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Entre Llamas Y Mareas: El Destino Del Avatar

Entre Llamas Y Mareas: El Destino Del Avatar

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Época / Romance
Popularitas:470
Nilai: 5
nombre de autor: Fachis Reyes

En el mundo de Avatar: La Leyenda de Aang, donde la paz parecía finalmente establecida, una amenaza resurge desde las sombras: el temido Loto Rojo. Mientras tanto, en la era moderna, una joven fanática revive por milésima vez la historia del Avatar en su tableta, completamente enamorada del príncipe Zuko. Lo que no imagina es que su destino cambiará para siempre cuando una misteriosa luz azul la transporta a ese mismo universo… pero no como espectadora, sino como una poderosa maestra agua.

Ahora, atrapada en Ciudad República, en un cuerpo que no es el suyo y con una nueva vida rodeada de secretos, descubre una conspiración que amenaza con destruir al Avatar Aang y romper el equilibrio del mundo. Al advertir al Equipo Avatar, se ve envuelta en una batalla peligrosa contra enemigos implacables, donde el honor, la lealtad y el amor serán puestos a prueba.

NovelToon tiene autorización de Fachis Reyes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un nuevo cuerpo

El primer sonido que escuchó no fue una voz, ni una alarma, ni el zumbido familiar de su tableta.

Fue agua.

Un murmullo suave, constante, como si pequeñas olas golpearan a la distancia contra piedra y madera. Un sonido limpio, fresco, casi hipnótico. Después sintió el viento, una brisa ligera que rozó su piel con una delicadeza desconocida. No olía a su habitación, ni a sábanas tibias, ni al cargador sobrecalentado de su tableta. Olía a sal, a río y a aire puro.

Sus pestañas temblaron.

Le pesaban los párpados como si hubiera dormido durante días enteros. Con un leve gemido, llevó una mano hacia su frente, sintiendo un ligero mareo que le revolvió el estómago. Todo daba vueltas. Su cabeza latía con fuerza, como si hubiese tenido un sueño demasiado intenso.

—Cinco minutos más… —murmuró, todavía medio dormida.

Pero en cuanto escuchó su propia voz, frunció el ceño.

No sonaba igual.

Abrió los ojos de golpe.

Lo primero que vio fue un cielo claro, despejado, de un azul casi imposible. No había techo. No había lámpara. No había paredes, ni posters, ni ropa doblada en la silla de su escritorio. Sobre ella se extendía una bóveda inmensa de luz y aire, atravesada por algunas nubes blancas que flotaban con calma.

Se incorporó de golpe.

—¿Qué…?

Estaba sentada sobre una superficie de piedra pulida, cerca de un pequeño canal de agua cristalina que corría a un lado de un sendero. Frente a ella se alzaban edificios altos y elegantes, con una mezcla perfecta entre modernidad y arquitectura de las cuatro naciones. Cúpulas, balcones, puentes de metal, banderines ondeando, ventanas amplias y mercados a lo lejos.

La gente caminaba a su alrededor.

Y no era gente común.

Un hombre levantó la mano y movió una caja con tierra control. Más allá, una mujer hizo girar una corriente de agua para llenar unos recipientes. Cerca de un puesto, un chico encendió unas farolas con una pequeña llama que brotó de sus dedos.

Ella se quedó completamente inmóvil.

—No… —susurró, respirando rápido—. No, no, no, no, no…

Se puso de pie tan deprisa que estuvo a punto de tropezar. Su corazón latía a una velocidad absurda. Giró sobre sí misma, observando las calles, los edificios, los puentes y el inmenso horizonte urbano.

Entonces lo vio.

A lo lejos, estaba el Templo Aire.

Su boca se abrió lentamente.

—Ciudad… República…

Sintió que las piernas le flaqueaban.

—No puede ser… no puede ser… esto no puede ser real…

Se llevó ambas manos al rostro, apretándose las mejillas como si así pudiera despertar de una vez. Pero no despertó. El aire seguía golpeando su piel. El sonido del agua seguía allí. El sol seguía calentándole los hombros.

