Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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capitulo 8
Mientras caminaban de la mano por las calles, Ogur intentaba animarla, mirándola de reojo. Con paso firme pero pausado, guió a la pequeña Zerimar a través del sendero que conducía hacia la costa. A lo lejos, el sonido arrullador de las olas rompía contra la arena, tiñendo el ambiente de una profunda melancolía.
Finalmente, llegaron al lugar. Allí, sentado frente a la inmensidad del océano, se encontraba Borans. Tenía la mirada perdida en el horizonte, completamente sumido en sus propios pensamientos y con el peso del mundo sobre sus hombros.
Ogur se detuvo, soltó con suavidad la manita de la niña y, señalando hacia el frente, le susurró con voz baja:
—Allí está tu papá. Anda, habla con él.
Zerimar asintió en silencio. Con el corazón latiéndole de prisa, caminó con cautela sobre la arena para no hacer ruido, aproximándose hasta quedar justo frente a él. Borans no se movió de inmediato, pero sintió su presencia.
La pequeña lo miró directamente a los ojos, con una mezcla de angustia y valentía; luego, con manos temblorosas pero decididas, comenzó a revisarlo por todas partes para asegurarse de que estuviera bien tras el fuerte golpe que había recibido antes.
Al darse cuenta de lo que hacía, Borans apartó la mirada con dureza y, tratando de ocultar su vulnerabilidad, le dijo con frialdad:
—Te dije que te fueras.
Zerimar no se dejó intimidar por su tono tosco. En lugar de alejarse, se sentó en la arena justo al lado de él y, con una madurez desgarradora, le preguntó:
—¿Qué se supone que haré yo sola? Solo soy una pequeña.
Borans la volteó a ver de golpe. Al contemplar su pequeño rostro, sintió una punzada de culpa en el pecho, pero insistió en alejarla por su propio bien:
—No te preocupes, eres la persona más lista del mundo, además puedes cuidarte sola. ¿No ves que no puedo hacerme cargo de ti? Ve a un orfanato, allí encontrarás mejores oportunidades.
—No quiero —respondió ella de inmediato, cruzándose de brazos con firmeza.
Borans la observó durante unos largos segundos, respirando con dificultad. El dolor en su alma era evidente. Con voz ronca, sentenció:
—Te daré un consejo: sálvate antes de que sea muy tarde, o terminarás como yo.
La pequeña Zerimar lo miró con absoluta determinación y contestó:
—No me iré, me quedaré contigo.
Borans la miró desconcertado, sin comprender tanta lealtad.
—¿Por qué? ¿Qué ganas con eso? —le cuestionó, buscando una lógica que no existía.
La pequeña fijó sus grandes ojos en él, bajó un poco la voz y le dijo con total honestidad:
—No lo sé... pero eres mi papá. Bien, veamos... no tienes muchas cualidades, pero al menos eres mi papá. No tenemos casa, ¿pero qué importancia tiene eso? Encontraremos un lugar donde estar, así será.
Borans sintió un nudo en la garganta. La inocencia de la niña desarmaba cualquier escudo que él intentara ponerse. Conmocionado, le recordó sus propios errores del pasado reciente:
—Pero acabo de regañarte y de gritarte...
Zerimar esbozó una pequeña y tierna sonrisa de resignación.
—Yo también te regañé y te dije cosas feas. Son cosas que pasan entre papá e hija... o eso creo.
Borans se quedó completamente sin palabras, mirándola fijamente, impactado por la pureza de su perdón. Incapaz de procesar tantas emociones juntas en ese instante, se puso de pie abruptamente y comenzó a caminar, alejándose a pasos rápidos.
Zerimar vio cómo se marchaba y el desánimo la invadió. Se quedó sentada en la arena, agachando la cabeza con una profunda tristeza, pensando que lo había perdido para siempre. El silencio de la playa se volvió abrumador por un momento.
De repente, a unos cuantos metros de distancia, se escuchó un ruido agudo, como un silbido familiar. Zerimar levantó la mirada de golpe. Borans se había detenido y la observaba desde lejos.
—¿Por qué sigues ahí? Anda, vámonos —le gritó él, con su habitual tono tosco pero con un brillo diferente en los ojos.
El corazón de la niña dio un vuelco de alegría. Se levantó rápidamente, sacudiéndose la arena de la ropa, y le preguntó con curiosidad:
—¿A dónde?
Borans desvió la mirada hacia la lejanía del camino, contemplando el incierto futuro que les esperaba.
—No lo sé, no tengo idea —admitió con franqueza. Luego, giró el rostro nuevamente hacia ella, mostrando por primera vez una pizca de genuina aceptación—. A encontrar un lugar para los dos.
Al escuchar aquellas palabras, una enorme felicidad iluminó el rostro de la pequeña Zerimar. Sin pensarlo dos veces, corrió con entusiasmo hacia él, lista para empezar su nueva vida juntos.