Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 10: Julián
El despacho de mi padre siempre ha sido un santuario de madera de cedro, cuero viejo y el aroma persistente de los puros que fuma cuando el mundo se vuelve demasiado pesado. Le hablé a mi padre de mis logros en Europa, de la estructura financiera y logística que Rodrigo y yo habíamos levantado desde la nada, ladrillo a ladrillo, en un mercado que no perdona a los advenedizos.
En la familia Videla, la confianza no es un regalo de nacimiento; es una moneda de cambio que se gana con sudor, sangre y una lealtad que bordea la ceguera. Le expliqué quién era Rodrigo, asegurándole que era el tipo de hombre que cubriría mi espalda en un tiroteo sin pestañear. Mi padre escuchaba en silencio, con las manos entrelazadas sobre el escritorio.
—Hijo... —comenzó mi padre, con la voz quebrada por una emoción que rara vez se permitía mostrar en este recinto de autoridad—. Me has dejado sin palabras. Siempre supe que eras distinto, que tu mente funcionaba a una velocidad que los demás no podían seguir, pero esto es... increíble. Forjaste tu propio destino sin pedir permiso ni perdón. Qué orgullo tan grande siento de ti, Julián.
Se levantó y me rodeó en un abrazo sólido. Era un abrazo que olía a tabaco y a una aprobación que yo, aunque intentara negarlo, había ansiado toda mi vida.
—Gracias, padre —respondí, sintiendo cómo un peso invisible se deslizaba de mis hombros—. Estaré aquí unos dos meses. Puedo manejar mis asuntos a distancia gracias a la tecnología. Rodrigo y yo preferimos el anonimato; tenemos a un "títere" como cara pública de la empresa, un hombre de paja impecable para que nadie se moleste en buscar debajo de la alfombra de nuestros verdaderos movimientos.
—Es lo más prudente —asintió Ricardo, volviendo a su sillón con una expresión que se tornó sombría de repente—. Estar en el ojo del huracán solo trae rayos. Pero dime... —¿qué busca realmente tu amigo aquí? No creo que un hombre con su ambición se conforme con el aire de campo.
Mi padre siempre ha tenido un radar infalible para las intenciones ocultas. La honestidad parcial era mi mejor jugada.
—Tiene motivos personales, papá. Está buscando a su hermano menor. Recibió información de que podría haber sido visto en esta ciudad y lleva un mes sin noticias directas. Está preocupado, casi desesperado. En cuanto lo encuentre, probablemente regresemos a la capital para cerrar el asunto, pero mientras tanto, es alguien en quien puedes confiar plenamente. Es de los nuestros.
Tras recibir la bendición silenciosa de mi padre, salí del despacho. Mi pecho estaba inflado por una paz inusual, una sensación de victoria doméstica. Sin embargo, en la casa de los Videla, la paz es un espejismo que se disuelve al primer contacto con la realidad.
Mientras caminaba por el pasillo principal, un aroma dulce y envolvente me golpeó los sentidos, deteniéndome en seco. Era una mezcla embriagadora de chocolate amargo, manzanas asadas y un toque punzante de canela. Mis pies, traicionando a mi cerebro, se movieron por instinto hacia la cocina, el corazón de la casa. Allí estaba ella.
Gabriela se movía entre harinas, moldes de metal y vapores dulces con una destreza que me resultó fascinante y profundamente molesta. Tenía el cabello recogido en un moño descuidado, pero algunos mechones rebeldes se le pegaban a la nuca, humedecida por el calor del horno. Verla así, tan sumergida en su mundo, tan doméstica pero a la vez irradiando ese fuego indomable que siempre la había caracterizado, despertó de nuevo esa rabia posesiva que me había consumido en el club la noche anterior.
—¡Que no se repita lo de ayer! —solté sin preámbulos. Mi voz resonó como un trueno, rompiendo la armonía del lugar.
Ella dio un brinco violento, soltando la espátula de madera que golpeó el suelo con un sonido seco. Al girarse y verme, su expresión de susto inicial se transformó, en menos de un segundo, en una máscara de indignación pura. Sus ojos centellearon con un brillo que me desafiaba a dar un paso más.
—¿Y qué fue exactamente lo de ayer, Julián? —escupió, plantándome cara a pesar de la diferencia de altura, con esa rebeldía que siempre lograba sacarme de quicio—. ¿Que te volviste loco de repente? ¿Que decidiste que ahora eres el dueño de mi libertad? ¿O que no soportas que pueda divertirme con mis primos y mi hermana?
—¡Que no puedes andar por ahí de exhibicionista, maldita sea! —rugí, acortando la distancia entre nosotros hasta que el olor del azúcar en su piel se mezcló con el de mi propio enojo—. Dejándote tocar por cualquier idiota en una pista de baile mediocre. Y otra cosa, Gabriela, para que te quede claro de una vez por todas: métetelo en la cabeza, ella no es tu hermana ni ellos son tus primos. ¡Tú no eres de nuestra sangre! ¡No eres una Videla!
