Esmeralda "La Dama de Hierro" Durán. Con una mente tan afilada como sus tacones de aguja, Esmeralda es la jefa indiscutible del "Casino del Mal" y de todo el submundo criminal que lo rodea. Elegante, astuta y con un sentido del humor tan negro como su café matutino, no teme ensuciarse las manos, aunque prefiere que sus guardaespaldas lo hagan. Su dominación no se basa en la fuerza bruta, sino en la inteligencia, la manipulación psicológica y una habilidad innata para hacer que la gente haga exactamente lo que ella quiere, a menudo sin que se den cuenta. Es una maestra del disfraz emocional, capaz de pasar de un encanto desarmante a una frialdad glacial en cuestión de segundos. Su único punto débil... si es que se le puede llamar así, es su adoración por Señor Bigotes.
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Capítulo 2: El Arte de la Venganza (y el Desayuno con Diamantes)
La resaca de la humillación de Don Fabrizio Bianchi se sentía en el Casino del Mal como una ola de aire fresco y chismorreo. Los crupieres hacían sus apuestas discretas sobre cuánto tiempo tardaría el "Encantador de Serpientes" en planear su venganza, mientras los guardias de seguridad, con sonrisas apenas disimuladas, se pasaban el dato de que el tal Don Fabrizio había tenido que ser "desenredado" de los flamencos inflables por sus propios hombres, no sin antes propinarle un par de patadas accidentales a Cleopatra, quien, según los reportes, no lo había tomado nada bien.
Esmeralda, ajena a los detalles más escabrosos de la retirada de su rival, disfrutaba de su victoria matutina con un té de jazmín y una pila de croissants de almendra. El Señor Bigotes, sentado en su propia silla en el cabecero de la mesa, masticaba un hueso de cuero orgánico con la solemnidad de un juez. La oficina de Esmeralda, bañada en la tenue luz del amanecer que se colaba por las persianas, era su santuario de paz antes de que el caos del día se apoderara de ella.
"¿Estás seguro de que no quiere un poco de croissant, Señor Bigotes?", preguntó Esmeralda, ofreciéndole un trozo diminuto. El chihuahua, con un movimiento de cabeza que parecía una negación muy educada, continuó con su hueso. "Entiendo. Hay que mantener la figura, ¿verdad? Y el aura de misterio."
Leonardo entró en la oficina con un iPad en la mano, su rostro una mezcla de preocupación y diversión contenida. "Jefa, las noticias corren rápido. Don Fabrizio está furioso. Ha jurado venganza... y ha prometido que esta vez no habrá flamencos."
Esmeralda arqueó una ceja. "Qué lástima. Me había encariñado con el rosa. ¿Y cuál es su plan de venganza, querido Leonardo? ¿Un ataque de serpientes entrenadas para morder tobillos? ¿O quizás una campaña de desprestigio donde diga que mi té de jazmín es de segunda?"
"Peor", dijo Leonardo, deslizando el iPad hacia ella. La pantalla mostraba la portada de un periódico digital, con un titular en negrita: "Don Fabrizio Bianchi Anuncia Mega-Casino en Frente del 'Casino del Mal': ¿La Guerra de la Mafia ha Comenzado?"
Esmeralda tomó el iPad y leyó el artículo, una sonrisa lenta y calculada extendiéndose por su rostro. "Vaya, vaya. Nuestro Don tiene ambiciones arquitectónicas. ¿Un mega-casino? Justo en frente. Eso es tan sutil como un elefante en una cristalería. O un flamenco inflable en una red."
"Dice que será el casino más grande y ostentoso de la ciudad, con lo último en tecnología de juego y un servicio impecable. Una competencia directa, jefa", explicó Leonardo, preocupado.
"Competencia", repitió Esmeralda, sin inmutarse. "La competencia es buena, Leonardo. Agudiza el ingenio. Y, en nuestro caso, el sentido del humor. ¿Qué tiene él que nosotros no tengamos?"
"Bueno... serpientes amaestradas", murmuró Leonardo.
Esmeralda soltó una carcajada. "Aparte de eso, me refiero. Tenemos lealtad, discreción, y los mejores camareros que saben cuándo necesitas otro martini sin que se lo pidas. Y tenemos al Señor Bigotes, que, aunque no haga trucos de magia, tiene una presencia que intimida a los gorilas más grandes."
El Señor Bigotes, como si hubiera entendido su nombre, ladró suavemente, agitando la cola.
"De acuerdo", dijo Esmeralda, poniéndose de pie. Su mirada se posó en el mapa de la ciudad que cubría una de las paredes de su oficina. "Si Don Fabrizio quiere una guerra de casinos, la tendrá. Pero no será una guerra de músculo, sino de cerebro. Y, sobre todo, de estilo."
Esa tarde, Esmeralda convocó a su equipo de confianza: Leonardo, su lugarteniente; Sofía, la brillante estratega de marketing con un talento para el sarcasmo; y Marco, el experto en tecnología que podía hackear cualquier cosa, desde el sistema de seguridad de un banco hasta la máquina expendedora de dulces.
