Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Marcando territorio
Alan ignoró mi súplica desesperada de que se alejara. Ante su negativa, intenté poner distancia por mi cuenta, pero fue inútil; con un descaro absoluto, me tomó del brazo impidiéndome la huida. Fue justo en ese instante cuando Arturo apareció a mi lado. Su presencia fue como un golpe de aire gélido, y sus ojos estaban cargados de una furia que prometía destrucción.
—¡Suelta a mi mujer! —sentenció Arturo. La rabia parecía brotarle por cada poro, vibrando en una voz que no admitía réplicas.
Alan me soltó de inmediato, retrocediendo un paso como si lo hubiera quemado una descarga eléctrica. Estaba visiblemente nervioso y su tono de voz, antes arrogante, ahora estaba empapado de temor.
—Lo siento, primo —balbuceó Alan, tratando de recuperar la compostura—. Solo quería felicitar a tu esposa. Ella y yo estudiamos en la misma universidad y quería que supiera que cuenta conmigo... ahora que somos familia.
—Mi mujer no necesita que la apoyes en nada; para eso me tiene a mí —replicó Arturo, recuperando esa frialdad característica que resultaba incluso más aterradora que su grito anterior—. Te exijo que sea la última vez que le pones un dedo encima.
Arturo me miró de soslayo, una mirada que me juzgaba y me advertía al mismo tiempo.
—Es hora de irnos. Un avión nos espera —ordenó.
Sin esperar respuesta, Arturo tomó mi mano con una fuerza desmedida. Sentí que en cualquier momento sus dedos quebrarían mis huesos, pero apreté los dientes y mantuve el control del dolor. Era la misma historia de siempre: el mismo ciclo de sometimiento y marcas en la piel, solo que ahora el verdugo tenía un nombre diferente y un poder mucho mayor.
Caminamos hacia la salida bajo la mirada inquisidora de los invitados. Mientras abandonaba el jardín, sentí el peso de la mano de Arturo como una cadena de hierro. Mi vida con los Stevens había terminado, pero mi tiempo en el infierno de los Villegas apenas comenzaba.
El trayecto hacia el aeropuerto privado de los Villegas transcurrió en un silencio sepulcral. El aire dentro del auto se sentía denso, casi asfixiante. De manera inconsciente, comencé a masajearme la mano que Arturo había estrujado momentos antes; el dolor era punzante, pero años de vivir bajo el yugo de los Stevens me habían enseñado a ocultar cualquier rastro de debilidad.
Mis pensamientos oscilaban entre el sacrificio que acababa de sellar y la imagen de las máquinas conectadas al cuerpo de mi madre. Estaba tan atormentada que sentí cómo las lágrimas luchaban por desbordarse, hasta que un tacto inesperadamente suave me trajo de vuelta a la realidad.
—¿Te duele? —preguntó Arturo. Su voz era gélida, pero sostenía mi mano lastimada con una firmeza distinta, casi clínica.
Su actitud me desconcertó por completo.
—Nada que no pueda soportar —respondí, retirando mi mano de su agarre de un tirón.
—No te quiero cerca de Alan —ordenó de inmediato, ignorando mi desplante—. Que sea la última vez.
No respondí. Me dediqué a mirar por la ventana hasta que el coche se detuvo. Al bajar, una mujer impecablemente vestida se acercó a nosotros con una carpeta en mano.
—Señor, señora. Todo está listo para su luna de miel —anunció con profesionalismo—. El lugar es totalmente privado; nadie los molestará. En el maletín encontrará un teléfono satelital por si surge alguna urgencia.
—Muy bien, Patricia. Te encargarás de la oficina y cualquier asunto de importancia lo trataremos por videollamada —sentenció Arturo.
El pánico me invadió con renovada fuerza. Estaría en algún lugar remoto, aislada del mundo y a merced de un hombre al que todos describían como un demonio.
Subimos al jet privado y la tensión se volvió física, casi eléctrica. Me apresuré a ocupar un asiento retirado, necesitando desesperadamente espacio para reunir las fuerzas que me faltaban. Arturo se sentó apenas dos filas delante de mí. Sentía sus ojos fijos en mi perfil, una vigilancia constante que no me permitía pensar con claridad en lo que ocurriría esa noche.
Estaba aterrorizada. Las palabras de Erika resonaban en mi cabeza como un eco maldito: los rumores decían que Arturo era despiadado en la intimidad, que disfrutaba infligiendo dolor. Aunque sabía que Erika me odiaba, no podía evitar pensar que, si aquello era cierto, mi primera vez se convertiría en un trauma que jamás lograría borrar de mi memoria.
Una hora después, el avión aterrizó en un aeródromo que parecía desolado. Me había quedado dormida; el agotamiento acumulado de la noche en el sótano y el estrés del día finalmente me vencieron, sumergiéndome en un sueño profundo que solo se rompió con el contacto de las ruedas contra la pista.
Bajamos en medio de un silencio absoluto, roto únicamente por el viento de la montaña. Arturo se dirigió hacia un Jeep negro estacionado cerca; él ocupó el asiento del conductor y yo el del copiloto. El camino serpenteaba cuesta arriba, internándose en las alturas. El paisaje era realmente hermoso, una postal de naturaleza virgen que, en cualquier otra circunstancia, habría disfrutado con fascinación. Pero hoy, cada kilómetro que recorríamos solo significaba que estaba más lejos de cualquier ayuda.
Media hora después, llegamos a una cabaña aislada en medio de la nada. Me quedé inmóvil, escudriñando los alrededores: no había luces, ni vecinos, ni carreteras transitadas. Estábamos solos. El miedo volvió a calar en mis huesos; el horror de saberme a merced de aquel hombre me heló la sangre, y durante unos minutos, mis músculos se negaron a responder.
—¿Piensas quedarte ahí parada? —La pregunta de Arturo, seca y directa, me devolvió a la realidad.
—Solo estoy... observando el paisaje —respondí en un susurro, con la voz apenas audible.
—Entremos. Empezará a hacer frío pronto y no llevas el atuendo adecuado para soportarlo —sentenció él, mientras sacaba las maletas.
Lo seguí al interior de la cabaña. Contra todo pronóstico, el lugar era acogedor y cálido. La decoración era rústica, muy distinta a la frialdad moderna de su casa en la ciudad. Aunque era pequeña, los acabados en madera y el olor a pino me transmitieron una tranquilidad momentánea.
Sin embargo, en mi interior sabía que aquella paz era un espejismo. Mi carcelero estaba allí, y pronto reclamaría aquello por lo que había pagado.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades