Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 9
Valentina se sentó frente al ordenador del despacho de Alejandro, con una taza de café frío a su lado. Había pasado casi una hora revisando los correos electrónicos de la empresa – contestando mensajes de proveedores, organizando citas y archivando documentos, tal como él le había pedido antes de marcharse.
—Si alguna vez necesitas que alguien gestione las cosas mientras estoy fuera, eres la única en quien confío —le había dicho, y Valentina se había sentido honrada de poder ayudarle.
Estaba a punto de cerrar la sesión cuando apareció un nuevo correo en la bandeja de entrada, con el asunto: "Te extraño más de lo que puedo decir". El remitente era solo un nombre: Sofía.
Valentina frunció el ceño. El nombre le resultaba familiar, pero no lograba acordarse de dónde lo había escuchado. Decidió abrirlo – podría tratarse de un correo de negocios que había llegado a la cuenta personal de Alejandro por error.
El mensaje era corto, pero cada palabra le cortó el aire:
"Mi amor, ya no puedo esperar más para verte. Los momentos que pasamos juntos en Nueva York fueron los mejores de mi vida – nunca olvidaré cómo bailamos en la terraza del hotel, cómo te reíste con mis chistes tontos, cómo me abrazaste cuando llovió ese día. Sé que tienes que terminar las cosas con ella, pero te pido que lo hagas pronto. Ya estoy de vuelta en Madrid y no puedo estar lejos de ti más tiempo. Te amo, Sofía."
Valentina se quedó helada en la silla, con los ojos fijos en la pantalla. La sangre se le heló en las venas y sintió cómo el corazón le daba un vuelco tan fuerte que le dolió el pecho. Sofía. Ahora recordaba – era la antigua novia de Alejandro, la que todos decían que se había marchado a vivir a París hace años, la que nunca mencionaba en casa porque, según Carolina, "había sido una mala influencia para él".
Las palabras del mensaje daban vueltas en su cabeza: "los momentos que pasamos juntos en Nueva York", "tienes que terminar las cosas con ella". Ella sabía que "ella" era ella misma. Todas las dudas de días anteriores cobraban sentido de golpe: las facturas del hotel en SoHo, las compras de ropa femenina, las llamadas cortas y distantes. No había sido un regalo sorpresa ni un error de planes – Alejandro la estaba engañando con su antigua novia, la que todos creían que se había ido para siempre.
Se pasó la mano por la boca, tratando de contener el nudo en la garganta que la impedía respirar. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, calientes y silenciosas. Miró alrededor del despacho – los libros, los papeles, la foto de ellos dos en la boda que estaba sobre el escritorio – y sintió cómo todo lo que había creído en su matrimonio se venía abajo como un castillo de naipes.
Intentó pensar con claridad. ¿Qué debía hacer? ¿Llamarlo de inmediato y enfrentarlo? ¿Escribirle un correo diciéndole que había visto el mensaje? ¿O guardarlo todo en silencio, como había hecho con todo lo demás?
Se levantó de la silla con las piernas temblorosas y fue a la ventana del despacho, mirando al jardín donde había pasado tantas horas tratando de cuidar las plantas para agradar a su suegra. El sol brillaba con fuerza, pero para Valentina el mundo se había vuelto gris y frío.
Recordó todas las veces que había callado las críticas de la familia, todas las veces que había renunciado a sus propios deseos por él, todas las esperanzas que había puesto en su regreso. Y ahora descubría que mientras ella sufría sola en esa casa grande y fría, él estaba disfrutando con otra mujer en Nueva York, prometiéndole que terminaría con ella.
Se volvió hacia el ordenador y cerró el correo electrónico con un movimiento mecánico. Luego borró el mensaje de la bandeja de entrada y vació la papelera, asegurándose de que no quedara rastro de lo que había visto. No sabía por qué lo hacía – quizás porque aún no quería aceptar la verdad, quizás porque tenía miedo de perderlo, quizás porque creía que si no mencionaba nada, aún quedaría alguna posibilidad de que las cosas cambiaran.
Salió del despacho y cerró la puerta con suavidad, como si estuviera cuidando un objeto frágil que pudiera romperse en cualquier momento. Subió a su habitación, se encerró dentro y se tiró en la cama, llorando a solas con su dolor. No dijo nada a nadie – doña Elena ni Carolina sospecharon nada cuando la vieron bajar horas después con los ojos hinchados, diciendo que se sentía un poco mal.
Valentina decidió guardar ese mensaje como otro más de sus secretos. Porque aún amaba a Alejandro, porque aún creía que quizás todo había sido un error, porque aún tenía esperanza de que cuando regresara, él eligiera a ella. Así que calló la verdad que le había roto el corazón, llevándola como un peso más en su alma.