, dictó su sentencia.

—Mi hijo no se casará con la muchacha deshonrada. —No miró a Leonor ni una vez al condenarla—. Un príncipe del imperio no toma por esposa a una mujer de cascos ligeros, que se entrega antes del matrimonio, y para colmo al prometido de su propia hermana. Eso no es una consorte. Eso es un escándalo con faldas paseándose por mi corte. —Hizo una pausa breve, tajante—. Si mi hijo la quiere, que la tenga de concubina. De querida. De nada más. Y a él le buscaré yo una prometida digna de su sangre, de una casa limpia.

El golpe cayó sobre Ágata como un mazo en la nuca.

Cassidy vio, en tiempo real, cómo el rostro de la madrastra se descomponía. Vio cómo, en una sola frase, quince años de planes se le convertían en ceniza: su hija no sería princesa, no sería reina, sería la manceba tolerada en un rincón, el chiste de la corte, la vergüenza que se esconde. Ágata abrió la boca. La volvió a cerrar. Porque ante el rey, hasta las víboras más venenosas tragan su propio veneno y callan.

Leonor se quebró en llanto. El príncipe apretó los puños hasta clavarse las uñas. Ágata bajó la mirada, temblando de una furia que no podía soltar.

Y Cassidy, en su rincón, bebió cada gota de esa derrota sin mover una pestaña.

Perfecto. Ágata soñaba con un trono para su hija y se quedó con una barragana. Leonor quería una corona y va a ser la burla de todo el reino. El príncipe está libre, humillado y sin novia. Y yo, la gorda a la que nadie miraba, salgo de esta limpia, victimizada y sin una sola mancha en el nombre. Obra maestra. Debería firmarla.

Debió terminar ahí. Todo había salido mejor de lo que soñó.

Pero entonces el rey giró la cabeza. Y la miró a ella.

—Princesa Aurora. —Se puso de pie sin prisa—. Ponte de pie. Ven. Déjame verte bien.

Algo en la nuca de Cassidy se erizó antes de que su cabeza terminara de entender por qué. Se levantó. Dio un paso al frente.

El rey caminó hacia ella y empezó a rodearla. Despacio. Una vuelta entera, sin ninguna prisa, como se rodea a una yegua en una feria de ganado antes de comprarla. Y mientras la rodeaba, la miraba. No a la cara. La miraba entera, de arriba abajo, deteniéndose sin el menor pudor en el cuello, en el escote que el corsé alzaba, en la cintura nueva, en la curva de las caderas. No eran los ojos de un suegro. No eran los ojos de un rey pesando a una súbdita.

Eran los ojos de un hombre midiendo algo que ha decidido que quiere.

—La última vez que te tuve delante eras una niña flaca y asustada que se escondía detrás de las piernas de tu padre —dijo, y bajó la voz hasta volverla casi íntima, y eso fue lo peor de todo—. Parpadeo, y me apareces convertida en esto. —Se detuvo justo frente a ella, demasiado cerca, tanto que Cassidy sintió su aliento—. Qué desperdicio te iba a costar mi hijo. Un muchacho no sabría ni por dónde empezar con una mujer como tú.

El aire del salón se congeló.

Nadie dijo nada. Ágata, con toda su rabia, se quedó muda. Leonor tragó sus lágrimas. El príncipe miró a su padre sin entender del todo. Y el duque, del otro lado del salón, dio medio paso al frente, instintivo, antes de frenarse en seco.

—Su Majestad es muy amable —dijo Cassidy, con la vista clavada en el suelo, la voz temblorosa de doncella recatada, mientras por dentro todas y cada una de sus alarmas aullaban a la vez.

—Amable no. —El rey no se apartó—. Práctico. Anoche se rompió un compromiso, y mira lo que dejó libre: la mujer más interesante que ha pisado mi corte en años. Sería una torpeza no aprovecharlo.

Y entonces levantó la vista de ella. Pero no para mirar al vacío. Para clavarla, directa, del otro lado del salón, en los ojos del duque.

—Empiezo a pensar, mi buen amigo —dijo, sin dejar de mirar al padre mientras hablaba de la hija—, que tienes en casa un tesoro demasiado grande para gastarlo en un principito. Tu Aurora está hecha para algo mucho más alto. Un hombre en mi posición necesita al lado a una mujer difícil de doblegar. Difícil de matar. —Sonrió apenas—. Y esta, ya lo hemos comprobado dos veces, es endiabladamente difícil de matar.

No hizo falta que dijera la palabra. La dejó colgando en el aire, deliberada, para que cada persona de ese salón la completara sola. Reina. Lo dijo mirando al duque a los ojos, a propósito, para que fuera el padre —y no la hija— quien recibiera el golpe entero.

Y el duque lo recibió.

Cassidy vio cómo la cara de su padre —el mismo hombre que doce horas antes había querido decapitar a un príncipe— se le vaciaba de todo el color. No fue miedo. A los hombres como el duque el miedo se les gastó hace mucho en el frente. Fue algo peor. Fue la rabia sorda, impotente, de un padre que acaba de oír a su propio rey, al señor al que le juró lealtad hasta la muerte, poner los ojos encima de su hija delante de él, en su propia casa, y saber —en ese mismo instante— que no puede hacer absolutamente nada. Que a un príncipe desnudo se le amenaza con un cuchillo. Que al rey, no. Que a ese, uno le sonríe, le agradece y se lo traga.

