Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
NovelToon tiene autorización de Jairy Erismar Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 22
Mientras Seinec regresaba a casa con la pequeña Zerimar, la atmósfera en la ciudad se volvía cada vez más pesada. En un bar apartado, Borans y Ogur llegaron buscando a Semal. Apenas Borans preguntó por él al dueño, su vista se clavó en una figura al fondo: allí estaba Semal. Al escuchar su nombre, el hombre se levantó lentamente y se acercó con una mirada cargada de resentimiento.
—Vaya, hasta que por fin apareciste —dijo Semal, deteniéndose frente a ellos.
La tensión era palpable. El mesero, incómodo, intervino rápidamente:
—Por favor, resuelvan sus problemas afuera. No hagan una escena aquí.
Ambos accedieron y salieron a la calle.
Borans, tratando de mantener la compostura, rompió el hielo:
—Te felicito, te ves bien.
—Estoy bien —respondió Semal con ironía—. ¿Cómo no estarlo después de pasar ocho años de "vacaciones"?
—¿Por qué me buscas? —preguntó Borans directamente.
—Bueno, no es porque te extrañe demasiado
—replicó él.
Ogur intentó intervenir, pero fue cortado en seco:
—¡Silencio, Ogur!
—¡Cálmate, no grites! —ordenó Borans.
Semal soltó una risa amarga:
—¿Qué dices? Deberías agradecer que no te disparé aquí mismo. La policía me tenía acorralado y no sabía qué hacer... ¿y qué hiciste tú? ¡Huiste! Se suponía que éramos como hermanos, inseparables. ¿Dónde quedó esa amistad?
—No digas eso —protestó Ogur—. ¿Cuándo has visto a un ladrón acercarse a la cárcel voluntariamente? Hay reglas, y la primera es escapar apenas veas a la policía cerca.
—¡O terminarás ocho años en prisión! —exclamó Semal, fulminándolos con la mirada—. En ocho años, ni siquiera me visitaron. Son crueles.
Borans intentó defenderse:
—No digas eso, ¿por qué íbamos a querer que te atraparan?
—¡No mientas! —bramó Semal—. Ya no somos amigos. Pagarás tu deuda.
—¿De qué deuda estás hablando? —preguntó Ogur, desconcertado.
—Los nueve millones que me tocaban por ese trabajo —respondió Semal.
Borans y Ogur no pudieron evitar reírse ante tal descaro.
—¿No crees que estás siendo ridículo? —dijo Ogur—. Nadie obtuvo nada de ese trabajo.
—Con intereses, son sesenta millones —sentenció Semal.
—No tenemos tanto dinero —respondió Borans, serio.
—Tienes una semana para conseguirlo.
Borans se acercó, desafiante:
—¿Y si no lo consigo, qué?
—Entonces seré una espina en el costado para ti y para tus seres queridos. Voy a destruir tu vida; ya me conoces, Borans, sabes de lo que soy capaz. Tienes una semana.
Sin decir más, Semal dio media vuelta y se marchó, dejando a los dos hombres solos Ogur miró a Borans con preocupación:
—¿Ves? Te lo dije... Te dije que no vinieras. Está buscando venganza.
Seinec y la pequeña Zerimar llegaron a casa tras una tarde agotadora. Nada más entrar, los ojos de Zerimar se dirigieron hacia el cuadro de pintura. Se acercó a él con asombro y, buscando rápidamente el resto de las piezas, soltó una sonrisa de alivio:
—No lo tocó... —susurró para sí misma.
Seinec, ajena a la tensión de la niña, la instó a seguir con su rutina:
—Zerimar, anda, sube. ¿Qué estás esperando?
—Sí, Seinec, ya voy —respondió ella mientras subía las escaleras, repitiendo en voz baja, casi como un mantra:— No lo hizo, no lo hizo...
Mientras Seinec comenzaba a organizar las provisiones que habían comprado, un golpe seco interrumpió el silencio de la casa. Eran tres golpes firmes en la puerta. Al abrir, se encontró con Borans. A pesar de que él intentaba mantener una postura firme, el rastro de preocupación en su mirada era innegable.
—Bienvenido, Borans —dijo ella con amabilidad—. ¿Pudo avanzar en sus cosas?
—Mmju... —respondió él, con un tono ausente y la mirada perdida.
Seinec lo observó detenidamente, detectando al instante que algo no encajaba. La inquietud en el aire era pesada, casi cortante.
—¿Pasó algo malo? —preguntó ella, dando un paso hacia él.
—No, no pasa nada —mintió él, aunque su voz sonó forzada.
Seinec, manteniendo su profesionalismo pero sin dejar de percibir el nerviosismo de su invitado, decidió ir directo al grano:
—Señor Borans, ¿será que aprovechamos este momento para hablar de las pinturas?
El silencio que siguió fue absoluto, cargado de una tensión que amenazaba con romper la frágil calma de la casa.