César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.
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Capítulo 9: Amigos del bolsillo
La fama no solo cambió su relación con la familia. También le trajo una cosecha de amistades que crecían como hongos después de la lluvia: rápido, sin raíces, listas para desaparecer en cuanto dejara de llover el dinero y los reflectores.
La primera en aparecer fue Patricia. Era una chica de veintidós años, pelo largo y negro, ojos pintados con delineador grueso, y una sonrisa que parecía ensayada frente al espejo. Se le acercó después de un concierto en una discoteca del centro, cuando César estaba firmando autógrafos junto a la puerta de camerinos.
“Eres increíble”, le dijo, tocándole el brazo con una familiaridad que a César le pareció excesiva. “Canto ‘Mil pesos’ en la ducha todas las mañanas.”
César rió por educación. Le firmó una servilleta —no tenía nada más a mano— y pensó que ahí terminaría todo. Pero Patricia volvió a aparecer en el siguiente concierto, y en el siguiente, y en el siguiente. Siempre en primera fila. Siempre con una camiseta que decía “#LaVozDelBarrio”. Siempre con una sonrisa que enseñaba demasiados dientes.
Una noche, después de un show agotador, Patricia lo esperó a la salida con dos botellas de agua y un paquete de galletas. “Pensé que podrías tener hambre. Los artistas siempre se olvidan de comer.”
César aceptó las galletas y, por primera vez, la miró con otros ojos. No era solo una fan. Era alguien que parecía preocuparse por él. O al menos eso quiso creer.
Empezaron a verse fuera de los conciertos. Patricia lo invitaba a tomar café, a caminar por el parque, a comer helado en una heladería que nadie conocía. César, que llevaba meses sin una conversación que no girara en torno a su carrera, se dejó llevar. Le contó lo de El Rincón, lo de su padre ausente, lo de las arepas envueltas en papel aluminio. Patricia escuchaba con los ojos muy abiertos, asintiendo en los momentos justos, diciendo “pobrecito” cuando la historia se ponía triste.
Una tarde, mientras compartían una pizza en un lugar barato, Patricia le soltó la pregunta que César no esperaba.
“¿Cuánto ganas?”
César se quedó helado. “No sé. No es algo que se pregunte.”
“Somos amigos, ¿no? Los amigos se cuentan todo.” Patricia sonrió, pero sus ojos tenían otra cosa. Algo que César no supo identificar hasta mucho después.
“No mucho”, respondió evasivo. “La disquera se lleva la mayor parte.”
“¿Y tus canciones? ¿No te pagan regalías?”
“Sí, pero… es complicado.”
Patricia no insistió. Pero a partir de ese día, empezó a hacer preguntas más concretas: cuánto costaba su chaqueta, cuánto pagaba por el apartamento, si la disquera le daba un auto, si tenía ahorros. César respondía con evasivas, cada vez más incómodo. Hasta que una noche, después de un concierto en una ciudad vecina, Patricia apareció con un amigo.
“Te presento a Ricardo. Es promotor musical. Quiere proponerte algo.”
Ricardo era un hombre de unos treinta años, bien vestido, con un reloj que brillaba bajo las luces del camerino. Le tendió una tarjeta de presentación: “Ricardo Méndez – Producción y Management Independiente”.
“Mira, César, he investigado tu contrato”, dijo Ricardo sin preámbulos. “Melodía Records te está robando. Te tienen atado con cláusulas abusivas. Yo puedo sacarte de ahí. Conozco a abogados que rompen contratos como quien rompe un papel.”
César sintió un escalofrío. “No puedo. Si me voy, me demandan. La cláusula de indemnización…”
“Se puede pelear”, interrumpió Ricardo. “Nada es para siempre en este negocio. Solo necesito que confíes en mí.”
César miró a Patricia. Ella asintió con la cabeza, con esos ojos que antes le parecían comprensivos y ahora le parecían calculadores. Algo no encajaba. Si Ricardo era tan buen abogado, ¿por qué lo contactaba a través de una fan? ¿Por qué en un camerino, después de un concierto, sin testigos?
“Dame unos días para pensarlo”, dijo César.
Patricia frunció el ceño. “¿Para qué? Ricardo es de confianza. Yo te lo presenté.”
