Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
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Juego De Máscaras
El día transcurrió entre llamadas urgentes, reuniones y revisión de documentos. Kae y Augus trabajaron codo con codo, analizando cada nombre en la lista de socios de Hale, cada movimiento sospechoso. Frente a empleados y asesores, mantuvieron la imagen perfecta: ella sonriendo levemente a su lado, él con una mano reposada sobre su espalda, gestos calculados que parecían naturales. Pero en el fondo, la electricidad entre ellos no desaparecía; cada roce accidental, cada mirada cruzada, encendía una chispa que ninguno quería reconocer del todo
al caer la noche, quedaron solos en el despacho. Las luces suaves creaban sombras largas en las paredes, y el silencio se sentía más pesado que de costumbre. Kae cerró la carpeta con un golpe seco y se recostó en el respaldo del sillón, cruzando los brazos.
—Hay demasiados nombres —dijo ella—. No podemos estar en todos lados al mismo tiempo. Nos están rodeando.
—Lo saben —respondió Augus, de pie frente a la ventana—. Su estrategia es clara: presionarnos hasta que uno de nosotros cometa un error. O hasta que la desconfianza sea más fuerte que la necesidad de sobrevivir.
Se giró y la miró directamente. Había algo en su expresión, una mezcla de advertencia y desafío.
—Esperan que en cualquier momento te levantes y me claves un cuchillo por la espalda. O que yo haga lo mismo contigo.
—¿Y tú crees que lo haré? —preguntó ella, alzando la barbilla.
—Creo que ambos hemos entrenado para no dudar —respondió él, acercándose despacio—. Pero también creo que hay algo que nos detiene. Algo que no entendemos bien todavía.
Kae se puso de pie. La distancia entre ellos se redujo de nuevo, igual que tantas veces antes. El aire se volvió espeso, cargado con esa mezcla de peligro y atracción que se volvía cada vez más difícil de ignorar.
—No hay nada que entender —dijo ella, aunque su voz no sonó tan segura como quería—. Esto sigue siendo una alianza por conveniencia. Nada más.
—¿Seguro? —Augus dio un paso más, hasta quedar muy cerca—. Entonces ¿por qué anoche no me mataste cuando tuviste la oportunidad? ¿Por qué hoy no te apartaste cuando estábamos en el suelo?
Ella sintió cómo el calor subía por su cuello. Era verdad, y la verdad le resultaba incómoda. Durante años había vivido sin permitir que nadie se acercara, sin dejar que nada le importara lo suficiente para ser una debilidad. Pero con él… todo era diferente.
—Quizás me divierte tener un rival a mi altura —respondió con frialdad, aunque sus ojos lo delataban.
Augus esbozó una sonrisa, esa sonrisa peligrosa que la hacía sentir viva y alerta al mismo tiempo. Levantó una mano con lentitud, como si esperara que ella se apartara, y con la yema de los dedos rozó su mejilla con suavidad inesperada.
—Mientes —susurró él—. Y yo también.
El tacto de su piel le provocó un estremecimiento que no pudo ocultar. Por un instante, el mundo exterior desapareció: los enemigos, el pasado, la venganza… todo se desvaneció, dejando solo la sensación de su cercanía, el latido acelerado de ambos, la certeza de que eran dos almas oscuras que por fin habían encontrado a alguien que las entendía.
—Esto es peligroso —murmuró ella, sin apartarse.
—Lo sé —respondió él—. Pero ¿cuándo hemos buscado lo seguro?
Estaban a punto de acercarse más, cuando de repente las luces de toda la mansión se apagaron por completo. Un silencio absoluto cayó sobre el lugar, roto solo por el sonido de cristales rompiéndose en la planta baja.
Ambos reaccionaron al instante. El momento de cercanía se disolvió en adrenalina y alerta. Kae sacó dos cuchillos ocultos en su ropa; Augus se movió hacia la puerta, escuchando los pasos rápidos y sigilosos que se acercaban.
—Vienen por nosotros —dijo ella en voz baja
—Es la distracción perfecta —respondió él—. Mientras creen que estamos desorientados, nos atacarán.
Avanzaron por el pasillo en la oscuridad, guiándose solo por el sonido y la memoria del lugar. No caminaban uno al lado del otro, sino en formación: uno cubría el frente, el otro la espalda, moviéndose con la coordinación de quienes ya habían luchado juntos antes.
Al llegar al vestíbulo, vieron sombras moviéndose entre los muebles. Había al menos seis hombres, todos armados con armas cortas y linternas apagadas.
—¡Allí están! —gritó uno al detectar su movimiento.
El ataque comenzó de inmediato. Kae se lanzó hacia un lado, esquivando un golpe, y lanzó su primer cuchillo con precisión, clavándolo en el brazo del atacante más cercano. Al mismo tiempo, Augus se abalanzó sobre otro, desarmándolo con un movimiento rápido y lanzándolo contra una columna.
La pelea fue feroz y silenciosa. En la penumbra, cada sombra era una amenaza, pero ellos se movían con una confianza extraña. Kae aprovechaba su agilidad para desorientar a los hombres, mientras Augus usaba su fuerza para neutralizarlos. En varias ocasiones, uno cubría el punto ciego del otro sin que hiciera falta pedirlo, como si compartieran el mismo instinto.
—¡Ríndanse! —gritó el líder de los intrusos—. ¡No tienen salida!
—Eso es lo que creen —respondió Augus con frialdad.
En ese momento, uno de los atacantes consiguió rodear a Kae por detrás y le presionó un arma contra la espalda.
—¡No te muevas! —amenazó.
Augus se detuvo en seco, listo para lanzarse, pero sin poder actuar sin ponerla en riesgo. Kae no se inmutó. Con un movimiento rápido y calculado, golpeó el brazo del hombre con el codo, giró y clavó la punta de su segundo cuchillo en su hombro, haciéndolo caer de rodillas.
—Nunca me des la espalda —dijo ella con voz fría.
En cuestión de minutos, todos los intrusos estaban en el suelo, inconscientes o heridos. Las luces de emergencia se encendieron lentamente, iluminando el desorden. Kae y Augus se quedaron de pie, respirando con dificultad, con algunas heridas leves y la ropa desordenada.
Se miraron. La adrenalina seguía corriendo por sus venas, pero también había algo más: la confirmación de que, incluso bajo ataque, no se habían traicionado. No habían aprovechado el caos para atacarse el uno al otro.
—Ves —dijo Augus, acercándose de nuevo—. Esa es la verdad. Cuando el peligro es real, no vemos al enemigo en el otro.
Kae guardó su último cuchillo, limpiando la hoja con un paño. Sabía que tenía razón, pero aceptarlo significaba derribar la última barrera que quedaba.
—No te confundas —respondió, aunque su tono era menos severo—. Esto no cambia el pasado.
—No —coincidió él—. Pero cambia el presente. Y el futuro… bueno, el futuro aún no está escrito.
Sonó el timbre de la puerta principal: eran los refuerzos que habían pedido antes. Ambos se enderezaron, recuperando su compostura en segundos, listos para volver a ser la pareja firme y unida frente a los demás. Pero mientras caminaban hacia la entrada, sus miradas se cruzaron una vez más, y ambos supieron que el juego había cambiado para siempre. Ya no se trataba solo de venganza. Ahora, había algo mucho más fuerte en juego.