✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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Toivo
Dos días enteros de cabalgata forzada habían dejado atrás el humo de colores y la rebelión de Kala-Zul. Las cuatro monturas, veloces y resistentes, avanzaban ahora por el corazón mismo de la meseta profunda. El paisaje aquí se volvía cada vez más inhóspito; la arcilla cocida de las murallas había dado paso a un desierto de piedras grises y cañones laberínticos donde el viento del sur soplaba con una fuerza que levantaba torbellinos de polvo seco.
Lin cabalgaba a la vanguardia, con la túnica de tejedor sucia por el camino y la mano apoyada en la empuñadura de su espada. Bajo su chaleco de cuero, el diario chamuscado de Norman presionaba contra su pecho, manteniéndose como el único motor en medio de esa inmensidad muerta. A su derecha, el joven príncipe Vetmi mantenía el paso, imitando la postura recta de laguardia del Rey Lucien. Detrás de ellos, Marcos y Ettore vigilaban los flancos con los ojos entrecerrados por la claridad del sol.
El sendero se estrechó de golpe al entrar en la Garganta del Cuervo, un cañón profundo rodeado por riscos de piedra que parecían murallas naturales.
—Este lugar no me gusta, Lin —comentó Marcos en un susurro, deteniendo su caballo por un segundo—. Las paredes son demasiado altas. Si alguien nos espera en las alturas, seremos blancos fáciles para las ballestas.
—Vetmi, ¿este es el único paso seguro hacia el sur profunda? —preguntó Lin, girándose hacia el príncipe.
—Sí, capitán —respondió Vetmi, acomodándose el chaleco de cuero viejo—. Si rodeamos este cañón, tardaremos tres días más en cruzar la frontera. Pero mi hermano Armoton suele enviar patrullas de reconocimiento a estas rocas.
Ettore no tuvo tiempo de soltar una de sus bromas habituales. El siseo agudo de una saeta pesada cortó el aire de la mañana, impactando directamente en la roca que estaba a centímetros de la cabeza de su caballo.
—¡¡EMBOSCADA!! —rugió Lin, desenvainando su acero con un movimiento fulminante—. ¡¡A LAS ROCAS!!
De las partes altas de la Garganta del Cuervo, una docena de jinetes de la Guardia de Hierro emergió entre las sombras de los riscos. Al frente del grupo, montando un caballo de batalla robusto, iba el mismo soldado herido que había logrado escapar del puente de las Tres Horcas. Su brazo izquierdo estaba vendado con lino sucio, pero sus ojos rojos reflejaban una sed de venganza absoluta.
—¡Los encontré, malditos! —gritó el soldado de hierro, señalándolos con su pica de gancho—. ¡El Consejero Val pagará mi peso en oro por la cabeza del príncipe bastardo y de las capas grises del norte! ¡MÁTENLOS!
Las picas y las ballestas pesadas de Yalnizlik empezaron a cerrarse sobre el sendero estrecho. Los soldados descendían por las laderas con la fuerza de quienes se creen invencibles debido a su número.
—¡No podemos pelear de frente en este llano, Lin! —gritó Ettore, disparando una saeta que derribó a uno de los jinetes, pero viéndose obligado a retroceder ante la lluvia de proyectiles—. ¡Son demasiados!
—¡Marcos, ahora! —ordenó Lin, cubriendo la retirada de Vetmi con su escudo—. ¡Usa las venas de la piedra!
Marcos soltó una risa que no tenía nada de miedo. El soldado veterano había estado analizando las formaciones de roca rojiza desde que entraron en la Garganta. Sabía que ese desfiladero era un terreno ideal para las tácticas de asedio que había aprendido en las filas de la Orden de la Luz. Desmontó de un salto y corrió hacia la base del risco izquierdo, donde una serie de cuerdas y troncos secos que los contrabandistas usaban para sostener los cargamentos permanecían ocultos entre los matorrales y piedras.