Tragó saliva.

—Estoy soñando. Sí. Obvio estoy soñando. Seguro me quedé dormida viendo la serie y esto es como… un sueño demasiado elaborado. —Respiró hondo, intentando tranquilizarse—. Muy elaborado. Ridículamente elaborado.

Bajó la mirada a sus manos.

Y entonces el pánico cambió de forma.

Sus manos no eran las suyas.

Eran más finas, más delicadas, con dedos elegantes y uñas limpias, ligeramente más largas. Su piel era morena y suave. Temblando, se tocó el rostro, sintiendo facciones distintas, pómulos más suaves, labios más llenos.

Su respiración se cortó.

—No… no… no…

Corrió hasta una ventana cercana, brillante como espejo por el reflejo del sol, y se inclinó lo suficiente para mirarse.

Lo que vio la dejó helada.

La joven del reflejo era hermosa.

Tenía el cabello blanco como nieve recién caída, largo, brillante, recogido con una elegancia sencilla que dejaba caer algunos mechones a los lados del rostro. Sus ojos eran de un azul claro, cristalino, casi luminoso, como hielo bajo el amanecer. Tenía rasgos delicados, finos, y una belleza serena que parecía sacada de una pintura.

Pero no era ella.

Retrocedió de golpe.

—¡¿Quién eres tú?!

Varias personas voltearon a verla, extrañadas. Ella les dedicó una sonrisa tensa y nerviosa, luego se alejó unos pasos, llevándose una mano al pecho.

—Está bien… está bien… no entres en pánico… —murmuró entre dientes—. Sí, claro, gran idea. ¿Cómo no voy a entrar en pánico? ¡Estoy en otro cuerpo! ¡Estoy en Ciudad República! ¡Estoy en Avatar!

Respiró una, dos, tres veces.

Luego se quedó quieta.

Sus ojos se abrieron con algo más que miedo.

—Estoy en Avatar…

Esa frase, ahora dicha en voz alta, ya no sonó aterradora.

Sonó imposible.

Y maravillosa.

El miedo seguía ahí, claro, pero debajo de él comenzó a nacer algo más. Una emoción vibrante, casi infantil, que le subió desde el pecho hasta la garganta.

—Estoy… en el mundo de Avatar.

Miró a su alrededor otra vez, pero ahora con otros ojos. Vio las pasarelas elevadas, los canales, las tiendas, las pequeñas banderas representando a las naciones, la mezcla de culturas, la gente, la vida. Todo era real. Dolorosamente real. Hermosamente real.

Una risa nerviosa escapó de sus labios.

—No… no puede ser… —dijo otra vez, aunque esta vez sonriendo—. Yo… yo de verdad estoy aquí.

Giró sobre sí misma como una niña incapaz de creer su suerte.

—¡Estoy aquí! ¡Estoy en Ciudad República!

Tuvo que cubrirse la boca para no gritar.

—Dios mío… —susurró con los ojos brillando—. Dios mío, Dios mío, Dios mío…

Bajó la mirada a su ropa.

Vestía prendas de tonos azul pálido y blanco, elegantes y finamente confeccionadas, con bordados sutiles en los bordes. No parecían ropa común. Eran de buena calidad. Tal vez incluso caras.

Se tocó la tela de la manga.

—Ok… entonces además de reencarnar… reencarné con estilo.

Soltó una risita débil, todavía al borde del colapso.

Empezó a caminar sin rumbo claro, dejándose guiar por la ciudad. Cada paso aumentaba su asombro. Pasó frente a un mercado lleno de frutas exóticas, especias y telas de colores vivos. Escuchó regateos, risas, conversaciones en distintos acentos. Vio niños jugando a empujarse pequeñas corrientes de agua, una señora tierra maestra acomodando macetas con total facilidad y a un vendedor de bollos al vapor anunciando su mercancía con entusiasmo.

Todo le fascinaba.

Y, sin embargo, en el fondo, seguía sintiendo ese hueco incómodo.

