Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 9
Capítulo 9
Bruno.
Verlo ahí, de golpe, le produjo a Lola una sensación rara, como si hubieran pasado años.
¿No tenía que estar cuidando a su amor moribundo?
El padre desquiciado se levantó del piso y le gritó:
—¿Vos quién sos? ¿Otro macho de esta mujer?
Bruno lo miró con frialdad y mostró el puño.
—¿Querés probar otra vez?
El hombre era bajo y flaco. Bruno, más alto y entrenado. La diferencia se veía sin análisis.
El tipo no se animó.
Se volvió contra Lola.
—Sos una cualquiera. Ya vas a ver.
Y huyó.
Lola apretó los dientes.
Valiente con mujeres. Cobarde con hombres.
Bruno giró hacia ella.
—¿Esta es la clase de gente con la que tratás todos los días? ¿Por eso insistís con ese trabajo?
Lola entendió.
Bruno siempre había despreciado que ella fuera maestra. Según él, no estaba a la altura de los Gatti. Le sugería dejar la escuela, hacer un posgrado, irse al exterior, volver con un cargo más elegante.
Antes se decía que era preocupación.
Ahora veía el clasismo puro.
—Señor Gatti —dijo—, ¿seguro quiere que lo insulte delante de mi alumno?
Bruno se quedó callado.
Luego sonrió con una ternura que le dio asco.
—Seguís enojada.
—Enojarse así es cosa de pareja. Nosotros terminamos.
—Yo nunca acepté terminar.
—No necesitás aceptar. Te avisé.
Lola lo miró sin bajar los ojos.
—El día de la boda te dije que se terminó. Significa que yo, Lola Quintana, no quiero tener más nada con vos. Respetalo y no vuelvas a aparecer.
Bruno guardó silencio.
—Estás alterada. Cuando te calmes, hablamos.
Se subió al auto y se fue.
Lola cerró los ojos para no tirarle una piedra al vidrio.
Siempre igual.
Ella hablaba claro y él decidía que era un berrinche.
—Seño, ¿está bien? —preguntó Milo.
Lola bajó la mirada.
—Sí. Hay gente que no importa.
Milo asintió.
—La seño es muy popular. Yo también la quiero mucho.
La nube negra se le desarmó un poco.
Compraron caramelos en el shopping. Lola le dio una caja.
—No los comas hasta preguntarle a tu papá.
—Sí, seño.
Luego tomó un taxi y lo llevó a su casa.
El edificio era demasiado bueno para la pobreza que Milo describía.
—¿Vivís acá?
—Sí. Papá dice que la casa es alquilada, porque mamá necesita un lugar lindo.
Lola entendió.
El padre de Milo podía olvidarse de buscarlo, pero amaba a su esposa.
Llegaron a la puerta.
Nadie abrió.
La cerradura era de reconocimiento ocular.
—¿Tu ojo está registrado?
—Sí, pero está muy alta. Papá me alzó cuando lo pusieron.
Lola lo levantó.
Pesaba más de lo que parecía.
La puerta se abrió.
Lola lo bajó y quedó jadeando.
Milo la miró con culpa y decidió culparla.
—Seño, debería hacer más ejercicio. Está muy flojita.
Una risa baja llegó desde adentro.
Lola levantó la cabeza.
Thiago estaba apoyado contra la pared, con una sonrisa divertida.
—¡Tío! —gritó Milo, corriendo hacia él.
Lola quedó helada.
—¿Tío?
Sentada en el sofá, todavía no podía creerlo.
—¿Sos el tío de Milo?
Thiago le pasó un vaso de agua.
—Cuarta vez que lo preguntás.
—Es que es demasiado casual. ¿Vivís acá?
—No. Vine a ver a mi hermana.
—¿Y por qué no fuiste a buscar a Milo si su papá te lo pidió?
Thiago miró a otro lado.
—Creí que salía a las seis. Vine antes, vi a mi hermana y...
—¿Y?
—Me dormí.
Lola lo miró como si acabara de confesar un crimen.
—¿Sos la reencarnación del sueño? ¡Era un nene solo en la calle!
Thiago, por primera vez, no discutió.
—Tenés razón. No vuelve a pasar.
Milo los miraba con ojos enormes.
—¿Ustedes se conocen mucho?
Lola habló rápido.
—No. Nos vimos un par de veces. Casi nada.
—Ah. Creí que mi tío quería conquistarla.
Thiago alzó una ceja.
—¿No querés?
—No. La seño está casada. Si la perseguís, sos un tercero que rompe hogares. Después en la escuela me da vergüenza.
Thiago se quedó sin palabras.
Milo sacó su caja de caramelos.
—La seño me dio caramelos de su boda.
Thiago miró a Lola con diversión.
Ella se acercó y susurró:
—Mis compañeras no saben lo de Bruno. Tuve que comprar algo para cubrir la mentira.
—Cuando una mentira empieza, alimentarla sale caro.
—Mis mentiras son responsabilidad mía.
Thiago extendió la mano.
—Entonces también quiero caramelos. Soy el novio.
Lola giró para ver si Milo oyó.
Pero quedó demasiado cerca de la cara de Thiago.
Pestañas largas, ojos oscuros, piel blanca, boca calma.
Ese hombre era un problema de salud pública.
Thiago le tocó la frente con un dedo.
—¿Te colgaste?
Lola volvió en sí, roja.
—Me voy. Milo ya está en casa. Chau.
Huyó.
La puerta se cerró fuerte.
Milo miró a Thiago con reproche.
—La pinchaste muy fuerte y se enojó.
Thiago pensó que, en realidad, se había escapado para no darle caramelos.
Su teléfono vibró.
Quiroga llamaba desde la puerta de la escuela.
—Señor, estoy esperando al joven Milo desde las cinco. Ya cerraron.
Thiago miró al niño.
—No servís ni para buscar un chico.
—¿Perdón?
—Ya llegó. Volvé.
Cortó.
—Milo, ¿cómo saliste de la escuela?
—Caminando.
—¿Seguro?
Milo recordó algo y sacó una máscara de mono de la mochila.
—Benja me regaló esto para disculparse. Salí con la máscara puesta. ¿No estoy genial?
Thiago suspiró.
Después se levantó y fue al dormitorio.
En la cama, su hermana Lina seguía dormida, serena, como si estuviera durmiendo la siesta.