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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:56
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3. El esposo no funciona

Alejandro apretó los labios.

—¡Valeria, vuelve ahora mismo!

Ella soltó una risa.

—¿Y tengo que volver solo porque tú lo ordenas? ¡Ya nos estamos divorciando! Se acabó lo de consentirte.

—Te doy una oportunidad —replicó él entre dientes—. Cambia el motivo del divorcio.

—¿Acaso escribí algo que no fuera cierto? Despertaste hace medio año, Alejandro, y en todo ese tiempo ni siquiera me has tomado de la mano. Pasaste tres años en estado vegetativo. Todo lo demás funciona bien, pero tengo razones para pensar que tu función sexual quedó afectada. ¡No funcionas! Busca a un médico con experiencia que te revise. Mi mejor deseo de divorcio es que pronto recuperes tu virilidad.

Una vena le palpitó en la frente. ¡Aquella mujer se había vuelto insoportable!

—Valeria, tarde o temprano vas a saber de lo que soy capaz.

—Lo siento, pero ya no tendrás esa oportunidad.

—¡Valeria!

Ella colgó. Alejandro, que aún no había terminado de enfurecerse, se quedó escuchando el tono de la llamada cortada.

¡Valeria!

Valeria ya estaba en el departamento de su mejor amiga, Daniela Torres. En cuanto terminó la llamada, Dani soltó una carcajada y alzó el pulgar.

—¡Así se habla, Val! Seguro que ahora mismo Alejandro está que revienta.

Ella comprendía que lo había querido rebajándose demasiado. Por eso él se había acostumbrado a mirarla desde arriba. Antes de amar a otro, había que amarse a una misma. Sobre todo una mujer: nunca debía olvidarse de sí.

—Camila salió corriendo hace tres años, apenas supo que el accidente lo había dejado en estado vegetativo —continuó Dani—. Y él debe estar tan necesitado que despertó y volvió a buscarla. ¡Haces bien en divorciarte de un hombre así!

Valeria desenvolvió un caramelo de leche y se lo llevó a la boca. La dulzura parecía disimular un poco la amargura que llevaba dentro.

—Dani, supongo que esa es la diferencia entre que te amen y que no.

Quien se sabía amado no tenía nada que temer. Quien no lo era vivía con miedo de perderlo todo.

Dani miró la cantidad de caramelos que su amiga ya se había comido y la hizo ponerse de pie.

—Vamos, Val. Alégrate. Cuando dejas de aferrarte a un árbol, descubres que tienes todo un bosque. ¡Esta noche voy a contratar a ocho modelos masculinos para festejar tu soltería!

Valeria se llevó la mano a la frente, riéndose. Dani aprovechó para quitarle los anteojos negros y tirarlos a la basura.

—¡Mis anteojos! —Valeria intentó recuperarlos.

—Déjalos. Te la pasas investigando y te acostumbraste a llevarlos. Deberías aprender algo de Camila: arreglarte y dejar que se vea lo bonita que eres.

Valeria recordó las palabras de sus padres. Ella, el patito feo; Camila, el cisne. Probablemente no fueran los únicos que lo pensaban. Para Alejandro también debía de ser un patito feo.

Dani la llevó hacia la puerta.

—Nos vamos de compras. Cabello, uñas y ropa nueva, todo de una vez. ¡Quiero que Alejandro y los demás abran bien los ojos y vean lo hermosa que eres! —Entonces recordó algo—. Oye, ¿de verdad no vas a pedirle dinero por el divorcio?

—Tengo mi propio dinero.

—¿Y el suyo se lo dejas a Camila? Seguro que te lo agradece. —Valeria no supo qué responder—. ¿Dónde está la tarjeta que te dio?

Alejandro siempre había sido generoso con el dinero. Le había entregado una tarjeta negra con letras doradas, aunque ella nunca la había usado. Valeria la encontró dentro del bolso y parpadeó con picardía.

—Entonces hoy yo compro y el señor Montenegro paga.

