Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.
Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.
Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.
Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.
Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.
Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.
En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?
*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*
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Capítulo 9
Capítulo 9
El espejo oscuro
El Club Miravalle ocupaba una casona colonial de tres pisos en la calle más cara de la zona norte. Sin letrero, sin ventanas a la calle, solo una puerta de cantera con una placa de bronce que decía "Fundado en 1923." Renata había pasado frente a ese edificio cientos de veces sin saber qué había adentro. Ahora lo sabía: adentro estaba el verdadero poder de Miravalle.
Dante la había avisado con dos días de anticipación. Un mensajero había dejado en la recepción de la Universidad Nacional una caja con un vestido azul oscuro, sobrio, de corte largo, y un par de zapatos planos de piel negra. No tacones. Planos. Renata se quedó mirando los zapatos un momento largo: Dante se había dado cuenta de que no estaba cómoda con los tacones del lunes pasado en El Olvido. No sabía si sentirse agradecida o vigilada. Probablemente ambas cosas.
La cena era un evento trimestral para los miembros del Club: empresarios, políticos, un juez, dos generales retirados, el dueño del periódico local. Renata contó dieciséis personas en el salón principal, sentadas en una mesa ovalada bajo un candelabro de cristal que probablemente costaba más que su departamento. Ella era la única que no tenía apellido compuesto ni chófer esperando afuera.
Dante la presentó igual que en El Olvido: su nombre, su profesión, sin adjetivos posesivos. Renata agradeció eso con un asentimiento breve que él probablemente no necesitaba.
La cena fue larga. Un inversor portugués necesitaba comunicarse con los socios mexicanos y el inglés de ambas partes era insuficiente. Renata se ofreció a mediar: hablaba portugués con acento brasileño, no lusitano, pero bastó. Durante cuarenta minutos fue el puente entre dos mundos que no se entendían, eligiendo las palabras con la precisión de una cirujana, y cuando el portugués finalmente asintió y estrechó la mano de su contraparte, miró a Renata con el agradecimiento genuino de un hombre al que le acababan de salvar un negocio.
Dante la observó todo el tiempo. No interrumpió, no corrigió, no se atribuyó el mérito. Solo observó, con esa quietud suya que no era pasividad sino cálculo. Cuando el portugués se fue a servirse coñac, Dante se inclinó hacia Renata y dijo, tan bajo que solo ella pudo oírlo:
—Tiene un don, Profesora. No lo desperdicie en gente que no lo merece.
Renata no supo si era un cumplido o una advertencia.
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Durante el receso de sobremesa, los invitados se dispersaron entre el salón y el jardín interior. Renata aprovechó para ir al baño y, de regreso, tomó un desvío por el pasillo que conectaba con la sala de juntas. Las paredes estaban cubiertas de fotografías enmarcadas en madera oscura: los presidentes del Club a lo largo de las décadas, inauguraciones, eventos benéficos, fotos de grupo.
Se detuvo frente a una que le aceleró el pulso.
La foto tenía diez años. Mostraba al Consejo Directivo del Club posando en el jardín: hombres en traje y mujeres en vestido de coctel, organizados en dos filas. En la primera fila, al centro, un hombre de cabello plateado y mirada penetrante que Renata reconoció por las notas de prensa: Don Aurelio Montero Ferrara, más joven, sin bastón, con la sonrisa congelada de quien sonríe por protocolo. A su lado, un joven de veintipocos años. La placa debajo de la foto decía: "Don Aurelio Montero F. y su nieto Dante Montero V."
Renata se acercó. El joven de la foto tenía el pelo corto, la mandíbula más suave que el Dante actual, la nariz ligeramente más ancha. Podían ser los cambios normales entre los veinte y los treinta años. O podían ser los cambios entre una cara y otra.
Lo que no podía ver —la foto era demasiado pequeña y el ángulo equivocado— era si el joven de la foto tenía un lunar en el lóbulo izquierdo.
