Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 22 Sincronización de datos, el retorno de las valquirias y el hospital
El zumbido en mi cabeza tras la pelea con el General Krall no se quitaba ni con el rugido constante de las Cascadas de Cristal. Estaba sentado en una saliente de cuarzo, con Memo acurrucado contra mi costado y Ringo practicando sombras de boxeo frente a su propio reflejo en el agua luminiscente, moviéndose con una cadencia técnica que todavía me volaba la tapa de los sesos.
—¡Mírame, flan! ¡Soy el "Canelo" de las Tierras Salvajes! —gritaba el mono, lanzando un jab que cortaba el aire con un silbido—. Siento que mis neuronas por fin se conectaron al Wi-Fi de la verguiza. ¡Esa descarga de datos que me pasaste estuvo más perra que un maratón de películas de acción en domingo!.
—No fue una descarga, Ringo. Fue... una sincronización —murmuré, mirando mis manos. El anillo de hierro de Gromm todavía vibraba sutilmente en mi pulgar.
Me sentía como un servidor central que acababa de descubrir que tiene puertos USB de salida. No solo compartía palabras; compartía instintos, memoria muscular, "know-how" puro de mi mundo.
—¿Y conmigo qué, Alejandro? —preguntó Caeris, apareciendo de la nada entre la bruma de las cascadas, con sus dagas gemelas en las manos y esa mirada de elfo que lo ha visto todo—. Si pudiste convertir a esta bola de pelos en un pugilista de élite, imagínate lo que podrías hacer con alguien que sí tiene dedos oponibles y un coeficiente intelectual superior al de una piedra.
Miré al pequeño guía. Caeris ya era letal por su cuenta, un experto en sigilo y asesinato rápido. Pero mi mente empezó a trabajar. Pensé en todos los videojuegos de infiltración que jugué en mis noches de soledad en la CDMX: Splinter Cell, Metal Gear, Assassin's Creed. Pensé en tácticas de guerrilla urbana, en el uso de la visión periférica y en la importancia del "timing" en el sabotaje industrial.
—Acércate, Caeris —dije, sintiendo al león de mi brazo rugir bajo la piel.
Él se aproximó con desconfianza. Le puse la mano en el hombro. Cerré los ojos y visualicé el "upload". No busqué enseñarle a pelear —eso ya lo sabía—, busqué darle la estructura táctica. Le pasé conceptos de triangulación de objetivos, el uso de puntos ciegos dinámicos y la psicología del miedo en el combate asimétrico.
Sentí un tirón en mi Maná, una sensación de mareo, como si estuviera subiendo un archivo pesado a la nube con una conexión inestable. Caeris se tensó. Sus ojos verdes se dilataron y una chispa de luz dorada recorrió sus pupilas.
—¡Por las barbas de los antiguos! —exclamó el elfo, retrocediendo y mirando sus propias manos—. Alejandro... acabo de ver... estructuras. Planos de ataque que no tienen sentido pero que son perfectos. ¿Qué es un "combate en espacios cerrados tipo CQC"? ¿Y por qué siento que puedo desarmar a un guardia usando solo su propia inercia y un clip para papeles?
—Se llama optimización, carnal —sonreí, aunque me sentía un poco mareado—. Úsalo con sabiduría.
—Esto cambia las reglas del juego —murmuró Caeris, desapareciendo de mi vista no solo por su magia, sino por un uso del ángulo de las sombras que antes no dominaba tanto—. El Sabio tenía razón: tú no eres el guerrero, eres el sistema operativo.
Estaba a punto de pedirle a Ringo que me pasara una de esas bayas mágicas para el mareo cuando Elara salió de la cueva tras la cascada principal. Su belleza era insultante; cada vez que la veía, sentía que mis ojos necesitaban un ajuste de brillo. Su túnica traslúcida se pegaba a sus curvas de una forma que hacía que mi ritmo cardíaco olvidara su entrenamiento marcial.
—El archivo está procesando bien, pero el hardware está agotado —dijo Elara, acercándose con esa sensualidad inocente que la caracterizaba, rodeándome el cuello con sus alas de seda que emitían un calor delicioso—. Necesitas reposo, Alejandro. Tus "terminales" están absorbiendo demasiado de ti.