"Don Fabrizio cree que la clave del éxito es el tamaño y el brillo", comenzó Esmeralda, paseándose por la sala. "Nosotros le demostraremos que la calidad, la experiencia y, por supuesto, una buena dosis de comedia, pueden desmantelar cualquier imperio de egos inflados."
Sofía, siempre dispuesta a una buena batalla de ingenio, sonrió. "¿Qué tenemos en mente, jefa? ¿Una campaña de desprestigio donde revelamos su adicción al karaoke con canciones de amor de los 80?"
Esmeralda se rio. "Tentador, Sofía, muy tentador. Pero vamos a apuntar más alto. Marco, necesito que investigues todo lo que puedas sobre el nuevo casino de Don Fabrizio. Cada plano, cada contrato, cada proveedor. Quiero saber hasta qué tipo de toallas van a usar en los baños."
Marco asintió, sus dedos ya volando sobre el teclado de su portátil. "Considera hecho, jefa. En unas horas tendré un perfil completo del enemigo."
"Y Sofía", continuó Esmeralda, su mirada brillando con picardía, "quiero que diseñes una campaña de marketing que haga que el Casino del Mal sea irresistible. Algo que combine la exclusividad, el lujo, y un toque de nuestra... particularidad."
"¿Te refieres a la particularidad de tener un chihuahua con esmoquin que es más respetado que la mayoría de los socios?", preguntó Sofía.
"Exacto", respondió Esmeralda. "Y, Leonardo, necesito que supervises el mantenimiento del casino. Quiero que cada rincón brille, que cada trago esté perfecto y que cada crupier sonría como si acabara de ganar la lotería. La perfección es nuestra venganza más dulce."
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad en el Casino del Mal. Marco descubrió que Don Fabrizio había invertido una fortuna en un sistema de sonido de última generación, pero había recortado gastos en los generadores de respaldo. Sofía diseñó anuncios elegantes y misteriosos que insinuaban una experiencia de juego "donde la fortuna no es lo único que se arriesga" y mostraban siluetas de personas riendo a carcajadas. Y Leonardo, con el Señor Bigotes supervisando cada detalle, se aseguró de que el casino estuviera impecable, desde los dados pulidos hasta las orquídeas frescas en cada mesa.
El día de la inauguración del "Mega-Casino Bianchi" llegó con bombos y platillos, y una alfombra roja tan larga que casi llegaba al Casino del Mal. Don Fabrizio, con un esmoquin que parecía recién salido de un anuncio de colonia, daba entrevistas a periodistas, proclamando la "nueva era del entretenimiento" y lanzando miradas victoriosas al modesto Casino del Mal que se erigía al otro lado de la calle. Cleopatra, más grande que nunca, se exhibía con un collar de diamantes.
Pero Esmeralda no era de las que se dejaban intimidar por el brillo de los diamantes ajenos. En el Casino del Mal, las luces eran más tenues, la música más envolvente y el ambiente, electrizante. Los invitados llegaban en masa, atraídos por la curiosidad y por los rumores de que Esmeralda Durán tenía algo especial preparado para la noche.
Mientras Don Fabrizio brindaba con champán y se vanagloriaba de su visión, en el Casino del Mal, Esmeralda activó su plan. Marco, desde su terminal, manipuló el sistema de sonido del Mega-Casino Bianchi. En lugar de la música de ambiente esperada, los altavoces comenzaron a emitir una canción de salsa muy pegadiza, pero con la voz distorsionada de Don Fabrizio cantando desafinadamente sobre "su amor por las serpientes y los pañuelos de seda".
El efecto fue instantáneo. La música, inicialmente desconcertante, se convirtió en una fuente de risas contenidas y miradas de confusión. Don Fabrizio, que estaba a punto de dar un discurso, se puso blanco como la cera. Intentó detener la música, pero Marco había asegurado el bucle. La salsa con la voz del "Encantador de Serpientes" se repetía una y otra vez, eclipsando cualquier intento de solemnidad.
Y, como toque final, Sofía había orquestado una pequeña sorpresa en la calle. Un camión, con una pantalla LED gigante, se estacionó justo frente al Mega-Casino Bianchi. La pantalla mostraba un video en bucle de Don Fabrizio, atrapado en la red de flamencos, con subtítulos cómicos que hacían referencia a su "nuevo hobby: la ornitología rosa".
El Casino del Mal, por su parte, rebozaba de clientes que disfrutaban de la música en vivo, los juegos emocionantes y la atmósfera de camaradería. Esmeralda, con el Señor Bigotes a sus pies, observaba el espectáculo desde la ventana de su oficina, con una sonrisa de satisfacción.
"Parece que nuestro Don no ha aprendido su lección", dijo Esmeralda a Leonardo. "El poder no se mide en el tamaño de tu casino, ni en la cantidad de diamantes de tu serpiente. Se mide en la capacidad de hacer reír a la gente... a costa de tus enemigos."
El Señor Bigotes ladró en señal de acuerdo, y Esmeralda le ofreció un pequeño diamante falso que había encontrado en el suelo. "Aquí tienes, campeón. Un desayuno con diamantes. Te lo has ganado."
La noche apenas comenzaba, y Esmeralda sabía que la guerra de casinos sería larga y llena de desafíos. Pero también sabía que, con ingenio, humor y un chihuahua leal, estaba más que preparada para reinar.