No sabía quién era en ese mundo.

No sabía dónde vivía.

No sabía si tenía familia, amigos, una historia. No sabía nada.

—Esto es demasiado —murmuró mientras se detenía frente a un puente curvo—. Demasiado perfecto para ser casualidad.

Se apoyó en la baranda y miró el agua correr debajo.

Su reflejo volvió a mirarla desde la superficie, moviéndose suavemente con las ondas. Esa chica de cabello blanco y ojos claros parecía igual de perdida.

Por impulso, extendió la mano hacia el canal.

—A ver… si eres una maestra agua… —susurró—. por favor, coopera.

Rozó la superficie.

Al principio no ocurrió nada. Sintió el agua fría en la yema de los dedos, nada más. Frunció el ceño y cerró los ojos un instante, intentando concentrarse. Pensó en las escenas de Katara entrenando, en los movimientos fluidos, en la conexión con el agua como extensión del cuerpo.

Respiró.

Movió la muñeca con cuidado.

Entonces el agua se alzó.

Una pequeña hebra líquida surgió del canal como una serpiente transparente, girando alrededor de su mano con elegancia.

Ella soltó un grito ahogado.

—¡Ah!

Perdió la concentración y el agua cayó de golpe, salpicándole en la ropa.

Se quedó inmóvil.

Luego miró su mano.

Después el agua.

Después su mano otra vez.

—Lo hice…

Una sonrisa temblorosa apareció en su rostro.

—¡Lo hice!

Miró alrededor para asegurarse de que nadie estuviera prestándole demasiada atención, y volvió a intentarlo. Esta vez con más cuidado. El agua subió de nuevo, más estable, formando una pequeña esfera brillante suspendida frente a ella. La luz del sol la atravesó, creando destellos azules y plateados.

Sintió un tirón en el pecho.

De emoción pura.

—Soy una maestra agua —susurró, sintiendo que iba a llorar—. De verdad… soy una maestra agua.

La esfera de agua tembló un poco y luego se deshizo en una suave lluvia sobre el canal.

Ella rió, con una mezcla de incredulidad y felicidad tan intensa que le dolió.

—Ok… ok… esto es real. Es completamente real.

Se quedó unos segundos contemplando el agua, cuando una voz anciana la interrumpió.

—¿Ya terminaste de jugar sola, niña?

Ella se sobresaltó tanto que casi se cae al canal.

Giró de golpe.

Frente a ella estaba una anciana de porte distinguido, envuelta en ropas elegantes de tonos azul oscuro y gris perla. Llevaba el cabello blanco recogido en un peinado pulcro, y sus ojos, más apagados por la edad pero igual de claros, la observaban con una mezcla curiosa de afecto y paciencia.

La chica parpadeó.

—¿Perdón?

La anciana alzó una ceja.

—Te he estado buscando por media ciudad. —Suspiró, acercándose con ayuda de un bastón de madera tallada—. Sales a comprar unas telas y terminas mirando el agua como si nunca la hubieras visto.

Ella abrió la boca, luego la cerró.

“Ok. Mantén la calma. No sabes quién es, pero ella claramente sí sabe quién se supone que eres tú.”

—Yo… eh…

La anciana la observó con más atención.

—¿Te sientes bien?

—Sí. Sí, claro. Muy bien. Perfectamente bien. Increíblemente bien. —Sonrió demasiado rápido—. Solo… estaba pensando.

—Ya veo.

Hubo un silencio incómodo.

Entonces la mujer frunció un poco el ceño.

—Mírame.

La chica tragó saliva y obedeció.

La anciana la examinó de arriba abajo, como si intentara descubrir algo oculto tras sus ojos.

—Tienes la mirada rara —dijo al final.

—Gracias… creo.

La mujer soltó un pequeño resoplido, casi divertido.

—Definitivamente te pasa algo. —Le hizo una seña con la mano—. Ven. Regresaremos a casa. Quizá descansar te ayude.

Casa.

La palabra resonó fuerte en su mente.

La siguió.