Aquella noche, Club 1996 estaba como siempre: lleno de herederos y jóvenes de familias ricas que gastaban fortunas. Era uno de los lugares más caros de Puerto Azul. El DJ no paraba y la pista era un desenfreno.

En una zona de reservados, bajo la luz tenue, Alejandro ocupaba el lugar principal de un lujoso sofá. Vestía camisa y pantalón negros; llevaba las mangas dobladas dos veces, dejando a la vista los antebrazos firmes y un reloj de acero que valía decenas de millones de dólares. Su atractivo y su aire distinguido hacían que las mujeres del club volvieran a mirarlo una y otra vez.

Junto a él estaban su buen amigo Nicolás Salazar, heredero de los Salazar, y varios jóvenes de su mismo círculo.

—¿Qué dijiste, Alejandro? —Nicolás se echó a reír—. ¿Valeria quiere divorciarse de ti?

Los demás también se rieron.

—Todo el mundo sabe que está loca por él. ¡Hasta se ofreció a casarse cuando estaba en estado vegetativo! ¿Cómo va a querer dejarlo ahora?

—Apostemos cuántos días aguanta sin buscarlo.

—Yo digo que ni siquiera termina el día —aseguró Nicolás entre risas—. En un rato le manda un mensaje.

Alejandro tenía el gesto sombrío y las facciones tensas. Sacó el teléfono y abrió su conversación con Valeria en Conecta.

El último mensaje era de la noche anterior. Ella había enviado una foto de un tazón de caldo de huesos.

«Amor, aunque tu densidad ósea ya está normal, todavía debes tomar más caldo. Acuérdate de volver temprano».

Deslizó el dedo hacia arriba. Todos los mensajes eran de ella; le escribía a diario.

Él nunca había contestado. Ni una sola vez.

Ese día, en cambio, todo estaba en silencio. Valeria no le había enviado nada, y aquello lo tenía de mal humor.

Sonó una notificación.

—¿Ven? —exclamó Nicolás—. ¡Valeria ya le escribió!

El teléfono volvió a sonar varias veces seguidas. Los demás estallaron en carcajadas.

—Sabíamos que no iba a aguantar, pero no que le urgiera tanto.

—A ver, Alejandro, mira qué te puso —lo apremió Nicolás—. Seguro que está llorando para que vuelvan.

La expresión de Alejandro cambió apenas. ¿Le había escrito? Si iba a terminar así, ¿para qué había hecho tanto escándalo? Por la mañana había parecido tan orgullosa.

Abrió los mensajes y se quedó desconcertado. Nicolás leyó en voz alta:

—«Estimado cliente VVIP: se registró un consumo de 800 dólares en Estudio Prisma con su tarjeta terminada en 0975».

Los rostros se llenaron de desconcierto. Alejandro revisó los avisos anteriores: 2 000 dólares en Salón Estilo, 86 000 en Chanel, 240 000 en Louis Vuitton…

No había una sola súplica para reconciliarse. Solo notificaciones de compras.

Nadie dijo nada. Valeria acababa de darles una bofetada a todos sin estar allí, y la incomodidad era evidente.

Alejandro dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa, con el rostro endurecido. No le importaba cuánto hubiera gastado. Le enfurecía que, apenas había pedido el divorcio, ya se hubiera ido de compras. Aquella mujer… Muy bien. Estupendo.

La mujer que durante tres años se había aferrado a él y obedecido en todo acababa de mostrar los dientes.

—¿Qué le pasa, Alejandro? —preguntó Nicolás—. Ahora se arregla el cabello, se hace las uñas, compra ropa… ¿Estará intentando vestirse como Cami, tu futura esposa?

—Camila es la Rosa Roja de Puerto Azul. Valeria es una campesina sin modales. Por mucho que la imite, solo va a hacer el ridículo.

—Un cisne es un cisne, y un patito feo es un patito feo. Nunca va a convertirse en cisne.

Todos se burlaban de ella cuando un revuelo recorrió el club. Las miradas se concentraron en un mismo punto y alguien exclamó, maravillado:

—¡Miren! ¡Es una diosa!

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