Estaba a punto de aceptar el "reposo" —que con Elara siempre tenía un toque erótico sutil que me ponía a temblar— cuando un grito de guerra, ronco y desgarrado, retumbó en la entrada de la cuenca.
—¡ALEJANDRO! ¡AYUDA! ¡SE NOS MUERE! —era la voz de Kaia, pero no la voz de la guerrera imbatible, sino una llena de un pánico que me heló la sangre.
Me puse de pie de un salto, ignorando el mareo. Por el puente de arcoíris que conectaba con el sendero del bosque, aparecieron ellas. El espectáculo era desolador.
Kaia venía al frente, con su armadura de cuero negro destrozada, dejando ver heridas sangrientas en sus costados y su melena larga enmarañada con ceniza. Iris, en su forma humana, cargaba sobre sus hombros un bulto envuelto en una capa dorada; su piel blanca estaba cubierta de hollín y sus ojos rosa brillaban con una angustia feroz. Briana cerraba la marcha, tambaleándose, usando su arco como bastón, con su ropa de elfa plateada hecha jirones y sus manos temblando por el agotamiento de Maná.
—¡Bastian! —grité, corriendo hacia ellas.
Iris depositó el bulto sobre la hierba luminiscente. Era él. El mentor de luz estaba irreconocible. Su armadura divina estaba partida a la mitad por un golpe de energía de sombra, y una herida masiva en su pecho supuraba una oscuridad viscosa que intentaba devorar su propia luz. Tenía los ojos cerrados y su respiración era un silbido agónico.
—Lo cercaron... Eran demasiados... —jadeó Briana, cayendo de rodillas al lado de Bastian—. Usó todo su poder para que nosotras pudiéramos salir con la Princesa Alizee hacia el fuerte seguro... Pero la Sombra lo alcanzó.
Elara se arrodilló al lado del guerrero herido. Su expresión de inocencia desapareció, reemplazada por la seriedad de una deidad de la sanación. Sus alas se expandieron, cubriendo a Bastian y a las tres chicas en un capullo de luz irisada.
—La corrupción es profunda —dijo Elara, sus manos brillando con una intensidad que hacía que el agua de las cascadas vibrara—. Necesito silencio y que nadie rompa el círculo. Alejandro, mantén la guardia. El Rey Sombra no dejará que su luz se recupere tan fácil.
Me quedé de pie, con el mangual "Relámpago" en la mano, vigilando el perímetro mientras Elara empezaba a cantar un mantra que sonaba como mil campanas de cristal.
Fue entonces cuando empezó el verdadero drama.
Kaia se levantó, limpiándose la sangre de la frente, y vio por primera vez a Elara con atención. Vio su piel de luna, su sensualidad desbordante y la forma en que sus alas parecían acariciar el espacio alrededor de Alejandro.
—¿Y esta quién es? —preguntó Kaia, sus ojos ámbar encendiéndose con esos celos territoriales que yo ya conocía bien—. Nos vamos a arriesgar el cuello para salvar al viejo, ¿y tú te consigues a otra "maestra" que anda casi encuerada por las cascadas?
—¡Kaia, por favor! —protesté, sintiéndome como si estuviera en medio de una auditoría sorpresa—. Es Elara, la hermana de la Reina Lirina. Es la única que puede salvar a Bastian.
Briana también se levantó, mirando a Elara con una mezcla de respeto profesional y una desconfianza femenina absoluta.
—Es poderosa... pero su Maná es demasiado... provocador —murmuró la elfa, cruzándose de brazos y resaltando su figura a pesar de los jirones de su ropa.
Iris fue la más directa. Se acercó a mí, oliéndome, y luego miró a Elara con un gruñido sutil. Sus orejas de loba estaban tiesas.
—Hueles a ella, Alejandro. Hueles a jazmín y a esa luz de las aguas. Mi manada está completa, no necesitamos más hembras que miren a nuestro guerrero como si fuera un postre.
