Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 9
Camila
Era sábado. La casa estaba en silencio, de ese silencio nuevo que se aprende cuando hay un bebé. No era ausencia de ruido, era otra cosa: respiraciones suaves, pasos medidos, puertas que no se cerraban del todo.
Como todos los días libres desde que nació mi hijo, estaba en la sala, tirada en el sillón junto a él, haciéndolo reír con un sonajero, cuando escuché el timbre.
Fruncí levemente el ceño. No esperábamos a nadie.
Miré el reloj. Nicolás estaba en el despacho, adelantando trabajo. Dudé un segundo antes de incorporarme.
Fui y abrí la puerta con el bebé en brazos. Pues, Tamara tenía libres sus fines de semana.
Era ella.
—Hola, Camila —dijo con una sonrisa amable—. Disculpa que venga sin avisar.
Danna.
Llevaba un vestido sencillo, claro, nada llamativo. Aun así, había algo en su presencia que desentonaba con la quietud de la casa.
—Hola —respondí, cordial—. ¿Ocurre algo?
—Vine a ver a Nicolás —explicó—. Supe que hoy estarían en casa y… tengo algunas dudas. Pensé que quizá podría ayudarme a aclararlas.
Asentí despacio.
—Claro. Adelante.
Mientras cerraba la puerta detrás de ella, sentí una incomodidad que no supe nombrar. No era enojo. Tampoco celos. Al menos, no quería llamarlo así. Era más bien la sensación de que algo que consideraba propio estaba siendo atravesado sin pedir permiso.
—Nicolás está en el despacho —le dije—. Voy a avisarle.
—Gracias.
Caminó hacia la sala observándolo todo con curiosidad contenida. Yo la seguí un par de pasos detrás, consciente de cada detalle: el cochecito del bebé junto a la pared, las mantas dobladas sobre el sillón, los juguetes que aún no habíamos guardado.
Golpeé suavemente la puerta del despacho.
—¿Sí? —respondió Nicolás desde dentro.
—Danna está aquí —dije—. Vino a verte.
Lo vi levantar la vista, sorprendido.
—¿Danna? —repitió, y luego se puso de pie—. Claro, que pase.
Se saludaron con cordialidad. Nicolás le indicó una silla frente a su escritorio.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿En qué puedo ayudarte?
—Tengo algunas dudas con un caso que me asignaron —explicó ella—. No quería molestarte, pero pensé que sería mejor hablarlo contigo directamente.
—No es molestia —respondió él—. Dime.
Me quedé unos segundos más en el umbral. Nicolás ya estaba concentrado, con esa expresión suya que adoptaba cuando entraba en modo profesional. Danna hablaba con entusiasmo, sacando algunos papeles de su bolso.
—¿Te traigo algo? —pregunté—. ¿Café, agua?
—No, gracias —dijo Danna—. No será mucho tiempo.
Asentí y me alejé.
Volví a la sala y me senté otra vez con Alvarito en brazos. Él me miró con sus ojos enormes, ajeno a todo. Le sonreí, pero sentí que mi mente estaba en otro lugar.
Escuchaba murmullos desde el despacho. Voces bajas, concentradas. Nada fuera de lugar. Nada incorrecto.
Y, aun así, algo no terminaba de acomodarse dentro de mí.
Cuando finalmente Danna salió, cerca de una hora después, se la veía satisfecha.
—De verdad, gracias —le dijo a Nicolás—. Me ayudaste mucho.
—Para eso estamos —respondió él—. Cualquier cosa, avísame.
Danna se volvió hacia mí.
—Gracias por recibirme, Camila.
—No hay problema —respondí, con una sonrisa educada.
Se fue poco después.
Cerré la puerta y me quedé frente a ella unos segundos.
Nicolás apareció detrás de mí.
—¿Te molestó que viniera? —preguntó.
Me giré para mirarlo.
—No —respondí casi de inmediato.
Y lo decía en serio. O al menos, eso creía.
Caminé hacia la sala y me senté en el sillón, tomé a Alvarito y lo acomodé sobre mi pecho.
—Solo… —añadí, después de unos segundos— no olvides el acuerdo.
Nicolás frunció levemente el ceño.
—¿El acuerdo?
—Sí —dije—. El que hicimos cuando nació el bebé.
Se apoyó en el respaldo del sillón, cruzándose de brazos.
—Camila, solo vino a hacerme una consulta.
—Lo sé.
—No fue nada importante.
Lo miré.
—No es por ella.
—Entonces, ¿por qué? —preguntó, sin dureza, pero con genuina confusión.
Bajé la vista hacia mi hijo, que jugaba con mis dedos.
—Es por la casa —dije—. Por este espacio. Acordamos no traer gente extraña a nosotros aquí. Que este lugar fuera solo nuestro. Del bebé. Al menos hasta que creciera un poco.
Suspiró.
—No pensé que fuera un problema.
Y ahí estaba.
No era falta de amor. No era desinterés. Era algo peor: no lo veía.
—No es que sea un problema —respondí—. Es un límite.
—Camila…
—No quiero discutir —lo interrumpí—. Solo quería decirlo.
