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ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

ENTRE SUEÑOS Y SABANAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.

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capitulo 14

El aire de Zúrich era tan afilado como una hoja de afeitar. Lía se ajustó el abrigo de lana gris, sintiendo cómo el frío le calaba hasta los huesos a pesar de la calefacción del jet privado que acababan de abandonar. A su lado, Dante mantenía una expresión impenetrable, sus ojos ocultos tras unas gafas de sol oscuras que reflejaban el paisaje alpino. El silencio entre ellos, forjado en el sótano de la tía Elena tras la revelación de su plan original, se había vuelto una presencia física, un tercer pasajero que ocupaba el espacio entre sus manos, que ya no se buscaban con la misma naturalidad de antes.

—El banco nos espera en una hora —dijo Dante, su voz sonando extrañamente metálica en el aire gélido—. Victoria ha coordinado con el bufete local. Si este "segundo heredero" existe, los registros de la cuenta en Suiza serán la prueba definitiva.

Lía asintió, mirando por la ventanilla del coche que los recogió en la pista. El embarazo, que ya empezaba a hacerse notar con un ligero cansancio en sus facciones, la hacía sentir más vulnerable ante la posibilidad de perder el control de su empresa. Alba Arquitectura no era solo un negocio; era su forma de limpiar el nombre de su familia. Si un hijo secreto de su padre aparecía ahora para reclamar su parte, todo el esfuerzo de purificación podría desmoronarse.

—¿Crees que sea posible? —preguntó Lía, rompiendo el silencio—. Mi padre era un hombre de secretos, pero ¿un hijo? ¿Otro Montero oculto durante treinta años?

Dante se quitó las gafas y la miró. Había una mezcla de arrepentimiento y determinación en sus ojos.

—Tu padre era un estratega, Lía. Los hombres como él siempre tienen un plan de contingencia. Si él sabía que Julián o Sara podrían fallar, no me extrañaría que hubiera dejado una semilla plantada fuera del alcance de las leyes de nuestro país.

...

El Privatbank Von Essen era una fortaleza de mármol y silencio. Al entrar, Lía sintió el peso de los siglos de discreción bancaria. Fueron conducidos a una sala privada donde un hombre de aspecto impecable y manos de pianista los esperaba con una carpeta de cuero negro.

—Frau Montero, Herr Valerios —saludó el banquero en un inglés perfecto—. Los documentos que solicitan están protegidos por cláusulas de confidencialidad extremas, pero dado que el señor Julián Montero ha perdido sus facultades legales tras su condena, y que usted es la heredera principal según el testamento de Alberto Montero, estamos obligados a revelar la existencia del fideicomiso "Esmeralda II".

El banquero abrió la carpeta. Lía sintió un mareo súbito. Frente a ella, una partida de nacimiento de un hospital en Ginebra, fechada hace veintiocho años. El nombre del padre: Alberto Montero. El nombre de la madre: Isabelle Duchamp. El nombre del niño: Gabriel Montero Duchamp.

—Gabriel... —susurró Lía, tocando el papel. Su padre había tenido un hijo mientras ella todavía jugaba en el jardín de su casa de la infancia. La traición de su padre hacia su madre era algo que ella sospechaba, pero verlo documentado era como una nueva puñalada.

—Hay algo más —dijo el banquero, mirando a Dante con una pizca de cautela—. El señor Duchamp no es solo un heredero pasivo. El contrato de este fideicomiso estipula que, en caso de que la gestión de la Constructora Montero cambie de manos de forma hostil o por divorcio, Gabriel Duchamp tiene el derecho de activar una cláusula de adquisición preferente.

—Eso significa que puede comprar mis acciones a precio de costo —concluyó Lía, sintiendo que el aire se le escapaba—. Puede quitarme la empresa por una fracción de su valor real.

—Exactamente —confirmó el banquero—. Y según nuestros registros, el señor Duchamp ha sido localizado recientemente en un hotel de lujo en St. Moritz. Parece que alguien le ha avisado de que el tablero está listo para su jugada.

Lía miró a Dante. La sospecha volvió a su mente como un veneno.

—¿Tú sabías esto? ¿Fue esto parte de lo que descubriste cuando investigaste a mi familia hace años?

