🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 8
Kassandra se quitó el sostén con un movimiento brusco, dejando que cayera al suelo. El aire frío de la habitación le erizó la piel, pero no le importó. Se deshizo también de las bragas, sintiendo cómo el encaje se enlazaba en sus tobillos antes de patearlo lejos.
Quedó desnuda, frente al espejo otra vez, pero esta vez no apartó la vista. Se miró. Realmente se miró. Las cicatrices apenas visibles en sus caderas—de cuando Fabián la había sujetado demasiado fuerte—. El moretón en forma de dedos en su muslo izquierdo, donde la había marcado la semana pasada —porque se le olvidó cómo caminar como una dama—. Los pezones duros por el frío, o quizá por algo más. Algo que no era miedo.
Se acercó al espejo, hasta que su aliento empañó el cristal. Con un dedo, trazó su propio reflejo, desde la garganta hasta el vientre, siguiendo la línea que Fabián siempre evitaba tocar—como si incluso en el sexo, ella fuera un mapa de territorios ajenos—. Pero ahora, bajo sus propios dedos, su piel temblaba. No por asco. No por dolor. Por algo que no podía nombrar.
Un sonido escapó de sus labios, algo entre un suspiro y un gemido, y se tapó la boca con la mano, como si alguien pudiera oírla. Como si Fabián pudiera aparecer de repente y recordarle que ni siquiera su placer le pertenecía. Pero estaba sola. Realmente sola. Por primera vez en años, no había sirvientes merodeando, ni guardias en el pasillo, ni el peso de su mirada juzgona tras la puerta.
Bajó la mano lentamente, deslizándola entre sus piernas. Estaba húmeda. No por él. No por obligación. Por ella. Por el simple hecho de estar viva, de respirar, de tener un cuerpo que, contra todo pronóstico, aún podía sentir. Los dedos se movieron en círculos lentos, explorando, como si fuera la primera vez. Cada roce enviaba un escalofrío por su columna, cada presión la hacía arquear la espalda sin querer.
—Joder— susurró, y el sonido de su propia voz, ronca y desesperada, la excitó más.
Se apoyó en el tocador, una mano en el mármol frío, la otra trabajando entre sus piernas con una urgencia que no había sentido en años. Los dedos se hundieron en su propia humedad, encontrando ese punto que hacía que las piernas le temblaran. No era suave. No era elegante. Era sucio, desesperado, como si estuviera robando algo que siempre le habían negado.
El placer subió por su vientre en olas calientes, cada vez más fuertes, hasta que un orgasmo la golpeó con una fuerza que la dejó sin aliento. Se mordió el labio hasta saborear sangre, conteniendo el grito que amenazaba con salir, mientras su cuerpo se sacudía contra su propia mano, los muslos temblando, su intimidad palpitando alrededor de sus dedos, como si no quisiera soltar el único momento de libertad que había tenido en años.
Cuando el último espasmo se desvaneció, Kassandra se quedó allí, jadeando, el sudor pegajoso en la piel, el corazón latiendo tan fuerte que casi le dolía. Se miró en el espejo otra vez. Los labios hinchados por los mordiscos, los ojos brillantes, el pelo pegado a la frente. Parecía otra. Parecía viva.
Con manos aún temblorosas, se limpió con un pañuelo de seda que encontró sobre el tocador—otro regalo de Fabián, otra ironía—, antes de bañarse, no sabía porque lo hizo, pero se sintió bien.
Luego, sin pensarlo dos veces, se puso una camiseta vieja de algodón, una que había escondido al fondo del cajón, y se metió en la cama. Las sábanas frías la envolvieron, pero esta vez no las sintió como una prisión.
Mañana iría a ver a su abuela; y eso bastaba para al menos esa noche, no recordar que estaba en una prisión.