Me extralimité. Lo supe en el preciso instante en que las palabras, cargadas de un veneno que no sabía que poseía, salieron de mi boca. El silencio que siguió fue sepulcral. Vi cómo sus ojos, esos orbes que me habían retado con valentía hace un segundo, se inundaron de lágrimas instantáneas. Pero no fueron lágrimas de derrota. Gabriela no se derrumbó; se hizo más pequeña, más afilada, más peligrosa en su dolor.
—No me dejaba tocar... —dijo con la voz temblorosa, pero sosteniendo mi mirada con una firmeza que me hizo querer retroceder—. Era un baile, Julián. Un simple baile. Estamos en el siglo veintiuno, la gente se mueve, se toca, disfruta. No todo es un campo de batalla como en tu cabeza. Y está bien, lo sé... sé perfectamente que no soy de tu preciosa sangre. No hace falta que me lo escupas cada vez que te sientes amenazado. Pero no los metas a ellos en tu odio. El único que me desprecia aquí, el único que me hace sentir como una extraña en mi propia casa, eres tú. Nadie más me hace sentir que no pertenezco.
—¿Un baile? —me burlé, intentando desesperadamente ignorar la punzada de culpa que me atravesaba el estómago como un clavo ardiente—. ¿Acaso la mano de ese tipo no estaba a punto de agarrar tu trasero frente a todo el mundo? ¿Eso es lo que llamas diversión?
El golpe fue seco, sonoro y cargado de toda la frustración, el desprecio y la tristeza que ella había acumulado durante años de mis desplantes. Gabriela me abofeteó con una fuerza física que no creía que su cuerpo menudo pudiera generar. El impacto giró mi rostro y dejó mi mejilla ardiendo, pero lo que realmente me dolió, lo que se quedó grabado a fuego en mi mente, fue la mirada de odio absoluto que me lanzó.
Me pasé la mano por la mejilla, tratando de enfriar la piel, pero sobre todo tratando de calmar mi orgullo herido. Sabía que me había pasado de la raya, que había usado su origen como un arma arrojadiza, pero la simple imagen mental de otro hombre rozando su piel me provocaba una náusea visceral que no sabía cómo gestionar.
Al salir de la cocina, tratando de recomponer mi máscara de frialdad y ajustarme la camisa como si nada hubiera pasado, me topé de frente con mi madre en el pasillo. Valentina, siempre elegante y siempre observadora, se detuvo en seco al verme.
—¿Hijo? ¿Qué te pasó en la cara? —preguntó con una nota de alarma, acercándose para examinar la marca roja que empezaba a hincharse en mi mejilla.
—Nada, madre... un descuido. Me golpeé con la esquina de una de las puertas de la alacena
—Debes tener más cuidado, Julián. Siempre vas demasiado rápido —suspiró ella, aunque sus ojos entrecerrados sugerían que no se tragaba la historia de la alacena ni por un segundo—. Ven, acompáñame al jardín un momento. Siéntate conmigo. Cuéntame, mi niño... tú que has visto tanto mundo, ¿hay alguien que ocupe tu corazón? ¿Alguna mujer en la capital o en el extranjero que te haga querer volver a casa antes de tiempo?
Solté una risa seca, carente de humor, mientras nos sentábamos en el banco de hierro forjado bajo el gran roble.
—No, madre. El tipo de vida que llevo no deja espacio para novias ni compromisos sentimentales. El amor es una distracción cara que no puedo permitirme.
—Pero te veo siempre buscando algo, hijo. Tus ojos nunca están tranquilos, ni siquiera cuando estás aquí —insistió ella, poniendo una mano cálida sobre la mía.
—No busco amor, mamá —. Busco control. El amor es lo opuesto al control, y yo no sé vivir de otra manera.
—Asi que B usco compañía por las noches. Me gusta el calor de alguien al dormir, eso es todo.
—¡Julián! —me reprendió ella, aunque con una nota de tristeza en su voz—. No hables así. No juegues con las mujeres, no son objetos para quitarte el frío.
—No juego con ellas, mamá. Soy sincero desde el primer minuto. Saben a lo que vienen. Pero la verdad es que ninguna me ha sorprendido, ninguna ha tenido esa chispa que me haga querer quedarme después de que sale el sol.
—Si ellas no se respetan, tú deberías ser el caballero que te enseñamos a ser —me recordó, acariciándome el cabello—. Confío en que pronto llegará alguien que no solo quieras en tu cama, sino que quieras que te acompañe todas las noches de tu vida. Si no es ahora, será después, pero llegará.
Le di un beso en la frente, tratando de borrar la imagen de Gabriela de mi mente.
—Por cierto, ¿has visto a Rodrigo?
—Salió hacia las tierras después del desayuno —respondió ella, retomando su calma habitual—. Se llevó uno de los caballos. Parecía interesado en explorar la zona sur.
—Okey. Iré a buscarlo. Necesito aire —dije, dándole un abrazo apretado—. Te amo, mamá.
Salí de la casa sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Necesitaba encontrar a mi socio, pero sobre todo, necesitaba entender por qué el golpe de una "chiquilla" me había dolido mucho más que cualquier fracaso financiero en mi carrera.