Caminar junto a la anciana fue una experiencia extraña. La mujer avanzaba con seguridad, saludando a comerciantes y vecinos que parecían conocerlas bien. Eso confirmaba algo importante, la persona en cuyo cuerpo tenía una vida establecida. No era una desconocida cualquiera.

—Abuela… —probó decir con cautela.

La mujer giró apenas la cabeza.

—Al fin recuerdas cómo llamarme sin hacer muecas.

Ella casi se atraganta consigo misma.

“Sí es mi abuela. Bueno… de este cuerpo.”

—Claro —dijo, intentando sonar natural—. Abuela.

La anciana pareció satisfecha y siguió caminando.

Atravesaron dos calles amplias, una pequeña plaza y un corredor bordeado de árboles hasta llegar frente a una enorme casa de piedra clara y madera barnizada, con ventanales altos, un jardín interior visible desde la entrada y ornamentos finos que indicaban riqueza sin caer en lo exagerado.

La chica se quedó congelada.

—¿Vivimos aquí?

La anciana la miró de lado.

—Espero que sí. Sería muy incómodo haber alimentado a la nieta equivocada todos estos años.

Ella soltó una risita nerviosa.

—Sí… cierto.

Entró detrás de ella y sintió que el asombro le explotaba otra vez por dentro.

La casa era preciosa.

Los pisos brillaban. Había cortinas de telas finas, jarrones tallados, muebles elegantes, cuadros, biombos y un aroma suave a flores de luna y té. Todo estaba ordenado con extremo cuidado.

—Vaya… —se le escapó.

—¿Vaya qué?

—Nada. Solo… que está muy bonita.

La anciana la miró con algo parecido a ternura.

—Tu abuelo la construyó antes de morir. Quería que nuestra familia tuviera un lugar digno en la ciudad.

Esas palabras la golpearon con suavidad inesperada. Había una historia ahí. Una familia. Un pasado que no conocía.

Y ahora, de alguna manera, estaba dentro de él.

La anciana dejó el bastón junto a una mesa y se volvió hacia ella.

—Si sigues viéndolo todo como si fueras una turista, empezaré a preocuparme de verdad.

Ella tensó los hombros.

—No soy una turista…

“Soy una fan reencarnada en un cuerpo ajeno dentro de mi serie favorita, pero ajá.”

La anciana se acercó y, para sorpresa de la chica, le acomodó con cariño un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Sea lo que sea que te ocurra, puedes decírmelo.

Por un segundo, ella quiso hacerlo. Quiso vaciarlo todo. Decir que no entendía nada, que venía de otro mundo, que estaba aterrada y emocionada al mismo tiempo.

Pero ¿quién le creería?

Nadie.

Ni ella misma se habría creído.

Así que solo sonrió, con un nudo en la garganta.

—Estoy bien, abuela. Solo… un poco confundida.

La mujer suspiró, como si no le creyera del todo, pero decidió no insistir.

—Ve a tu habitación. Descansa. Después hablaremos.

La chica asintió.

Subió las escaleras de madera tallada con el corazón acelerado. Al llegar al segundo piso, abrió una puerta casi por intuición.

Esa era su habitación.

Amplia, luminosa, con una cama grande, una mesa baja, cojines, un tocador y un ventanal desde el que podía verse parte de la ciudad y, a lo lejos, el Templo Aire.

Se acercó despacio al espejo del tocador.

La joven del reflejo la observó en silencio.

La tocó con la yema de los dedos, como si aún esperara que desapareciera.

—Entonces de verdad eres yo ahora… —susurró.

Se sentó en la cama, todavía aturdida.

Fuera, Ciudad República seguía viva, hermosa, inmensa.

Mientras el viento movía suavemente las cortinas blancas de su nueva habitación, solo pudo mirar sus manos una vez más y decir, con una mezcla de temor y maravilla:

—Tengo un nuevo cuerpo… y una nueva vida.

Luego alzó la vista hacia el Templo Aire en la distancia, y una emoción casi profética le estremeció el alma.

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