un caos en tacones
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Capitulo 2
El arte de domar a un oso ruso (con modales)
¡Agárrense! Porque aquí tenemos a David contra Goliat, pero David usa tacones de diez centímetros y tiene una maestría en psicología infantil. Alek está acostumbrado a que la gente se orine del miedo con solo verlo respirar, pero Renata... ah, mi querida Renata no tiene el instinto de preservación muy desarrollado cuando de defender su espacio se trata.
Alek bajó del auto por completo, desplegando su metro noventa de traje hecho a medida y una presencia que habría silenciado una catedral. Sus ojos, fríos como un invierno en Siberia, recorrieron a la mujer que apenas le llegaba al pecho.
—¿Me acabas de llamar "Gigante de Vitrina"? —preguntó Alek, bajando la voz hasta un barítono peligroso.
Renata no pestañeó. Al contrario, entornó sus expresivos ojos color avellana, esos que podían pasar de "dulce maestra" a "juez de la inquisición" en un segundo.
—Si el saco te queda, póntelo —respondió ella, acomodándose un rizo rebelde con una elegancia que descolocó al ruso—. Pero además de gigante, pareces sordo. Te pedí que movieras este tanque. Estás bloqueando una zona escolar y mi salida privada. ¿O es que en tu país las señales de tránsito son solo sugerencias decorativas?
Desde el asiento del copiloto, una carcajada estalló. Ivan, la mano derecha de Alek y su mejor amigo (el único con permiso para seguir vivo después de reírse de él), bajó la ventanilla. Ivan era la antítesis de Alek: sonrisa fácil, mirada traviesa y cero ganas de parecer imponente.
—¡Ja! Alek, creo que la muñeca de porcelana te acaba de dar una clase de civismo —se burló Ivan, limpiándose una lágrima de risa—. ¡Es hermosa y te está barriendo el piso!
Alek lanzó una mirada asesina a Ivan, pero luego volvió a mirar a Renata. Ella estaba ahí, con su carita de ángel, su piel blanca impecable y una postura tan digna que lo hacía sentir extrañamente... torpe
—Escucha, mujer —dijo Alek, dando un paso hacia ella para intimidarla con su sombra—. No sabes con quién estás hablando. Podría hacer que este lugar desaparezca mañana si quisiera.
Renata soltó una risita seca, cargada de una inteligencia afilada.
—Oh, entiendo. El complejo de inferioridad es fuerte en ti. Necesitas amenazar con "hacer desaparecer cosas" porque no tienes la capacidad intelectual para ganar un argumento con palabras —lo miró de arriba abajo con una mezcla de lástima y burla—. Mira, "Terminator", tengo veinte niños de cinco años que tienen mejores modales y más vocabulario que tú. Así que, o mueves el auto, o saco mi teléfono, llamo a tránsito y les explico que un modelo de pasarela malhumorado está obstruyendo la vía pública. ¿Entendido?
¡BOOM! Directo al orgullo ruso. Miren la cara de Alek, está procesando que una mujer que huele a vainilla y pegamento de colores lo acaba de llamar "modelo de pasarela malhumorado". Ivan se va a ahogar de la risa, lo veo venir.
Ivan, efectivamente, estaba golpeando el tablero del auto, asfixiado por la risa.
—¡"Modelo de pasarela"! ¡Alek, por favor, muévete que la señorita tiene prisa por ir a leer cuentos! —gritó Ivan entre hipos.
Alek apretó la mandíbula. Nadie, absolutamente nadie, le hablaba así. Su mano derecha se cerró en un puño, pero al ver la mirada decidida y los ojos vibrantes de Renata, algo en su frío interior hizo un extraño "clic". Era como una muñequita furiosa, pero con el cerebro de un estratega.
—Tienes agallas —masculló Alek, con una media sonrisa sexy que habría derretido a cualquiera, menos a Renata.
—Tengo un horario, que es diferente —replicó ella, sacando las llaves de su auto—. Mueve el coche. Ahora
Alek, por primera vez en su vida criminal, obedeció a alguien que no fuera su propio instinto de poder. Entró al coche sin decir palabra, pero antes de subir el vidrio, clavó sus ojos azules en los de ella.
—Nos volveremos a ver, maestra.
Renata le dedicó una sonrisa falsamente dulce, de esas que usa con los padres de familia difíciles.
—Espero que para entonces ya hayas aprendido a estacionar. Adiós, ruso.
Ella se subió a su coche como si nada hubiera pasado, pero Alek se quedó mirando por el retrovisor. Ella no sabe que acaba de regañar al hombre más peligroso de la ciudad, y él no sabe que acaba de encontrar a la única mujer que no le tiene miedo. Esto se va a poner... explosivo
besos xxx