La mano del duque bajó despacio, temblando de contenerse, hasta cerrarse alrededor de la empuñadura de su espada. Los nudillos se le pusieron blancos. Y se quedó así, rígido, mirando al rey y al príncipe con unos ojos que, de haber tenido permiso, habrían dejado dos coronas rodando por el suelo de su propio salón.

El rey lo vio. Claro que lo vio. Y lejos de incomodarse, la comisura de su boca se curvó apenas, divertida, como quien disfruta el momento exacto en que un perro fuerte descubre que la cadena es más corta que sus dientes.

Volvió a su silla robada, tranquilo, satisfecho de haber sembrado justo lo que vino a sembrar.

Cassidy seguía de pie en el centro, con la carita baja y la sonrisa dulce puesta, sintiendo todavía sobre la piel el peso de esos ojos claros. Y por primera vez desde que despertó en ese mundo de serpientes chicas, entendió que acababa de conocer a la serpiente grande. La que se come a las otras.

Vaya mierda, pensó, con el corazón helado y la cara de ángel intacta. Me maté semanas armando la jugada perfecta para escapar de un compromiso podrido. La ejecuté sin una falla. Gané en toda la línea, barrí la mesa. ¿Y cuál es el premio? Que el hombre más peligroso y más perro del continente me acaba de ascender de nuera descartada a futura reina, delante de mi padre, relamiéndose. De la sartén al fuego, Boone. Y este fuego, para colmo, lleva corona y sabe que arde.

 🌸 Mensaje del día 🌸

Mis hermosas lectoras... 🖤✨

Tengo una pregunta muy importante... 👀

¿Quieren maratón? 😈📚

Porque si la respuesta es SÍ, entonces necesito verlas súper activas. ¡Pero cuando digo activas, es MUY ACTIVAS! 😂🔥

Quiero un capítulo lleno de comentarios. Cuéntenme qué les está pareciendo la novela, cuál es su personaje favorito, qué escena las hizo gritar o llorar y, por supuesto... ¡quiero saber sus teorías! 😭💔

No sean lectoras fantasmas. 👻

Déjenme un ❤️, un comentario, un "aquí estoy", lo que sea. Me encanta leerlas y saber que están disfrutando la historia tanto como yo disfruto escribirla.

Si veo mucho movimiento y mucho apoyo... ya saben que puedo sorprenderlas con una maratón. 😏✨

Así que... ¡las quiero activas, muy activas! 💥

Las leo en los comentarios. Gracias por acompañarme en esta aventura y por darle tanto amor a mis novelas. Las quiero muchísimo. 💋🖤

1
Luz Angela Castillo Ramirez
😭😭
Sandra Chana
👏👏👏 chapeaux!
Margarita Acuña Cerda
Lo peor es el poder el rey hace lo que quiera ,ahítame este tiempo quien tenga poder hace lo mismo simi miremos al demonio de trump o los narcos 😔😔😔😔😔
Margarita Acuña Cerda
Y por favor hecha a las putizorras también 🤭🤭🤭3
Roxana Gardilcic
eres genial!! un nivela alucinante!!
Margarita Acuña Cerda
Oye autora es muy entretenida la novela me encanta🤣🤣🤣🤣🥰🥰🥰
Margarita Acuña Cerda
Jajaja que se quede con los 3 me gusta🥰🥰🥰🤭🤭😠
DAINADIE ZAMOR
Excelente historia 👍 👏🏽 🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
que bonito detalle de la cena preparada a la luz de las velas 😍❤️😍❤️😂
Maria Gonzalez Gonzalez
pinche necia que eres Cassidy 😡 caes gorda de verdad y no lo digo por tu físico, sino porque de verdad que la estás cagando con tus miedos, Cobarde 🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
vamos Cassidy, amar duele, pero si de verdad lo sientes no mata, al contrario te fortalece y te hace feliz ❤️🤔😂😍
Maria Gonzalez Gonzalez
por favor autora que no se muera Adriano, él no por favor 🙏🙏🙏🙏
Maria Gonzalez Gonzalez
🥹🥹😭😭😭😭
Margarita Acuña Cerda
Se ve bastante buena veremos como va la cosa🥰🥰🥰
Maria Gonzalez Gonzalez
pues si esos nobles solo luchan por su causa, lo demás no les interesa, son igua o peor que el usurpador solo que ellos no van a las guerras 😡
Maria Gonzalez Gonzalez
exelente actuación Aurora 🤔😃😂
Maria Gonzalez Gonzalez
el otro enemigo que tiene Aurora en el Castillo es el mayordomo mayor abusada Cassidy, ponte trucha 🤔😃
Maria Gonzalez Gonzalez
pues yo creo que lo que puede hacer es que el rey te corretee por toda la pieza de la alcoba cuando ya esté súper exitado con la medicina del médico brujo y así lo forzas más de lo debido y wuala se muere de verdad de un infarto fulminante porque no se pudo desahogar, como cuando los drogan y no se pueden liberar sexualmente 🤔😂😍😃
Maria Gonzalez Gonzalez
jajajaja jajajaja que cosas no??😂😂😂😂 aún no se inventa el viagra y ya tiene sus antecedentes primarios 😂😂😂😂🤔
Maria Gonzalez Gonzalez
esa Leonor no sabe con quién se meten 🤔😂😍😃
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