“Ya te digo. Unos días.”
Esa noche, de regreso al apartamento, César no pudo dormir. Algo le decía que Patricia no era una amiga. Algo le decía que Ricardo tampoco. Pero la duda ya estaba sembrada: ¿y si su contrato realmente era abusivo? ¿Y si había una salida? ¿Y si estaba dejando pasar la oportunidad de liberarse?
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Al día siguiente, sin querer, se topó con Ramiro en el estudio. El hombre de la barba estaba revisando unos papeles en la sala de espera, con su cara habitual de pocas pulgas. Cuando vio a César, lo miró con ese gesto entre serio y cansado.
“Tienes cara de no haber dormido”, dijo Ramiro.
“Me pasó algo anoche. Una chica que se hace llamar mi amiga me presentó a un tipo que dice que puede sacarme del contrato.”
Ramiro soltó una risa amarga. “Ah, sí. Los cazadores de talentos. Aparecen cuando huelen dinero. ¿La chica se llama Patricia? ¿Morena, pelo largo?”
César se quedó de piedra. “¿La conoces?”
“La conoce medio mundo. Ya le hizo lo mismo a dos artistas de otro sello. Les promete sacarlos del contrato, los lleva con ‘abogados’ que cobran por adelantado, y cuando los artistas pagan, desaparecen. Y ella, claro, se lleva su comisión.”
César sintió que el suelo se abría bajo sus pies. “¿Entonces no es mi amiga?”
Ramiro lo miró con una mezcla de lástima y advertencia. “En este negocio, César, los amigos se cuentan con los dedos de una mano. Y a veces sobran dedos. La gente se te acerca por lo que tienes, no por lo que eres. Tu talento es el imán. Tu fama es el anzuelo. Y tú eres el pez, aunque no te guste oírlo.”
César se sentó en la silla, con la cabeza entre las manos. Ramiro continuó, con una voz más suave.
“No te digo que todos sean malos. Pero aprende a diferenciar. La gente que te quiere de verdad no te pide nada. La gente que te quiere de verdad no te pregunta cuánto ganas. La gente que te quiere de verdad… está ahí cuando no tienes nada.”
Esa noche, César llamó a Patricia. No para decirle nada, sino para escucharla. Ella atendió con su voz alegre de siempre. “¡César! ¿Ya decidiste lo de Ricardo?”
“Todavía no. Oye, una pregunta: ¿tú por qué te haces llamar mi amiga?”
Hubo un silencio breve. Luego Patricia rió, pero no era su risa de siempre. Era una risa más tensa, más nerviosa. “¿Qué clase de pregunta es esa? Porque te quiero, porque admiro tu música…”
“¿Sabes cuál es mi canción favorita? La que más me gusta de todas las que he escrito.”
Otro silencio. Más largo. “Pues… ‘Mil pesos’, ¿no?”
“No. Esa es la más famosa, no mi favorita. Mi favorita es una que nunca he grabado. Se llama ‘Cielo falso’. Y si fueras mi amiga de verdad, lo sabrías.”
El silencio se hizo eterno. Luego Patricia dijo, con una voz que ya no fingía calidez: “Mira, César, yo solo quería ayudarte. Pero si vas a ponerte así, mejor lo dejamos aquí.”
Colgó. César se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de llamada perdida. Y entendió que Ramiro tenía razón. En este negocio, los amigos se compran y se venden como discos. Y él acababa de descubrir que tenía uno menos.
O más bien, que nunca había tenido ninguno.
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Al día siguiente, en el estudio, Jonathan le preguntó si estaba bien. César dijo que sí. Pero mientras cantaba “Mil pesos” por enésima vez, pensó en Patricia, en Ricardo, en las galletas que ella le llevó después del concierto, en las botellas de agua. Todo fue una estrategia. Todo fue una mentira.
Y lo peor es que él había estado tan solo, tan hambriento de afecto genuino, que casi cae.
Esa noche escribió una nueva canción. La llamó “Amigos del bolsillo”. La letra decía: “Llegan cuando brillas / se van cuando apagas / te abrazan por dentro / te roban por fuera”.
La guardó en el cuaderno, sin mostrársela a nadie. Ya no confiaba ni en su sombra.