—¡Vengan por mí, perros de Erke! —gritó Marcos, llamando la atención de los jinetes mientras sacaba su machete pesado.
El soldado herido y seis de sus hombres cargaron con furia hacia él, espoleando a sus caballos entre los guijarros sueltos. Pensaban que el veterano estaba acorralado contra la piedra viva.
Marcos no esperó a que las picas lo alcanzaran. Con un tajo descendente y brutal de su machete, cortó la cuerda trenzada que sostenía la cuña de contrapeso de la ladera superior. Un crujido sordo, como el latido de un terremoto menor, resonó en toda la Garganta del Cuervo.
Una avalancha inmensa de piedras y rocas colosales se desprendió desde las alturas, cayendo como un castigo de greda sobre la unidad de caballería ligera. Los gritos de terror de los guardias de hierro se ahogaron bajo el estruendo de la tierra que se desplomaba. En menos de lo que dura un suspiro, cinco de los jinetes y sus monturas quedaron sepultados bajo toneladas de roca, destruyendo la formación enemiga por completo.
—¡Por el Rey! —rugió Lin, aprovechando el caos de la avalancha.
El capitán se lanzó al centro de la melé restante. Su espada corta se convirtió en un borrón de muerte que cortaba el aire y el hierro. Un soldado intentó atravesarlo con su pica, pero Lin desvió el hierro con el escudo de su brazo, dio un paso al frente y le cercenó el cuello antes de que el hombre pudiera parpadear.
Ettore, moviéndose entre las rocas con la agilidad, abatió a los últimos dos ballesteros que intentaban apuntar desde la ladera opuesta, sus saetas atravesando las ranuras de los cascos negros con una facilidad que daba miedo.
Al final del sendero, el soldado herido de la cacería anterior intentó dar media vuelta a su caballo para huir de la carnicería, pero Vetmi, mostrando una valentía que asombró a Marcos, corrió hacia el animal herido y le clavó la pequeña daga de caza en el corvejón. El semental relinchó de dolor, encabritándose y lanzando al soldado de hierro contra el suelo de tierra dura.
El guardia quedó de espaldas, desarmado, con la armadura abollada y la respiración entrecortada por el impacto. Lin caminó hacia él con pasos lentos y pesados, la punta de su espada goteando un carmesí espeso sobre el desierto.
—El norte… no olvida —dijo Lin con su voz profunda.
Con una estocada limpia y directa en el pecho, el capitán terminó con la vida del soldado.
El silencio regresó a la Garganta del Cuervo, interrumpido solo por el siseo del viento y el crujido de las piedras que terminaban de asentarse en el cráter de la avalancha. Los doce soldados y su líder yacían muertos entre los riscos.
Vetmi se apoyó contra una roca, jadeando por el esfuerzo, con las manos sucias de polvo y la daga todavía temblando en sus dedos. Miró los cuerpos de los guardias de su padre y luego miró a Lin, Marcos y Ettore. El asombro en sus ojos oscuros se transformó en una fijeza inquebrantable.
—Tienen que enseñarme —dijo Vetmi, y su voz no fue la de un príncipe caprichoso, sino la de un guerrero que buscaba su lugar—. Tienen que enseñarme a pelear como ustedes. He visto a Marcos mover la montaña con un solo tajo y al capitán Lin cruzar como si fuera el dueño del viento. No quiero volver a depender de una piedra del suelo o de una daga oculta en la bota. Quiero ser el cuarto escudo de este viaje.
Ettore soltó una risa corta, guardando su ballesta con esa simpatía que siempre aligeraba la seriedad del luto.
—Vaya con el príncipe bastardo… Ahora quiere ser de la guardia de Blackshield. ¿Escuchaste eso, Marcos? El chico tiene ambición.
Marcos limpió el acero de su machete con un trozo de manta de un guardia caído, con su rostro mostrando una aprobación silenciosa.