—¡Chale, ya empezó el reality show de las Tierras Salvajes! —se burló Ringo, sentado sobre una roca y viendo el espectáculo—. ¡Falta que llegue la Princesa Alizee para que se armen los juegos del hambre por el corazón del flan! ¡Alejandro, mejor ponte a entrenar, porque estas tres te van a desmembrar antes que el Rey Sombra!.
Traté de ignorar la tensión erótica y los celos que saturaban el aire. Me acerqué a las chicas, viendo sus heridas. Estaban destrozadas.
—Gracias por traerlo —les dije, con la voz quebrada—. No sé qué habría hecho si las hubiera perdido a ustedes también.
Abrí mis brazos. Las tres, a pesar de sus celos y su agotamiento, se refugiaron en mi pecho. Sentí el calor de Iris, la elegancia de Briana y la fuerza de Kaia. Por un momento, el mundo exterior desapareció.
—No te vas a librar de nosotras tan fácil, chilango —susurró Kaia contra mi hombro—. Todavía tienes que enseñarme a usar ese juguete eléctrico que traes ahí.
Pasaron las horas. Elara seguía trabajando en Bastian. La luz en el capullo de seda subía y bajaba de intensidad. Para mantener la moral alta y el ambiente relajado, saqué mi celular. Todavía tenía un poco de señal gracias a las torres del pueblo y la amplificación de las cascadas.
Puse música para calmar los ánimos. "Flashback" de Calvin Harris ya había pasado, así que busqué algo más nostálgico pero motivador. Encontré una playlist de música de los 80 que me recordaba a las fiestas en la azotea con mis amigos de la CDMX.
—Escuchen esto —dije, activando la amplificación rúnica para que el sonido llenara la cuenca sin molestar el ritual de Elara.
El ritmo de los sintetizadores empezó a sonar. Las chicas me miraban con curiosidad.
—Esta música es para no rendirse —les expliqué—. En mi mundo, cuando todo parece perdido, subimos el volumen y seguimos peleando.
Me puse a entrenar con el martillo "Rompe-Sistemas" al ritmo de la música, mostrando mi progreso físico: los abdominales marcados, los hombros potentes y el león de mi brazo brillando con cada movimiento técnico que Gromm me había enseñado. Elara, desde su posición, me miraba de reojo con una sonrisa inocente pero cargada de una sensualidad que hacía que las otras tres gruñeran.
De pronto, la luz del capullo estalló.
Elara cayó hacia atrás, agotada, y yo corrí a sostenerla antes de que tocara el suelo. Sus curvas se apretaron contra mi pecho y sus ojos de luna me miraron con gratitud.
—¡Suéltala, Alejandro! —gritaron las tres al unísono.
Pero mi atención se desvió hacia Bastian. El mentor se incorporó, tosiendo, pero la negrura de su pecho se había convertido en una cicatriz plateada. Sus ojos brillaron con luz dorada otra vez.
—Alejandro... —su voz era débil pero firme—. El Rey Sombra... ha encontrado el archivo fuente alternativo. No busca solo tu código. Busca el "espejo" del otro mundo para fusionar las realidades y convertirlas en un desierto de estática.
—¿El espejo? ¿Mi celular? —pregunté, sintiendo un escalofrío.
—No solo el objeto, sino la conexión —dijo Bastian, mirando mi teléfono—. Elara te ha dado la esencia, pero ahora debes aprender a usar tu habilidad de "compartir" no solo para dar técnicas de boxeo o sigilo... sino para conectar nuestras almas al sistema. Es la única forma de que todos sobrevivamos al formateo final.
Miré a mi equipo: el mono boxeador, el elfo táctico, el hipogrifo leal, la elfa sanadora, la guerrera imbatible, la loba feroz y la hada sensual.
—Cámara, banda —dije, guardando el celular y sintiendo una determinación que quemaba más que el Maná—. Ya no somos solo un equipo. Somos una red. Y a ese Rey Sombra le vamos a meter el virus más cabrón de la historia de los dos mundos.
El suspenso regresó. Sabíamos que la batalla final estaba cerca, pero mientras el eco de la música de mi mundo se mezclaba con el rugido de las Cascadas de Cristal, supe que el Chilango estaba listo para subir la versión definitiva de su leyenda.