—¿Sabes qué es lo más interesante de mi primo, Profesora?
Renata se giró. Marcos estaba detrás de ella, copa en mano, recargado en el marco de la puerta con la despreocupación estudiada de quien lleva toda la vida aprendiendo a parecer casual.
—No tengo el gusto de conocerlo tanto —respondió Renata.
—Lo más interesante —continuó Marcos, como si ella no hubiera hablado— es que no siempre fue mi primo.
El silencio duró dos latidos. Marcos la miraba con los ojos brillantes de un jugador que acaba de poner una carta boca arriba.
—No sé a qué se refiere —dijo Renata. La voz le salió neutral. Por dentro, las manos le sudaban.
Marcos se encogió de hombros, dio un trago largo a su copa y se alejó por el pasillo silbando algo que sonaba vagamente a una ranchera.
Renata esperó a que desapareciera. Sacó el celular e hizo una foto de la fotografía del Consejo Directivo. Después volvió al salón como si nada hubiera pasado.
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Dante la llevó de regreso en su auto. No era la camioneta de Joaquín sino un sedán negro con interiores de cuero que olían a nuevo. Joaquín conducía. Santos iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana con la indiferencia profesional de un hombre que ha visto tantas calles de noche que todas le parecen la misma.
Renata iba detrás, junto a Dante. El espacio entre ellos era de treinta centímetros pero se sentía como un campo minado.
Llevaban cinco minutos en silencio cuando Dante habló sin girar la cabeza:
—¿Qué te dijo Marcos?
—Nada que me interese.
Dante giró la cabeza. En la oscuridad del auto, sus ojos captaban la luz de los faroles que pasaban como destellos intermitentes. Ambar. Negro. Ambar. Negro.
—Mi primo habla mucho —dijo—. Pero no sabe nada. Recuérdalo.
La frase aterrizó entre ellos con el peso de una piedra en un estanque quieto. No era una aclaración. Era una advertencia. O una súplica disfrazada de amenaza. Renata no sabía cuál de las dos posibilidades la asustaba más.
—Lo recordaré —dijo.
El resto del camino fue silencio.
Cuando llegaron a su edificio, Joaquín le abrió la puerta y ella bajó sin despedirse. Subió las escaleras hasta el tercer piso con los zapatos en la mano para no despertar a los vecinos, abrió la puerta con cuidado y se aseguró de que Andrés estuviera dormido. Lo estaba: boca arriba en el sillón, con la televisión encendida en mute y un plato de cereal en la mesita. Renata cerró la puerta del baño y se recargó contra ella.
Sacó el celular. Abrió la foto del Consejo Directivo. La amplió hasta que el rostro del joven "Dante" ocupó toda la pantalla.
Después abrió la foto del periódico que había tomado en el Archivo Municipal. El hombre esposado. Nico Bravo.
Dos caras. Parecidas pero no iguales. Como un original y una copia hecha por un artista que casi —pero no del todo— replicó cada línea.
Y entonces recordó lo que Marcos había dicho: "No siempre fue mi primo."
Marcos sabía algo. La pregunta era cuánto. Y la pregunta más peligrosa era si Marcos se lo había dicho a Dante, o si lo estaba guardando como una bala para dispararla en el momento que más le conviniera.
Renata guardó el celular y fue a la recámara. Se cambió en silencio, colgó el vestido azul en el fondo del clóset —detrás de sus blusas de trabajo, donde Andrés no buscaría— y se metió en la cama.
Estaba a punto de cerrar los ojos cuando la pantalla del teléfono se encendió sobre la mesita de noche. Un mensaje sin remitente visible — una foto que ella no había tomado. El ángulo mostraba un jardín, visto desde algún punto alto. En el centro del encuadre, de espaldas, una mujer con vestido azul oscuro miraba una pared de fotografías.
Ella misma. En el pasillo del Club. Hace menos de una hora.
Alguien la había estado observando.