—El camino que nos queda por delante es largo, Vetmi. Si quieres sostener un acero de Blackshield, tendrás que aprender a marchar bajo la lluvia y a no quejarte cuando el jergón esté duro. Pero tu movimiento contra el caballo del soldado demostró que tienes el pulso frío. Te enseñaremos.
Lin se acercó a él y le puso una mano grande sobre el hombro, dándole un apretón de confianza real.
—Serás un guerrero de la Penumbra, Vetmi. A partir de mañana, cuando montemos el campamento de vigilia, Marcos te enseñará el equilibrio de la espada y Ettore te mostrará cómo tensar la cuerda sin que el viento te desvíe el tiro. Tu corona de Yalnizlik ya no importa; aquí estás ganándote tu propio nombre.
Vetmi sonrió con orgullo, sintiendo que por fin una parte de la podredumbre de su familia real se borraba bajo el honor de las capas grises.
El grupo retomó la marcha a paso rápido, cruzando la salida de la Garganta del Cuervo antes de que el sol del mediodía del sur empezara a calentar las piedras. Anduvieron durante horas, adentrándose en una llanura desértica donde el suelo estaba salpicado de rocas blancas que olían a sal antigua. Al caer la tarde, en los límites de una pequeña cadena de colinas grises, una estructura humilde apareció frente a ellos.
Era una cueva natural cuya entrada había sido tapiada con bloques de adobe y madera vieja, imitando la vivienda de un ermitaño. En el exterior, varias vasijas de barro rotas y un pequeño jardín de raíces secas eran la única señal de que la vida insistía en respirar en ese desierto.
—Hay alguien ahí dentro, Lin —susurró Marcos, señalando el humo tenue que salía por una grieta de la roca superior.
—Mantengan las armas bajas pero listas —ordenó Lin, avanzando a pie hacia la puerta de madera carcomida—. No queremos asustar a los lugareños.
Lin golpeó la madera con tres golpes secos de su puño.
—¡Buenas tardes! Somos viajeros del norte buscando un rincón para pasar la noche. Tenemos oro para pagar el agua y el pan.
Un silencio prolongado siguió a sus palabras. De repente, la puerta se abrió con un chirrido perezoso, y de la penumbra emergió la figura de un anciano. Vestía una túnica andrajosa de un lino que alguna vez había sido blanco puro, pero que ahora estaba manchada de hollín y polvo gris. Tenía los cabellos largos y canosos, una barba que le llegaba al pecho y unos ojos claros que, al fijarse en el rostro de Lin, se abrieron de par en par por el pánico absoluto.
El anciano retrocedió tres pasos de golpe, tropezando con una vasija de barro, y levantó sus manos temblorosas en un intento desesperado por invocar una chispa de magia que nunca llegó a encenderse.
—¡¡NO!! —chilló el anciano, y su voz rasposa resonó con el terror de un hombre que ha pasado décadas huyendo de sus propios fantasmas—. ¡¡Sé quién eres!! ¡¡Eres el Capitán Lin de la Orden de la Luz!! ¡¡El verdugo de Quirno!! ¡¡El Cónclave finalmente ha enviado a su mejor acero para cortar mi cabeza!! ¡¡Piedad, por favor!! ¡¡He vivido en este desierto durante años sin tocar la magia!!
Lin se quedó mudo por un segundo, reconociendo el corte de la túnica blanca andrajosa bajo la suciedad. El anciano no era un ermitaño común; era un ex-hechicero de la Cúpula Blanca, uno de los Estudiosos de lo Antinatural, un desertor de la Orden en su juventud.
Lin dio un paso al frente, quitándose el embozo de su túnica y bajando la espada por completo para mostrar sus manos limpias de intenciones asesinas.
—Cálmate, anciano —dijo Lin con su voz profunda, perdiendo toda la rigidez del verdugo—. Tu cabeza está a salvo en este desierto. Yo ya no sirvo al Cónclave. Ya no soy el capitán de las capas blancas de la iglesia.