Hubo un silencio incómodo. Nicolás asintió lentamente.
—Está bien —dijo—. Lo tendré en cuenta.
Pero su tono era neutro, distante. Como si no terminara de comprender por qué eso era importante.
Se alejó hacia el despacho.
Yo me quedé en la sala, meciendo a Alvarito con suavidad.
No discutimos. No elevamos la voz. No hubo reproches ni acusaciones.
Y aun así, sentí que algo se había movido de lugar.
Algo pequeño. Casi invisible.
Pero suficiente como para romper la calma que apenas empezábamos a recuperar.
Al día siguiente, después de una semana larga, densa, decidimos almorzar en casa de Morelia. Nicolás lo propuso casi con naturalidad, como quien sugiere algo obvio.
—Mamá nos invitó a almorzar—dijo—. Va a cocinar para todos.
Acepté sin pensarlo demasiado.
Salimos justo al mediodía. El camino era distinto al que solíamos recorrer para visitar a mi familia. Menos tránsito, menos ostentación. Casas bajas, veredas irregulares, árboles viejos que daban sombra sin pedir nada a cambio.
Cuando entramos a casa de Morelia, nos invadió el olor a comida recién hecha.
Ese olor que no necesita presentación, que no impresiona, que simplemente envuelve.
Morelia abrió la puerta antes de que tocáramos el timbre.
—¡Ahí están! —exclamó, con una sonrisa amplia—. Pasen, pasen.
Me abrazó con ese cariño sincero que siempre me desarmaba. Luego tomó a Alvarito en brazos con sumo cuidado.
—Mira lo grande que estás —le dijo—. Cada vez más hermoso.
La casa era pequeña, pero cálida. Nada sobraba, nada faltaba. Un mantel limpio sobre la mesa, fotografías familiares en las paredes, una radio encendida en volumen bajo desde la cocina.
—Tu hermana ya viene—avisó Morelia—. Fue a comprar el pan.
Como si la hubiera invocado, la puerta se abrió segundos después.
—¡Hola!
Valeria entró con una bolsa en la mano y el cabello recogido de cualquier manera. Era parecida a Nicolás en la sonrisa, en los ojos, en esa forma de moverse sin pretensiones.
—Camila —dijo al verme—. Qué gusto verte.
Me abrazó con naturalidad, sin distancia, sin formalidades incómodas.
—Y este príncipe… —añadió, inclinándose hacia el bebé—. Cada día más lindo.
Almorzamos todos juntos en la mesa. Nicolás hablaba poco; escuchaba más. Morelia no dejaba de mirarlo con orgullo.
—No sabes lo que dicen las vecinas —comentó—. Que mi hijo es un abogado exitoso, que trabaja en una empresa importante…
Nicolás sonrió, incómodo.
—Mamá…
—Déjame —lo interrumpió—. Tengo derecho a presumirte.
Valeria rió.
—Desde que entró a la universidad no habla de otra cosa.
Hablaron del trabajo de Nicolás con curiosidad genuina, no desde la ambición ni la competencia. Le preguntaban cómo estaba, si descansaba lo suficiente, si comía bien.
Nadie me interrogó. Nadie me evaluó.
Yo escuchaba, observaba, y sentía algo extraño y reconfortante a la vez.
Paz.
No la paz solemne de los grandes salones silenciosos, sino esa paz imperfecta, con platos que se chocan, con risas, con conversaciones superpuestas.
La casa contrastaba tanto con la mansión de los Luna que parecía pertenecer a otro mundo. Y sin embargo, yo me sentía más en casa allí que en muchos otros lugares.
Después del almuerzo, Morelia preparó café. Valeria se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas en el viejo sillón.
—Debe ser difícil —me dijo de pronto—. Todo ese peso de la empresa, esa responsabilidad. Además, con un bebé tan pequeño.
La miré, sorprendida.
—A veces —admití. — Pero nos vamos acostumbrando de a poco.
—Se nota que eres una gran madre—añadió. — Mi hermano tuvo mucha suerte.
Me puse nerviosa ante su comentario. Nicolás y yo nos miramos antes de que él hablara.
—Claro que sí — dijo Nicolás.
—Por cierto, hermano. Quiero mostrarte algo de la universidad. Tal vez puedas ayudarme.
—Claro —. Él asintió.
Ambos fueron hacia donde se encontraban las habitaciones.
Morelia se acercó y me apoyó una mano en el hombro.
—Eres una buena mujer, Camila —dijo—. Y una buena madre. Mi hijo es muy afortunado.
Sentí un nudo en la garganta.
No porque no lo hubiera escuchado antes, sino porque allí no sonaba como una expectativa, sino como un hecho.
Cuando nos despedimos, Morelia me abrazó con fuerza.
—Vengan cuando quieran —dijo—. Esta siempre será su casa.
Mientras Nicolás arrancaba el auto, miré por la ventana una última vez.
Pensé que, quizá, la contención no siempre viene del lugar más grande ni más poderoso.
A veces viene de una mesa pequeña, de una casa sencilla, de personas que no piden nada a cambio. Y entendí por qué Nicolás era como era.