El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
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El día en que resucitó.
Audiencia Provincial de Sevilla. Pasillo.
El beso dura tres segundos. Suficiente para que los flashes estallen. Suficiente para que el comisario Gómez le clave la rodilla en la espalda a Elena.
“Quieta”, dice Marco. No a ella. A Gómez. La voz es la misma.
La placa dice Inspector Ledesma, Unidad de Asuntos Internos. La cicatriz de la ceja es la misma. El muerto que enterró hace diez años le está apretando las esposas.
Elena escupe sangre. Se mordió por dentro. “¿Se puede saber qué coño…?”
“Después”, corta Marco. “Ahora corre”.
Porque los tiros empiezan ya.
Primero uno. Seco. Revienta un ventanal. Cristales, gritos, gente al suelo. El segundo le roza el chaleco a Marco. Viene de arriba. Del techo técnico.
Tirador, grita Gómez. ¡Evacuación!
Marco empuja a Elena contra el mármol. Le quita sus esposas con su llave.
Le pone las de él. Confía.
¿En ti?, dice ella. Te enterré, Marco.
“Mal”, responde él. Y la arrastra.
Elkos salen por las escalera de incendios.
Bajan de tres en tres. Tacones fuera. Elena corre descalza, traje de 2.000 euros roto por la rodilla.
¿Quién dispara?, jadea.
Los mismos que quemaron mi coche hace diez años, dice Marco sin mirar atrás. Varela no murió solo. Tenía socios. Y tú firmaste un pagaré que vale 800.000 euros.
¡Yo no firmé nada!
Tu padre sí. Con tu letra. Ahora lo quieren cobrar.
Otra ráfaga. El cemento de la pared escupe polvo. Marco la tira al suelo y se le echa encima. Huele a sudor, a pólvora y a perfume suave de policía. No al Marco del furgón. A otro. Peor.
¿Desde cuándo eres policía?, le susurra ella en la oreja.
Desde que me mataste, le susurra él. Asuntos Internos me dio una tumba y un nombre nuevo.
A cambio de Varela entero. Tú eras el cebo.
Elena le clava la rodilla donde más duele. Él se ahoga, pero no la suelta. Cabrón, me duele.
Abogada, dice él. Sin soltarla.
Suena la alarma del coche de Marco. Un Seat León camuflado. Gris. Abollado. La mete dentro de un empujón.
¿A dónde?, pregunta ella, con las muñecas aún esposadas delante.
Lejos de las cámaras. Arranca. Quema rueda.
La radio policial escupe: Inspector Ledesma no autorizado para detención. Repito, no autorizado. Sospechoso armado. Proceda.
Elena se ríe. Es nerviosa. Es histérica.
Ahora vamos los dos esposados. Qué romántico.
Marco no se ríe. Saca su pistola y le quita el seguro. Agáchate.
El parabrisas trasero estalla. Un SUV negro se les pega. Sin matrícula. Dos tipos con pasamontañas. El copiloto saca un subfusil.
Marco da un volantazo y se mete en dirección contraria por la salida. Coches pitando. Un golpe seco. El retrovisor sale volando.
¡Sujétate!
¡Estoy esposada, imbécil!
Marco dispara con la izquierda sin mirar. Tres tiros. Uno da en el faro del SUV. No basta.
Elena ve la guantera. ¿Hay llave?
En mi bolsillo”.
Se gira como puede. Mete la mano esposada en la chaqueta de Marco. Roza su pecho. Duros, los músculos. Duro, el corazón. Saca una llavecita. Le tiemblan los dedos.
Date prisa.
Cállate y conduce.
Click. Esposas fuera. Elena se frota las muñecas. Rojos. Como él hace diez años.
El SUV les embiste por detrás. Chocan contra una columna. Airbags. Humo.
Marco sale primero. Sangra de la ceja. La misma cicatriz, abierta otra vez. Poético.
Elena sale por su lado. Descalza, pisa cristal. No grita.
Los del SUV bajan. Uno cojea. El otro recarga.
Marco le tira su otra pistola a Elena. Una Glock 19. ¿Sabes usarla?
Soy de oficio, no inútil. Le quita el seguro como si llevara toda la vida. Apunta.
Dos contra dos. Parking vacío. Eco. Olor a gasolina.
Elena Duarte, dice el cojo. Voz de Cádiz. El pagaré. O el cuerpo.
Elena se pone al lado de Marco. Hombro con hombro. Diez años después.
Mismo bando.
Mismo infierno.
No tengo el pagaré, grita. Lo tenía mi padre. Y está muerto.
Pues desentiérralo, o te envío con él. Le dice el otro, y dispara.
Marco empuja a Elena detrás de una columna. La bala le da a él en el chaleco. Lo tira al suelo sin aire.
Elena no piensa. Sale. Apunta. Dispara. Una, dos, tres veces. Al cojo, en el muslo. Cae aullando.
El otro apunta a Elena. A la cabeza.
Y Marco, desde el suelo, sin aire, dispara. Le da en el pecho. Chaleco también. Pero el tipo cae de trasero, aturdido.
Sirenas. Por fin.
Marco tose. Se levanta como puede. Le sangra la boca. Mira a Elena. Ella sigue con la Glock en alto. Le apunta al compañero caído. No tiembla.
Ledesma, dice por la radio, escupiendo sangre. Dos sospechosos reducidos.
Parking -2.
Necesito una ambulancia.
Y una orden de protección para mi mujer.
Elena baja el arma despacio. No soy tu mujer.
Acta dice que sí, dice él, apoyándose en la columna.
Y ahora también dice que te acabo de salvar el cuello. Otra vez.
Hospital Virgen del Rocío. Pasillo de Urgencias.
A Marco le dan siete puntos en la ceja. Exacto sobre la cicatriz vieja. A Elena le sacan cristal del pie. No llora.
Un policía custodia la puerta. Gómez entra sin llamar.
Bonito show, Ledesma. ¿Se puede saber por qué besas a tu detenida?
Porque si, es mi mujer, no puedo testificar contra ella, dice Marco, tumbado. Y si no puedo testificar, no rompo la cobertura. Y si no rompo la cobertura, atrapamos a quien mató a Varela de verdad.
Gómez mira a Elena. ¿Tú qué dices, letrada?
Elena se mira las manos. Huelen a pólvora. Hace diez años olían a juzgado.
Digo que quiero un abogado, responde. Y que mi marido me debe diez años de explicaciones.
Marco sonríe. Por primera vez en el capítulo. Le sale torcida por los puntos. Trato hecho.
Se miran. Sin cristales ni furgones. Con sangre y sirenas. Y el mismo trato en los ojos: te cubro si me cubres.
Solo que ahora, después de los tiros, el beso ya no sabe a mentira.
Sabe a peligro.
Y Elena, que siempre fue lista, sabe que el peligro engancha más que cualquier verdad. Aunque ya tiene formulada sus preguntas para con Marco y su ausencia de diez años.