El ermitaño parpadeó, temblando, mirando con desconfianza las ropas de tejedor de Lin y el semblante tranquilo de Marcos y Ettore.
—¿No eres de la Orden? Pero… tu armadura… tu emblema…
Ettore se adelantó con una sonrisa pequeña, guardando su ballesta con un movimiento perezoso.
—El Cónclave de la capital está demasiado ocupado limpiándose los pantalones en sus salas de oro como para enviar jinetes al sur, abuelo. La Guardia Inmaculada fue destruida en el desfiladero del norte y el Sumo Sacerdote Quirno y luego Beltrán son ceniza. Nosotros ya no servimos a esos viejos grasosos; ahora somos la guardia real de un nuevo mundo. Servimos al Rey Lucien Blackshield y al Rey de las Sombras, Alaric.
Al escuchar el nombre de Lucien Blackshield y de Alaric, el anciano soltó un grito ahogado y se dejó caer en el suelo de tierra de su cueva, con los ojos llenos de una fascinación mística.
—¿Los Blackshield han despertado? ¿El Rey de las Sombras ha regresado? ¡Los dioses del equilibrio no nos han abandonado del todo! —el viejo se frotó las manos, recuperando el aliento poco a poco—. Me llamo Toivo. Fui un hechicero de la Cúpula Blanca antes de que el oro de los impuestos corrompiera los templos. Huí al sur porque me negué a crear armas de hierro frío para masacrar a los inocentes. ¿Qué buscan ustedes en estas tierras lejanas, capitán Lin? ¿Por qué la guardia de hierro de Erke los persigue con tanta saña?
Lin ayudó a Toivo a ponerse de pie, guiándolo hacia un banco de madera dentro de la cueva. La estancia estaba templada por una pequeña hoguera donde hervían unas raíces medicinales.
—Estamos en una misión por la salvación de un amigo, Toivo —explicó Lin, sentándose frente a él, mientras Vetmi, Marcos y Ettore se acomodaban en las mantas del suelo—. Un hechicero llamado Norman entregó su esencia vital para salvarnos a todos en la batalla contra el demonio de Quirno. Su cuerpo está a salvo en el Manantial de aguas místicas, pero su conciencia fue arrastrada al Mar del plano astral. Viajamos hacia el sur porque las inscripciones del palacio hablan de un Faro que oculta el Altar de las fronteras místicas. Necesitamos activar ese faro para crear un puente por el que su espíritu pueda regresar a casa.
Toivo escuchaba en silencio, asintiendo lentamente con la cabeza, su barba canosa moviéndose con el viento que entraba por la puerta. Su mirada clara se posó en el bolsillo interior del chaleco de Lin, donde el relieve de un cuaderno común y corriente se marcaba bajo la tela. Toivo miró el cuaderno, pero no le prestó atención; para un ex-hechicero de la Cúpula, un diario de notas de un granjero de aldea no tenía ningún valor mágico. No sabía que Norman lo había escrito simplemente para que su madre y los padres de Sam pudieran leer sus historias sobre sus aventuras y el océano cuando regresara a la aldea. El diario era común, pero la devoción con la que Lin lo guardaba era el verdadero lazo que sostenía el viaje.
Sin embargo, cuando la mirada de Toivo bajó hacia la mano derecha de Lin, el anciano se tensó de golpe. Tomó la muñeca del capitán con dedos temblorosos, obligándolo a abrir la palma. El hilo de energía dorada, la marca de Norman, brillaba con una intensidad templada bajo la piel del soldado.
—La marca de los Hechiceros del Sol… —susurró Toivo, y su voz rasposa se volvió solemne, perdiendo todo el miedo del principio—. Siento el calor de su luz aquí dentro, capitán. El hechicero que te dio este lazo no era un simple curandero. Portaba la sangre de los antiguos guardianes del sol, una estirpe que hizo un pacto con la realeza antes de que la Orden existiera. Esta marca no es solo un adorno; es la brújula que mantiene tu acero conectado con su espíritu en medio del Mar astral.
