Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 9: La sorpresa más rara de mi vida
Ese día decidí salir.
No quería quedarme otra vez encerrado en la mansión, con ese silencio que ya me estaba volviendo loco. Era de esos días donde uno simplemente dice: “necesito aire”, aunque no sepa exactamente para qué.
Me subí al carro.
El blindado.
Un Toyota Land Cruiser blindado, negro, pesado, de esos que parecen más de seguridad que de paseo.
Encendí y salí sin avisar mucho.
—“Voy a dar una vuelta” —dije por decir algo.
Y ya.
La carretera de Manzanares estaba tranquila, como siempre. La bruma bajaba suave, el aire frío entraba por la ventana apenas bajada. Yo iba manejando relajado, con la mente en cualquier cosa y en nada al mismo tiempo.
Pensando en todo lo que había pasado ese año.
En la universidad.
En Isabela.
En la vida en general.
Y de repente…
todo se volvió raro.
Una moto se me atravesó de golpe.
—“¡Ey!” —grité frenando duro.
El carro se detuvo de golpe.
El corazón me dio un salto.
—“¿Qué les pasa?” —dije molesto, bajando un poco el vidrio.
La moto se quedó justo al frente.
Dos manes.
Encapuchados.
El de atrás se bajó rápido.
El que iba manejando se quedó en la moto.
El que se bajó caminó directo hacia mí.
—“Hágame el favor y bájese” —dijo grosero.
Yo fruncí el ceño.
—“¿Cómo así? ¿Ustedes quiénes son?”
—“No pregunte tanto, bájese.”
Yo ya estaba alterado.
—“No me voy a bajar de ninguna parte, parce. ¿Ustedes están locos o qué?”
El man se acercó más.
—“Tranquilo, no es nada malo. Solo haga caso.”
Yo miré la moto, miré la calle, miré todo.
—“Esto parece un secuestro, ¿sí saben eso o no?”
El man soltó una risa leve.
—“Cállese pues, confíe.”
Yo apreté la mandíbula.
—“Qué confianza ni qué nada…”
Pero algo en su tono… no era amenaza real.
Era raro.
Como actuación.
—“Bájese” —repitió.
Respiré hondo.
—“Listo, pero esto está muy raro.”
Abrí la puerta.
Me bajé.
Y en ese mismo momento…
el man que iba atrás en la moto se subió rápido al carro mío.
—“Ey, ey, ey, ¿qué hacen?” —dije sorprendido— “¿por qué se suben al carro mío?”
—“Tranquilo, yo lo manejo” —dijo el encapuchado desde la moto.
—“¿Cómo así que usted lo maneja? ¡Ese carro es mío!”
—“Confíe pues.”
El otro man me puso una capucha en la cabeza.
—“No mire.”
—“¡Ey, no joda! ¿qué es esto?” —dije riéndome nervioso.
—“Es sorpresa, no se preocupe.”
Yo ya estaba entre confundido y medio asustado.
—“Yo pensé que me estaban secuestrando en serio, parce.”
El man de la moto soltó una risa.
—“Cállese pues.”
Sentí el carro arrancar delante de nosotros.
Y la moto detrás.
—“¿Usted está manejando mi carro?” —dije desde la capucha.
—“Sí.”
—“¡Ustedes están locos!”
—“Relájese.”
El viaje fue corto.
Yo iba pensando mil cosas.
—“Si esto es una broma, les juro que me las van a pagar…” —murmuré.
Nadie respondió.
Solo el sonido del motor.
Y de repente…
pararon.
—“Listo” —dijo uno.
Me bajaron.
Sentí piso de tierra.
Me guiaron caminando.
—“No se quite la capucha todavía.”
—“No, pues… esto está muy raro.”
Caminamos unos segundos.
—“Ya.”
Me quitaron la capucha.
Y abrí los ojos.
Había luces.
Música.
Gente.
Una finca grande decorada.
Globos.
Una mesa enorme.
Y una torta gigante.
—“¡SORPRESA!” —gritaron todos.
Me quedé quieto.
En shock.
Mirando todo.
Había compañeros de la universidad.
Amigos del colegio.
Risas.
Música alta.
Ambiente lleno.
Yo parpadeé varias veces.
—“¿Qué…?” —dije lento.
Me acerqué un poco.
—“¿Ustedes están locos o qué?”
Uno de mis amigos, Mateo Giraldo, se acercó riéndose.
—“Parcero, feliz cumpleaños.”
Yo lo miré serio todavía.
—“Yo pensé que me habían secuestrado.”
Todos se rieron.
Otro amigo, Daniel Ocampo, dijo:
—“Ese era el plan, que te asustaras un poquito.”
—“¿Un poquito? ¡Casi me muero!”
Más risas.
La música seguía.
La gente bailando.
El ambiente estaba vivo.
Yo miré la torta.
Mi nombre.
23 años.
Me acerqué despacio.
—“No me hagan esas cosas otra vez…” —dije soltando aire— “yo de verdad pensé lo peor.”
Mateo me dio una palmada.
—“Pero mirá la cara que pusiste, valió la pena.”
Yo negué con la cabeza, todavía procesando.
—“Están locos, en serio.”
Una amiga de la universidad se acercó.
—“Feliz cumpleaños, Edwin. No podíamos dejarlo pasar así.”
Yo respiré hondo.
Miré alrededor otra vez.
Risas.
Música.
Gente.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no había silencio.
—“Bueno…” —dije bajito— “gracias, en serio… me sacaron de la rutina.”
Y aunque aún estaba medio en shock…
por dentro se sentía raro.
Pero no malo.
Solo diferente.