Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 9
Capítulo 9: La rutina del encierro
La segunda tendría que ser mejor.
Santiago repitió esa frase durante tres días, sin escribirla, sin decirla en voz alta, sin dejar que se le asomara demasiado en la cara.
El primer día después de la fuga, León no fue a la oficina.
Se quedó en la casa como si su presencia pudiera convertir el encierro en cuidado. Entró a la habitación con desayuno, medicinas y un médico que revisó el tobillo de Santiago bajo una tensión insoportable. El médico no preguntó por qué el paciente estaba encerrado. No preguntó por qué había un guardia en el pasillo. Solo dijo que no había fractura, recomendó reposo y salió con la misma prisa con la que había llegado.
Santiago aprendió otra cosa: el dinero también compraba silencios.
—Tienes que tomar esto para la inflamación —dijo León, dejando dos pastillas sobre la mesa.
—No quiero nada.
—No es una opción.
Santiago levantó la vista desde la cama.
—¿También vas a obligarme a tragar?
León se quedó quieto.
—No.
—Entonces sí es una opción.
No tomó las pastillas hasta que el dolor del tobillo le subió por la pierna y le nubló la vista. Lo hizo cuando León no estaba mirando. No por obediencia, se dijo. Por estrategia. Necesitaba caminar.
El segundo día, León volvió a Grupo Villanueva.
Salió a las siete y media de la mañana. Santiago lo oyó desde la habitación: pasos en el pasillo, una llamada breve, la voz de Don Tomás diciendo "sí, señor", la puerta principal, el motor de la camioneta.
No se levantó de inmediato.
Esperó.
Contó hasta quinientos, como la vez anterior.
Luego hasta mil.
El guardia seguía en el pasillo.
Cuando Santiago abrió la puerta, el hombre estaba sentado frente a la pared, con un celular en la mano. Se puso de pie al verlo.
—¿Necesita algo, joven?
—Caminar.
—Don Tomás puede acompañarlo al jardín después del desayuno.
Santiago miró la escalera.
—Puedo caminar solo.
—No tengo autorización.
Autorización.
La palabra se le clavó como una astilla.
—Claro —dijo Santiago—. No vaya a ser que use mis piernas sin permiso.
El guardia no respondió.
Diez minutos después, Don Tomás llegó con una charola. Atole, fruta, huevos, pan tostado. Comida de hotel, servida con una culpa tan pulcra que daban ganas de tirar el plato al suelo.
—Debe comer —dijo.
—¿También es orden de León?
—Es recomendación del médico.
—El médico que no preguntó nada.
Don Tomás dejó la charola sobre la mesa.
—Hay personas que prefieren conservar su trabajo.
Santiago lo miró con atención.
Era la primera frase honesta que escuchaba de él.
—¿Y usted?
Don Tomás tardó en responder.
—Yo llevo muchos años en esta casa.
—Eso no contesta mi pregunta.
—No.
No dijo más.
Santiago no insistió. Don Tomás no era un aliado. Todavía no. Pero tampoco era una pared completa. Las paredes no se cansaban. Don Tomás sí.
Ese día le permitieron caminar veinte minutos por el jardín. Don Tomás iba a tres pasos de distancia. El guardia esperaba junto a la puerta de cristal. Las cámaras seguían su movimiento con pequeños giros mecánicos.
Santiago caminó despacio por culpa del tobillo.
Miró rápido por decisión.
Había dos guardias durante el día: uno en la entrada principal, otro en el pasillo de la segunda planta. A las dos de la tarde cambiaban turno. El relevo tardaba poco, pero no era perfecto. Durante unos minutos, el hombre nuevo hablaba con Don Tomás cerca de la cocina y el pasillo quedaba vacío.
La puerta de servicio seguía cerrada.
El sensor tenía una luz roja fija.
El portón principal se abría con control remoto desde una caseta pequeña junto al camino de entrada.
Santiago guardó cada detalle.
Por la noche, León regresó con una bolsa de una librería.
—Te traje esto.
Dejó tres libros sobre la mesa, todos de autores que Santiago había mencionado alguna vez.
El gesto le apretó el pecho de rabia.
—No puedes comprarme una biblioteca y llamarlo libertad.
León se sentó frente a él.
—No intento comprar nada.
—Entonces déjame llamar a Diego.
La expresión de León se cerró.
—No.
—Necesita saber que estoy vivo.
—Sabe que estás ocupado.
Santiago se puso de pie demasiado rápido y el tobillo le lanzó una punzada.
—¿Qué le dijiste?
León también se levantó, pero no se acercó.
—Que necesitabas tiempo. Que estabas bien.
—Mentiste en mi nombre.
—Evité que se preocupara.
—No. Evitaste que me buscara.
León no contestó.
La rabia le calentó las manos a Santiago.
—¿Qué vas a hacer cuando vaya a la policía?
—No lo hará.
—No lo conoces.
—Lo suficiente.
Esa respuesta confirmó otra cosa: León ya había investigado a Diego más de lo que decía.
Santiago no gritó. Guardó la rabia donde pudiera usarla después.
El tercer día empezó a comportarse mejor.
Comió la mitad del desayuno. Aceptó las medicinas sin discutir. Pidió caminar por el jardín con voz plana. No golpeó la puerta. No exigió su celular cada hora. Dejó que Don Tomás creyera que el cansancio empezaba a ganar.
En realidad, contaba.
Siete treinta: León salía.
Ocho: Don Tomás llevaba desayuno.
Nueve cuarenta: el guardia del pasillo recibía café.
Doce: limpieza en la planta baja.
Dos: cambio de turno.
Dos diez: Don Tomás firmaba la recepción de despensa en la cocina.
Dos quince: durante cinco minutos, el pasillo quedaba vacío y la puerta lateral de la lavandería se abría para meter cajas.
El detalle no salió de una sola mirada. Lo confirmó dos veces: primero fingiendo que se le caía un vaso cerca de la escalera, luego pidiendo agua justo cuando Don Tomás firmaba la lista de despensa. El guardia nuevo siempre bajaba la vista al celular al escuchar el camión.
Cinco minutos.
No era suficiente para escapar del terreno si iba cojeando.
Pero sí podía ser suficiente para llegar a la caseta del control del portón.
Santiago esperó junto a la ventana, la mano vendada apoyada contra el vidrio. Afuera, un jardinero empujaba una carretilla hacia la parte lateral de la casa. Don Tomás caminó detrás de él con una libreta. El guardia nuevo bajó la mirada al celular.
Todo encajó durante un instante mínimo.
La casa, tan perfecta, tenía una respiración.
Y en esa respiración había un hueco.