Dante golpeó la mesa con el puño, haciendo que el banquero diera un respingo.

—¡No, Lía! Por Dios, mírame. Sabía que había cuentas en Suiza, sí. Sabía que tu padre era un corrupto. Pero esto... esto es una jugada que incluso yo no vi venir. Julián debe haber estado en contacto con este Gabriel desde hace mucho tiempo. Él lo guardaba como su bomba nuclear.

Lía se puso de pie, su mente trabajando a mil por hora.

—No vamos a dejar que nos quite lo que hemos construido. Si Gabriel Duchamp quiere guerra, se la daremos. Pero primero, quiero verlo a los ojos. Quiero saber si es otro monstruo como Julián o si es una víctima más de los juegos de mi padre.

...

El viaje hacia St. Moritz fue una carrera contra el tiempo y la desconfianza. En el hotel Badrutt's Palace, el epicentro del lujo invernal, el ambiente era opresivo a pesar del champán y las pieles. Lía y Dante se instalaron en una suite, pero la cercanía física solo servía para resaltar la distancia emocional.

Esa noche, incapaces de dormir, la tensión estalló. Dante intentó acercarse a Lía mientras ella revisaba los documentos en el sofá, pero ella lo rechazó con un gesto brusco.

—No me toques, Dante. No mientras sienta que cada paso que damos es parte de un mapa que tú ya habías trazado.

—Lía, cometí un error al no decirte que te investigué al principio —rugió Dante, su paciencia agotándose—. Pero lo que siento por ti, lo que estamos viviendo aquí, no es un mapa. Es la vida real. Tenemos un hijo en camino. ¿De verdad crees que pondría en riesgo nuestro futuro por una venganza de hace veinte años?

—¡Es que ya no sé qué creer! —gritó ella, poniéndose en pie. Las lágrimas, contenidas durante todo el viaje, empezaron a caer—. Me enamoré de una fantasía, de un niño del muelle que regresó para salvarme. Pero el hombre que tengo delante es un estratega que oculta información hasta que le conviene revelarla.

Dante la acorraló contra la chimenea encendida. El calor del fuego competía con la intensidad de sus miradas.

—Entonces mírame, Lía. No al niño, ni al abogado. Mira al hombre que ayer casi mata a tu exmarido para protegerte. ¿Crees que esto es parte de un plan? ¿Crees que mis manos tiemblan así cuando estoy haciendo una jugada legal?

Él tomó sus manos y las puso sobre su pecho. Su corazón latía con una fuerza salvaje, una irregularidad que ningún estratega podía fingir. Lía sintió esa conexión visceral, esa corriente eléctrica que siempre los unía a pesar de las mentiras. La rabia se transformó, como siempre ocurría entre ellos, en una necesidad desesperada de pertenencia.

Se besaron con una ferocidad que buscaba borrar las dudas, una colisión de labios y lenguas que sabía a nieve y fuego. Dante la levantó, sentándola sobre el mármol de la chimenea, y sus manos se movieron con una urgencia que no permitía dilaciones. En esa suite de lujo, rodeados por el frío de los Alpes, se amaron con una intensidad que rayaba en la desesperación. Fue una lucha de poder, una forma de reclamarse mutuamente entre el caos de las revelaciones. Para Lía, cada gemido era una forma de decirle que lo odiaba por sus secretos, pero que lo necesitaba más que al aire. Para Dante, era una forma de jurarle que ella era lo único real en su mundo de sombras.

...

A la mañana siguiente, la realidad volvió con la luz gris del invierno suizo. Recibieron una nota en la recepción.

“Café en el salón Chesa Veglia. 10:00 AM. No traigan abogados. Solo familia.” — Gabriel.

Cuando llegaron al lugar, un restaurante histórico de madera oscura y techos bajos, un hombre joven estaba sentado en una mesa rincón. Al verlo, Lía sintió que se le detenía el corazón. Tenía los ojos de su padre, la misma mirada penetrante y ligeramente melancólica que Alberto Montero usaba cuando quería convencer a alguien de un mal negocio.

—Hermana —dijo Gabriel, poniéndose de pie. Su voz tenía un ligero acento francés—. Tardaste más de lo que esperaba en encontrarme.

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