El amor entra por el estómago y los ojos
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19
La burbuja de paz en el salón de la mansión, alimentada por el silencio de la noche y el vodka, estalló en mil pedazos cuando Igor entró con paso pesado y una expresión que era una mezcla de terror y ternura.
—Bomboncito se durmió —anunció Igor, dejándose caer en un sillón de cuero frente a Sergei—, pero antes de cerrar los ojos dijo que necesita un tutú nuevo. Uno con luces, Sergei. Porfis.
Sergei soltó un suspiro largo y pesado, frotándose las sienes con los dedos.
—Esa niña va a mermar mi cartera —masmurró el Pakhan, aunque en el fondo no le importaba—. Si eso es ahora, con cuatro años, ¿te imaginas lo que serán las cuentas del mall cuando cumpla los dieciséis? Me va a dejar en la calle solo en zapatos y bolsos.
Igor se enderezó, ajustándose las gafas oscuras incluso bajo la luz tenue de la lámpara. Una sombra de preocupación genuina cruzó su rostro de guerrero.
—Ja… ¿y quién te dijo que ella estaría aquí para entonces, hermano? —preguntó Igor con un tono sombrío—. He escuchado que los conventos de clausura y las escuelas de señoritas en los Alpes son lo de hoy.
Sergei elevó una ceja, mirando a su hermano de armas como si hubiera perdido el juicio.
—¿De qué hablas, animal? —gruñó Sergei—. Inna no se va a ningún lado.
—Escúchame bien —continuó Igor, ignorando el insulto—. A mí no me preocupan las cuentas. Por mí, que me deje pobre, le compro el mall entero si quiere. Pero esa niña es hermosa ahora… ¿te imaginas a los dieciséis cómo será? Yo no voy a correr riesgos. No voy a permitir que un pelafustán con brackets y hormonas alborotadas se lleve a mi bomboncito en un coche barato.
Por un momento, Sergei se quedó congelado. La imagen mental lo golpeó con la fuerza de un camión de carga: un idiota mimado, un adolescente debilucho con una sonrisa llena de metal, tomando de la mano a su princesa, llevándosela lejos de su protección, de sus muros y de su ley. Sintió que la presión arterial se le bajaba de golpe y que un frío gélido le recorría la columna.
—A no… eso sí que no —sentenció Sergei, dejando el vaso de vodka sobre la mesa con un golpe seco que casi quiebra el cristal—. Tienes razón. Necesitamos la información del colegio más estricto del mundo. Y del convento. Uno que tenga muros de diez metros y guardias con ametralladoras.
—Claro, hermano. Mañana mismo me pongo a investigar opciones en Suiza —asintió Igor con solemnidad, compartiendo el pánico preventivo de todo padre y tío protector en la mafia.
El silencio volvió a reinar por unos segundos mientras ambos hombres procesaban el "peligro" del futuro novio de Inna, hasta que Sergei sacudió la cabeza para volver al presente. Había asuntos urgentes que requerían su atención, asuntos que olían a vainilla y tenían ojos asustadizos.
—Oye —dijo Sergei, tratando de recuperar su compostura de jefe—, además de ese asunto de "prioridad nacional" sobre los pretendientes de Inna… ¿ya llamaste a la pastelería?
Igor se dio un golpe en la frente, haciendo una mueca.
—Huy, no… se me olvidó por completo con lo del tutú —admitió Igor—. Pero puedo hacerlo mañana temprano, en cuanto abran. Ahora, por favor, pongamos atención a lo importante: el futuro de nuestra princesa. Tenemos que decidir si el convento debe tener alambre de púas o solo muros electrificados.
Sergei asintió, olvidando por un momento a Jazmín. La seguridad de Inna, presente y futura, era el único código que importaba. Pero en el fondo de su mente, sabía que mañana, cuando el sol saliera, volvería a pensar en la chica del molde de flores, sin sospechar que ella también estaba despierta, preguntándose si el dueño de ese imperio tenía una reina a su lado.