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El Precio De Tu Amor

El Precio De Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Baudilio Smith Burgos

Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.

Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.

NovelToon tiene autorización de Baudilio Smith Burgos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Día que Maritza Se Encontró con su Pasado

CAPÍTULO 21: El día que Maritza se encontró con su pasado

Maritza llegó a BrightClean con el currículum en la mano y el orgullo por los suelos. El papel estaba arrugado, mal doblado, porque lo había sacado corriendo de su bolso después de que la señora de la última casa donde limpió le dijera que «ya no necesitaba sus servicios». La había despedido sin más, como quien tira un trapo viejo.

La joyería la había despedido por «no ser confiable». Había saltado de trabajo en trabajo: limpiando casas, lavando platos en un restaurante chino, cuidando niños malcriados que le tiraban del pelo, hasta trabajó una semana en una lavandería industrial. Pero no duraba en ningún lugar. Siempre había una queja, un problema, un «no vuelva mañana». Maritza sabía la verdad: no era que trabajara mal. Era que su carácter se le notaba demasiado. Y a nadie le gusta una empleada que cree que es mejor que el jefe.

BrightClean fue su última oportunidad. Si la despedían de allí tendría que volver a pedirle dinero a Michel, y Michel estaba en la cárcel. O a sus amigas, y esas amigas ya le habían prestado demasiado. O peor aún: tendría que pedir limosna por la calle, y ella prefería morir antes de pisotear su orgullo de esa manera.

El primer día, la subieron a una furgoneta blanca con otras mujeres latinas. La furgoneta olía a cloro, a humedad y a cansancio. Maritza se sentó al fondo cerca de la ventanilla, apretando su cubeta de plástico azul contra el pecho. No conocía a nadie y nadie la miró. Eran todas más jóvenes, más fuertes, con las manos callosas y la mirada vacía de quien ya ha visto demasiado.

—Hoy nos va a supervisar la jefa —dijo la conductora, una mexicana llamada Beatriz. Era una mujer de unos cuarenta años, con el pelo recogido en una cola de caballo y los brazos llenos de tatuajes coloridos—. Así que pórtense bien. No quiero que me regañen por culpa de ustedes.

— ¿Quién es la jefa? —preguntó una mujer joven desde el asiento del medio, con acento hondureño.

Beatriz miró por el espejo retrovisor y sonrió con orgullo, como si hablara de una hermana mayor.

—La señora Laura McCormick. Ella es cubana como tú —dijo señalando a Maritza con un gesto de la barbilla—, y empezó desde abajo como nosotras. Limpió casas, fregó pisos, vació cubetas. Ahora es la supervisora general de BrightClean en todo Wisconsin. Tiene un carro último modelo, una casa en las afueras, y un esposo que la mira como si fuera una reina. Pero no se crea, eh. Es buena gente. Muy estricta, pero justa.

Maritza sintió que el corazón se le paraba. Literalmente sintió un vacío en el pecho, como si alguien le hubiera pisado el alma. El nombre «Laura McCormick» resonó en su cabeza como un trueno.

—No puede ser —susurró, tan bajo que nadie la escuchó.

Pero era cierto. La furgoneta se detuvo frente a un condominio de lujo en las afueras de Milwaukee. El edificio era imponente, de cristal y acero con una fuente en la entrada, y un portero uniformado que las miró con desprecio cuando bajaron. Las mujeres bajaron una a una con sus cubetas, trapeadores, escobas y bolsas de productos de limpieza. Maritza fue la última. Bajó despacio, como quien camina sin querer llegar.

Y allí, en la entrada de cristal, de pie con una tabla de asignaciones y un bolígrafo en la mano, estaba Laura. Maritza parpadeó dos veces, para asegurarse de que no era una alucinación. Laura vestía un traje de marca color marfil, entallado pero elegante, con el pelo recogido en un moño bajo, y una credencial de supervisora colgando de un cordón dorado al cuello. Sus zapatos eran de tacón pero bajos, porque Laura siempre había sido práctica. Su maquillaje era impecable, pero discreto. Y su expresión era la de una mujer que ha aprendido a no mostrar sus cartas.

Laura levantó la vista de su tabla y recorrió a las trabajadoras una por una, asignándole zonas. Maritza sintió que su turno llegaba como una guillotina. Cuando sus ojos encontraron los de Maritza, el mundo se detuvo. Literalmente el ruido de la fuente, las voces de las otras mujeres, el motor de la furgoneta… todo desapareció.

Maritza esperó lo peor. Esperó un grito, una acusación, un «tú no trabajas aquí» delante de todas. Esperó que Laura la humillara, como ella la había humillado años atrás. Cerró los ojos un segundo, preparándose para el golpe. Pero Laura la miró como si fuera una desconocida.

—Ustedes tres van al sótano —dijo Laura con voz neutra, señalando a Maritza y a dos mujeres más que estaban a su lado—. Esa es la zona más difícil del edificio porque hay tuberías de desagüe, calderas, un estacionamiento y un cuarto de basura, que lleva tres días sin limpiar. Hagan bien su trabajo porque no van a recibir paga extra. La paga es la misma para todos. Pero si algo queda mal, se quedan sin turno al día siguiente. ¿Quedó claro?

Las dos mujeres asintieron rápidamente, cogieron sus cubetas y se fueron hacia la puerta del sótano. Pero Maritza se quedó paralizada, con los pies pegados al suelo de mármol, temblando como una hoja.

—Laura… señora McCormick… —dijo, con la voz tan temblorosa que apenas parecía suya—. ¿No me reconoce?

Laura levantó la vista de la tabla y la miró, lenta y deliberadamente. Como si estuviera leyendo un documento aburrido.

— ¿Debería? —preguntó con una frialdad tan perfecta, que dolía más que un grito. Como si la conversación entre ellas, y todo lo que habían vivido, no significara absolutamente nada.

Maritza tragó saliva. Sentía los latidos en la garganta.

—Soy Maritza, la madre de Michel. Yo fui quien la trajo de Cuba. Usted durmió en el sofá de mi casa durante semanas. Incluso le presté ropa cuando llegó, prácticamente sin nada.

Enfatizó esas palabras con una sonrisa tímida, como si eso fuera un mérito. Como si haberle dado un sofá y una muda de ropa borrara años de humillaciones. Laura inclinó la cabeza hacia un lado, como una jueza que acaba de recordar un caso antiguo.

—Ah, sí —dijo, y su tono se volvió gélido—. Usted es la señora que me llamaba «Gatica caliente» delante de sus amigas. La que me escondía la comida en la nevera, y luego decía que yo me la había comido. La que me trataba como una esclava, me despertaba a las cinco de la mañana para limpiar su casa, y luego presionó a su hijo para que me echara a la calle, una tarde de diciembre sin importarle que estaba nevando, y que no tenía ni un centavo para un taxi. ¿Esa es usted, verdad? Maritza bajó la cabeza. El mármol relucía bajo sus pies, tan limpio que reflejaba su propia vergüenza.

—Mire… yo cometí errores, lo reconozco. Pero ya pasamos la página, ¿No es así? El tiempo pasa, la gente cambia…

Laura sonrió. Pero esa no era una sonrisa cualquiera, porque le mandó a Maritza un mensaje más

claro que mil palabras:

— ¿Dejar el pasado atrás? —repitió Laura, como si probara las palabras y le supieran amargas—. Usted me humilló, me trató como basura, me quitó la dignidad pedazo a pedazo. Y ahora porque la vida le dio la vuelta, y usted está aquí abajo y yo arriba, quiere que seamos amigas. ¿Es eso?

—No… no, yo no pretendo que seamos amigas —se apresuró a decir Maritza, moviendo las manos con nerviosismo—, porque en realidad nunca lo fuimos. Eso sería mentira. Solo… solo pretendo que seamos compañeras de trabajo, para recibir un trato justo. Nada más. Un trato justo, Laura.

—Así que un trato justo —Laura se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Maritza pudo verle las venas en los ojos—. Yo le voy a dar el mismo trato que usted me dio a mí. Ni más ni menos. Su paga va a ser por lo que se gane, ni un centavo más, ni un centavo menos. Pero usted va a trabajar el doble que las demás. Va a limpiar los lugares más sucios, los que nadie quiere. Y cuando termine, lo voy a revisar todo personalmente. Si algo está mal, lo va a repetir hasta que quede perfecto. Porque aquí se hacen las cosas de la manera que yo digo. ¿Recuerda cómo usted me decía en la cocina de su casa? « ¡Otra vez Gatica, que esto no brilla!». Pues ahora yo le digo lo mismo.

Maritza escuchaba a su jefa con la cabeza gacha, apretando la cubeta contra el pecho, sin decir una palabra. Las otras mujeres ya se habían ido al sótano. Estaban solas en el vestíbulo de mármol, una frente a la otra, como dos boxeadoras en el centro del ring. Pero Laura no le daba descanso.

—Maritza, le pregunto de nuevo: ¿Usted recuerda todo lo que me decía, y la manera en que me humillaba delante de su hijo, que fue un cobarde que nunca se le enfrentó? ¿Recuerda cómo se reía cuando yo lloraba en el sofá? ¿Recuerda cómo le decía a sus amigas que yo era «una aprovechada»?

—Claro que lo recuerdo —susurró Maritza, y esta vez no pudo ocultar el temblor en la voz—. Y por eso le pido disculpas. Yo… yo actué mal. Muy mal. Y reconozco que me equivoqué. No tengo excusas.

