A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 9
Capítulo 9
Bloqueada en la carretera
Hice el balance de aquel mes absurdo.
Me casé con Diego. Él me engañó casi de inmediato. Me echó de la vida que habíamos construido en quince días. Camila intentó incriminarme. Diego me exigió borrar el video con la verdad. Y encima hablaba de castigos contra mi familia.
No era una relación fallida.
Era una venganza.
No llamé a mis padres. Estaban en Europa, felices, celebrando que por fin su hija se había casado y ellos podían viajar sin culpa. Me habían pedido que no los molestara a menos que estuviera embarazada o presa. No estaba ninguna de las dos cosas, aunque con mi suerte podía acabar en cualquiera.
Lucía seguía rara después de mi comentario sobre los hijos no reconocidos. Le compré pastel para pedir perdón sin hacer ceremonia. Nuestra amistad funcionaba así: menos discursos, más comida.
En Naranja, el día empezó con fans de Camila bloqueando la entrada. Carmen me llamó antes de que cruzara la calle.
—No entres. Están furiosos porque Grupo Alcázar la sacó de El Encanto.
—¿Ya?
—Ya. Y como no pueden gritarle a Santiago, vienen por ti.
Decidí volver con Lucía.
Compré pastel de matcha y tomé una vía rápida. No había dormido bien; manejaba con la mente pesada. Entonces un deportivo negro se cruzó frente a mí. Bajó la velocidad y me impidió rebasar.
—Genial —murmuré—. Rico idiota en auto caro.
Luego vi al conductor.
Santiago Alcázar.
Por seguridad, me orillé. Él también.
—¿Sabe que esto es infantil? —le dije al bajar.
—Depende de qué parte.
—La parte donde usa un auto como berrinche.
—Quería hablar.
—Los adultos llaman.
—Usted no contesta cuando no quiere.
Tenía razón, pero no se lo iba a conceder.
Santiago mencionó a mis padres y yo salté como si me hubiera tocado una herida.
—Con ellos no se juega —dije.
Él me miró con interés.
—Diego lo sabe. Por eso los usa.
—¿Qué encontró?
—Una historia vieja. Una mujer llamada Clara Navarro. Una acusación contra su padre. Y una razón para que Diego crea que destruirla a usted es justicia.
Mi rabia bajó de temperatura y se volvió miedo.
—Hable claro.
—No aquí.
—¿Es una orden?
—Es una invitación.
—Sus invitaciones parecen secuestros.
—Puede seguirme en su auto. Envíe su ubicación a Lucía si le da tranquilidad.
Lo hice.
Tal vez no era confianza. Era curiosidad con cinturón de seguridad.
El camino nos llevó a una clínica privada fuera de la ciudad. Jardines perfectos, fuentes pequeñas, personal discreto. Santiago explicó que era un centro de tratamiento para pacientes de familias con dinero.
—¿Clara está aquí?
—Sí.
La vimos bajo un árbol. Cabello largo, rostro delgado, libro abierto sobre las piernas. No parecía peligrosa ni misteriosa. Parecía rota.
Un médico nos explicó que su memoria se había quedado atrapada en la universidad. Había intentado quitarse la vida varias veces.
Me dolió sin conocerla.
Después, Santiago dijo la frase que me partió la mañana:
—Hace siete años, según Diego y Teresa, su padre participó en una agresión contra Clara.
—No.
—Eso cree Diego.
—Mi padre no haría algo así.
—Entonces tendrá que probarlo.
Quise odiar a Santiago por decirlo tan frío. Pero una parte de mí agradeció que no fingiera dulzura. Si la acusación existía, necesitaba hechos, no consuelo.
—¿Hay pruebas?
—Dicen que un video.
—¿Lo tiene?
—No todavía.
Todavía.
Esa palabra me dio una esperanza mínima.
Al volver al auto, Santiago añadió otra pieza.
—Diego no se casó solo por venganza emocional. También está Dulces Salcedo.
La empresa de mi familia.
—Cuando se casó, recibió acciones y bienes de sus abuelos. Diego intentará pelear una parte. Y si Roberto le da poder dentro de Grupo Alcázar, podría presionar a su familia desde varios frentes.
El mundo volvió a inclinarse.
—¿Me está diciendo que mi matrimonio fue una trampa financiera?
—Le digo que es posible.
Me eché a llorar.
No de tristeza romántica. De vergüenza. De furia. De pensar en mi abuelo, mis padres, mi familia entera metida en riesgo porque yo creí en un hombre que me llevaba flores.
Santiago se quedó incómodo, luego me ofreció un pañuelo.
—Diego no tendrá control sobre Grupo Alcázar —dijo—. No mientras yo pueda impedirlo.
Levanté la vista.
—Usted quiere detenerlo. Yo también.
—Parece que sí.
Me limpié la cara.
—Entonces cooperamos. Usted protege su empresa, yo mi familia.
—¿Y ser mi mujer?
—Nominalmente. No se emocione.
Santiago me miró, y por una vez casi sonrió sin veneno.
—Valeria, usted llora feo.
—Y usted consuela peor.
No era una alianza bonita.
Pero era una alianza.