"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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9 Tentación, Venganza y Ecos del Pasado
Mi nueva oficina era una obra de arte en sí misma. Había ordenado cada detalle, seleccionado cada pieza de mobiliario con la precisión de quien diseña su propio trono. Las paredes, antes grises y opacas, ahora revestidas de paneles de madera oscura y seda color marfil, irradiaban lujo y autoridad. El olor a maderas finas y perfume exclusivo impregnaba el ambiente, un recordatorio constante de quién gobernaba aquel espacio.
La puerta se abrió sin previo aviso y Leonel Díaz entró con su paso felino, esa elegancia peligrosa que le era tan característica. Cerró la puerta tras de sí, dejándonos solos, y el aire se cargó instantáneamente de una electricidad densa, casi tangible. Se acercó despacio, sus ojos azules fijos en los míos, escaneando cada rincón de mi figura con una mezcla de hambre y desafío.
—Los tres hombres ya están en mi sótano —dijo, su voz grave y pausada, como si narrara la más dulce de las melodías—. Los interrogué personalmente. Rompí sus dedos uno a uno, luego las muñecas... confesaron todo, entre gritos y llantos inútiles. Fue tu madrastra y tu padre quienes les pagaron para deshonrar a tu difunta madre, para manchar su nombre y borrar su memoria.
Una sonrisa fría y satisfecha curvó mis labios. Di unos pasos hacia él, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que nuestras respiraciones casi se rozaron. Él era alto, imponente, pero yo no me achicaba; al contrario, alzaba la barbilla, retadora, disfrutando de la tensión.
—Excelente noticia, señor León —respondí, arrastrando las palabras con una dulzura venenosa—. Iré más tarde a verlos. Quiero mirarles a los ojos mientras les devuelvo cada segundo de dolor que causaron. Que sepan que su sufrimiento es obra mía.
Leonel se inclinó ligeramente hacia mí, su rostro a escasos centímetros del mío. Podía ver la oscuridad en el fondo de sus pupilas, ese abismo que llamaba al mío.
—Debemos ir a cenar esta noche —continuó, cambiando de tema pero sin romper el contacto visual—. He citado a los dueños del gran evento de moda que se celebrará en una semana. La temática será acuática. Es el escenario perfecto para brillar... y para hundir a quienes lo merecen.
—Acepto —respondí sin dudar, mientras recorría con la mirada su mandíbula marcada, su cuello, desafiante—. Pero quiero que vayamos al Metrólis Gourmet. Es el restaurante más exclusivo y lujoso de la ciudad.
Leonel esbozó una sonrisa entendida, cargada de malicia.
—Metrólis Gourmet... —repitió—. Sé muy bien que es el lugar favorito de Gabriel y de su perrita faldera, Rosa. Deseas fastidiarles la noche antes de que empiece, ¿verdad? Me encanta cómo piensas, Adelfa. Tu maldad es exquisita.
—Solo quiero que aprendan su lugar —respondí con indiferencia, acariciando con la punta de mis dedos el borde de su escritorio, muy cerca de su mano, sin llegar a tocarlo—. Y tú, señor León, pareces disfrutar tanto como yo de su desgracia.
Leonel se quedó en silencio un instante, sus ojos bajaron hasta mis labios, luego volvieron a clavarse en mi mirada.
—Disfruto ver cómo desarmas a tus enemigos —susurró, su aliento rozando mi piel—. Pero más disfruto saber que yo soy el único que puede estar a tu altura. No te confundas, Adelfa. Quiero destruirte, sí... pero también quiero que seas mía. Por completo.
Mis labios se curvaron en una sonrisa seductora y letal. Me incliné hacia él, rozando sutilmente su hombro con el mío, una caricia que era también una amenaza.
—Cuidado, León... —le dije en un susurro, lleno de veneno y fuego—. Porque si intentas destruirme, acabarás hecho cenizas junto a mí. Y si quieres poseerme... tendrás que demostrar que eres capaz de sostener este fuego. Porque yo no soy de las que se dejan domar. Yo domo.
Nuestras caras estaban tan cerca que nuestros labios casi se tocaron, una proximidad que ardía. Él deseaba besarme, yo deseaba morderlo. Él quería romperme, yo quería corromperlo. Fue un duelo de miradas, de voluntades, donde ambos nos reconocimos como lo que éramos: dos monstruos hechos a la medida el uno del otro.
Leonel se enderezó lentamente, rompiendo el contacto con esfuerzo visible, aunque su mirada seguía clavada en mí, brillante y peligrosa.
—Nos veremos esta noche, entonces —dijo con voz ronca—. Prepárate. Esta noche el mundo será nuestro escenario.
Se marchó, dejando tras de sí una estela de tensión y misterio. Una vez solo en su despacho, Leonel se dejó caer en su sillón de cuero, apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, luchando contra una confusión que le era ajena.
¿Qué me está pasando?, pensaba, mientras sus manos se cerraban con fuerza sobre los reposabrazos. Esa mujer... me atrae de una forma enfermiza. Su corazón retorcido, su alma oscura... yo, que no sé amar ni sentir nada más que desprecio y frialdad, siento que mi corazón late con fuerza cada vez que estoy cerca de ella. Desde pequeño me criaron para ser una máquina, para no amar, para no llorar.
Recordó, con una claridad dolorosa, los días de su infancia. Mi madre... ella nunca me miró con amor. Era la amante de mi padre, Julio Díaz. Él la amaba de un amor enfermizo, obsesivo. Mató al hombre que ella realmente amaba, la encerró, la alejó de todo lo que conocía y amaba. Yo nací producto de ese abuso, de esa posesión malsana. Mi madre me despreciaba; para ella, yo solo era la marca de su cautiverio. Con solo cinco años, ella me decía: "Nadie amará jamás a una basura como tú".
Un dolor sordo le atravesó el pecho al recordar a su cachorro, Rufo. Era mi único amigo, mi única debilidad. Pero mi padre... él me obligó a matarlo con mis propias manos. "Un Díaz no tiene debilidades", me dijo. Desde entonces, aprendí a matar todo sentimiento dentro de mí. Mi madre desapareció cuando tenía quince años, y yo quedé bajo el mando de ese monstruo, aprendiendo a ser igual o peor que él. No tengo empatía, no tengo remordimientos. Soy frío como el hielo, y no me importa destruir a quien sea para conseguir lo que quiero.
Abrió los ojos, y en ellos ardía una llama oscura dirigida hacia mí. Pero con Adelfa... con ella es diferente. Quiero destruirla, romperla, verla suplicar... pero también quiero hacerla mía, que sea mi igual, mi compañera en la oscuridad. La única forma de amor que conozco es destruyendo lo que amo, arrancándolo todo hasta que solo quede lo esencial... pero ella es más fuerte que todo lo que he conocido. Ella hace que mi corazón se acelere y desee ver de qué es capaz. Quiero corromperla completamente y ver hasta dónde puede llegar su maldad... porque quizás, solo quizás, ella sea la única que pueda sobrevivir a mi lado.
Mientras tanto, en la gran mansión de los Díaz, Don Julio Díaz observaba con odio una fotografía mía que tenía en su escritorio. Sus dedos arrugados acariciaban el cristal con una rabia contenida.
—Adelfa Sterling... —murmuró con voz rasposa y llena de veneno—. Te atreves a meterte con mi familia, a humillar a mi nieto y a desafiar mi autoridad. Creo que no sabes con quién te has metido. Te haré desear una muerte lenta. Te destruiré poco a poco, romperé tu orgullo, tu belleza, tu nombre... te dejaré rota, suplicando piedad que nunca llegarás. ¡Jajajajaja!
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