Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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vestigios del pasado
La investigación no avanzaba. Darío llevaba tres días pegando fotos en la pared de su cubículo, trazando líneas rojas entre víctimas antiguas y nuevas, leyendo informes forenses hasta quedarse dormido sobre el escritorio. El café ya no le hacía efecto. Ni siquiera el pensamiento recurrente en Carlos lograba despejar la niebla de frustración que lo envolvía.
Hasta que Marcos llegó con una libreta sudada y una sonrisa de oreja a oreja.
—Encontré algo —dijo, dejando caer la libreta sobre el montón de papeles—. El mercado central no es el único punto común. Todas las víctimas, las de hace nueve años y las de ahora, fueron vistas por última vez en la misma cuadra. La calle de los burdeles.
Darío enderezó la espalda.
—¿El mismo burdel?
—No. La misma cuadra. Pero hay uno que se repite en los testimonios de los pocos testigos que hablaron en su momento. Se llama El Paraíso. Tiene fama de tráfico de Omegas, pero nunca han podido probarle nada. Dueño fantasma, clientes selectos, puertas que se abren solo con referencias.
—¿Y cómo vamos a entrar?
Marcos sonrió. Esa sonrisa que significaba "ya lo pensé".
—Con referencias falsas. Y con tu cara bonita.
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Tres horas después, Darío se miraba en el espejo del baño de la comisaría. Se había cambiado. Jeans negros ajustados, camisa de seda oscura desabrojada un par de botones, una chaqueta de cuero que no era la suya (se la pidió prestada a Marcos) y una cadena de plata que colgaba sobre su pecho. Se había perfumado con algo fuerte, de esas fragancias comerciales que cualquier Alfa creído usaría para impresionar. No su olor natural. No el cedro y la pimienta. Eso lo guardaba para Carlos.
—Pareces un narco de serie —dijo Marcos desde la puerta.
—Esa es la idea.
—Llevas el micrófono oculto?
Darío se tocó el cuello. El pequeño botón de goma estaba pegado a su camisa, del color de la tela.
—Sí. Y la grabadora en el bolsillo interior. Y la pistola en el tobillo.
—No vas a necesitar la pistola.
—Nunca se sabe.
Salieron de la comisaría. Marcos lo dejaría a dos cuadras de El Paraíso y lo esperaría en la camioneta, con el equipo de escucha encendido. Si algo salía mal, entrarían con todo. Pero Darío confiaba en que nada saldría mal. Solo quería mirar. Preguntar. Oler.
El burdel no parecía gran cosa desde afuera. Una puerta negra, sin letrero, en medio de una fachada gris y sucia. Pero Darío conocía esos lugares. La fachada era parte del negocio. Adentro, todo era lujo y silencio.
Tocó el timbre. Una mirilla se abrió. Un par de ojos fríos lo escrutaron.
—¿Viene de parte de quién?
—De parte de un amigo común —respondió Darío, con el nombre que Marcos le había dado—. El licenciado Rojas.
La puerta se abrió.
Adentro olía a incienso barato y a sudor disimulado con perfume. Luces rojas. Cortinas de terciopelo. Música baja, sensual, pegajosa. Omegas jóvenes, demasiado jóvenes, vestidos con ropa transparente, recostados en sofás de cuero, mirando a los clientes con ojos vacíos. Darío sintió un nudo en el estómago. Los reconoció. No a ellos personalmente, pero sí el tipo de mirada. La de quien ha perdido la esperanza.
Un Alfa grande, con traje negro y cara de pocos amigos, se acercó.
—¿Qué busca?
—Compañía —respondió Darío, con la voz más despreocupada que pudo—. Algo nuevo. Algo que no se consiga en cualquier lado.
El Alfa lo miró de arriba abajo. Evaluó la ropa, la cadena, la actitud. Asintió.
—Pase. Tengo algo que le va a gustar.
Lo condujo por un pasillo alfombrado, pasado de fragancia. En las paredes, cuadros de paisajes irreales, de esos que ponen para que nadie recuerde dónde está. Darío contaba los pasos, memorizaba las puertas, las salidas. El micrófono captaba todo.
Llegaron a una habitación más íntima. Un bar. Algunos clientes sentados en taburetes, Omegas de rodillas a sus pies. Darío pidió una copa que no pensaba beber. Mientras esperaba, observaba.
Fue entonces cuando lo vio.
Un Alfa. Alto. piel color como el trigo. Con una mandíbula cuadrada y ojos fríos que miraban el mundo como si fuera suyo. Estaba al fondo, junto a la barra, con un Omega colgado del brazo. El Omega reía, pero sus ojos no. Darío no lo conocía, pero algo en su forma de estar, en la manera en que el Alfa sujetaba la muñeca del Omega con demasiada fuerza, le heló la sangre.
Ese, pensó sin saber por qué. Ese es el tipo de hombre que destroza a los Omegas.
El Alfa levantó la vista. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Darío no desvió los ojos. Tampoco sonrió. Solo sostuvo la mirada, como hacen los depredadores cuando se reconocen.
Luego, el Alfa se dio la vuelta y desapareció por una puerta trasera, arrastrando al Omega con él.
Darío exhaló. No se había dado cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
—¿Está bien, señor? —preguntó el camarero.
—Sí —respondió Darío, dejando unos billetes sobre la barra—. Solo pensé que había visto un fantasma.
Salió de El Paraíso sin mirar atrás. La camioneta de Marcos lo esperaba a dos cuadras. Subió. Cerró la puerta. Se quedó en silencio un momento.
—¿Qué pasó? —preguntó Marcos—. Te pusiste blanco.
—Nada —mintió Darío. Pero su mano temblaba al quitarse el micrófono del cuello.
No sabía quién era ese Alfa. Pero algo en su interior le decía que no era la última vez que lo vería.
Y que, de alguna forma, ese hombre estaba conectado con Carlos.
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En una habitación remota del burdel, un Omega de aspecto lindo pero demacrado estaba de rodillas. En su juventud demostraba haber sido muy hermoso, pero de eso ya había pasado bastante tiempo. Tenía las manos amarradas a la espalda con alambre. La hermosa blusa de seda que llevaba puesta se encontraba rota en la espalda por unos cuantos latigazos que ardían.
Frente a este Omega se encontraba aquel hombre que Darío había visto por corto tiempo. Estaba en un sofá amplio de cuero, con una pequeña entre sus piernas. Nadie sabía su verdadera edad, pero su pequeña cara no mostraba el paso de muchas primaveras. Otro chico estaba a su espalda haciendo un masaje y uno más estaba a un lado con un vaso que contenía algún trago demasiado costoso. Si derramaba una gota, sería descontado de su paga.
En los ojos de aquel Omega amarrado, mientras veía a su pareja haciendo esto, solo se podía ver odio. Rabia. Mientras que en su mente solo contaba los segundos para llevar a cabo su plan.
No el plan de matar a este alfa, No. Ese plan aún no estaba listo. Su plan era más simple por ahora: sobrevivir. Esperar. Y cuando llegara el momento, destruir todo lo que Esteban amaba.