—De todas maneras, no espere tratos preferenciales —cortó Laura, enderezando la espalda—, porque no se lo merece. ¿Usted entendió lo que le acabo de decir?

—Entendido —balbuceó Maritza, con los ojos húmedos—. Ya todo para mí quedó claro. Perfectamente claro.

—Perfecto —Laura volvió a su tono profesional, el de la jefa que no tiene tiempo para rencores personales,

solo para resultados—. ¿Entonces qué espera? El sótano no se va a limpiar solo. Las tuberías no se van a destapar con palabras bonitas.

Maritza asintió, dio media vuelta y caminó hacia la puerta del sótano como una autómata. Bajó las escaleras de cemento con las piernas flojas. Al llegar abajo, el olor a humedad y a cañería vieja le dio nauseas. Las otras dos mujeres ya estaban trabajando, fregando el suelo con cepillos duros.

Maritza se arrodilló en el piso de cemento frío, junto a un desagüe atascado que olía a agua podrida, y comenzó a fregar con un trapo viejo. El agua sucia salpicaba sus brazos, sus rodillas, su rostro. Mientras limpiaba, sus lágrimas se mezclaron con el agua sucia y rodaron por el desagüe.

Maritza no lloraba por el trabajo. Había hecho trabajos más duros. Lloraba porque por primera vez en su vida, entendía lo que había hecho. No como un concepto abstracto, sino en las entrañas. Comprendió que el pasado siempre vuelve. Y cuando vuelve, no viene solo. Trae facturas atrasadas con intereses. Trae espejos donde ves quién fuiste realmente.

Desde arriba, Laura la observaba por el hueco de la escalera. No con odio. No con satisfacción. La observaba con una calma fría, como quien mira un experimento científico. Beatriz se acercó por detrás y siguió su mirada.

— ¿Ya tu ex suegra recibió su merecido? —preguntó Beatriz, en voz baja.

—Sí —respondió Laura, sin apartar la vista de la figura encorvada de Maritza—. Le recordé casi todo lo que me hizo, y le pagué con la misma moneda. Pero no es venganza Beatriz, esto es justicia.

— ¿Y vas a quedarte tranquila, viendo cómo trabaja ahí abajo? ¿No vas a bajar a gritarle, y decirle todo lo que tienes por dentro?

Laura sonrió de manera diferente, pero no era una sonrisa de triunfo. Era la sonrisa de alguien que ya no necesita demostrar nada.

—No hace falta que yo la maltrate —dijo—. Ella sola va a dar cuenta de que no cabe en este lugar. Estoy segura de que en una semana renuncia, porque no va a soportar que yo sea su jefa. Su orgullo es más grande que su necesidad.

— ¿Pero no vas a echarla públicamente? —Insistió Beatriz, con curiosidad—. Para vengarte por todo lo que te hizo pasar. Yo en tu lugar la humillaría delante de todas.

—No —respondió Laura, negando con la cabeza—, porque eso sería hacerle un favor, porque la convierte en una víctima. En cambio le voy a permitir que se quede, para que todos los días cuando esté encorvada limpiando mierda ajena, y me vea llegar con mi traje y mi credencial, se acuerde de que en este mundo nadie se va debiendo nada. El orgullo no se quita con un portazo. Se quita con la rutina de la humillación cotidiana.

Al pronunciar esas palabras, Laura tocó suavemente el hombro de Beatriz, como dándole las buenas noches, y se alejó hacia el ascensor con pasos firmes, con el tic-tac de sus tacones resonando en el mármol. Beatriz se quedó mirándola irse, impresionada. Se llevó una mano al pecho y negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos.

—Dios mío —murmuró para sí misma—. Esta cubana tiene el alma más fría que un témpano de hielo.

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BsB
Hola Beatriz ! Soy el escritor de la novela y te adelanto que ya tengo listos el ochenta por ciento de las capítulos. Te agradezco mucho que hayas leído algunos de los que están publicados, y aunque no lo manifestaste abiertamente, que esperes a que esté termina significa que tal vez te gustó. Me complacería muchísimo saber tu opinión de lo que has leído, y si tienes alguna sugerencia que hacerme. Fue un placer interactuar con usted.
Beatriz
Cuando esté terminada la leo. Está inconclusa
Saily Smith
me en
Sarai Smith
Me encanta esta novela!! Que sucederá con Laura?
BsB: Laura es una mujer luchadora, una guerrera dispuesta a enfrentarse a todos, por defender a su familia y a la empresa. La mafia la amenaza y la coacciona para que forme parte de su nómina, pero ella se resiste. Laura cederá ante la mafia, o trabajará con el FBI para acabar con los mafiosos? Qué tu harías si fueras la escritora de la novela? Tu opinión es muy importante para mí. Gracias por leer y apreciar mi obra.
total 2 replies
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