Toivo soltó la mano de Lin y miró al grupo con una expresión de profunda advertencia.
—Pero el camino hacia el Altar del Sur no es un sendero plano, muchachos. El Cónclave de la capital sabía que la magia del sol era el único equilibrio capaz de destruir sus mentiras de oro. Por eso, hace tiempo, los primeros Sumos Sacerdotes instalaron a los Guardianes del Faro alrededor del Altar místico.
—¿Los Guardianes del Faro? —preguntó Vetmi, inclinándose hacia adelante, con su mirada azul reflejando la fijeza de los Blackshield—. Mi padre, el Rey Erke, nunca ha hablado de esos seres en los consejos de Yalnizlik.
—Tu padre es un fanático ciego que solo sabe contar las concubinas de su harén, príncipe —respondió Toivo con desprecio—. Los Guardianes son aberraciones forjadas con la magia prohibida de la Cúpula Blanca. Son criaturas hechas de hierro frío líquido y almas corruptas de los caballeros caídos. No tienen piedad, no tienen mente propia; su único propósito sagrado es devorar a cualquiera que intente acercarse al Altar para encender el Faro. Si quieren llegar al centro de las tierras del sur y rescatar el alma del hechicero de ese Mar místico, tendrán que enfrentarse a esas bestias de hierro antes de que la luz del faro pueda abrir el puente.
Lin apretó el puño derecho, sintiendo cómo la marca dorada de su palma vibraba con un calor abrasador, un latido de pura resolución que pareció encender el aire de la cueva. Miró a Toivo, miró a Vetmi, que esperaba sus órdenes con la daga en alto, y luego tocó el relieve del diario en su pecho.
—No me importa cuántos Guardianes de hierro frío haya puesto la Orden alrededor de ese Altar, Toivo —sentenció Lin con una voz de acero que hizo vibrar el aire —. Ya destruimos a su Guardia Inmaculada en el norte y hemos dejado a Kala-Zul en llamas en el sur. Si esas bestias intentan cerrarnos el paso, las romperé una a una con mis propias manos. El alma de mi hechicero va a regresar a casa, aunque tenga que arrancar el faro de las entrañas del mismo infierto.
Ettore sonrió desde su rincón, sacando una saeta con punta de plata y haciéndola girar entre sus dedos con una agilidad impresionante.
—El capitán se vuelve un bloque de hielo cuando habla del rubio, abuelo. Así que dinos por dónde se cruza la meseta profunda. Estamos listos para el trabajo sucio.
Toivo miró al pequeño grupo de rebeldes, viendo en sus rostros la misma luz de la alianza que había esperado ver durante años de exilio. Una sonrisa cansada pero llena de una esperanza real cruzó su rostro de ermitaño.
—El camino de la meseta profunda está bloqueado por las patrullas del Rey Erke, es cierto. Pero yo conozco los senderos ciegos que los Hechiceros del Sol usaban para viajar al Altar en secreto. Cenaremos las raíces que tengo en el fuego, descansen sus cuerpos cansados de la batalla de la Garganta, y mañana, al amanecer, yo les daré el mapa que los llevará hacia el fin del mundo místico sin que la Guardia de Hierro pueda ver sus sombras.
La noche cayó sobre la cueva del ermitaño, cerrando el día de la avalancha y el secreto revelado. En el silencio de la estancia de piedra, mientras Ettore y Marcos organizaban los turnos de vigilia junto a la entrada de madera, Lin se acomodó cerca del fuego, sacó su pluma de ganso y abrió el diario chamuscado de Norman para escribir la primera crónica de su nueva fuerza: el juramento de un príncipe que aprendía a volar y la ruta de las bestias de hierro que los esperaban en el Altar del Sur. La travesía por la redención seguía marchando, y el Faro del alma del hechicero estaba cada vez más cerca de volver a encender la primavera bajo el sol del norte.