Es verdad lo que dicen.No sabes lo que tienes asta que lo pierdes y así empieza esta historia
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Capítulo 1: Las tardes que no supe ver
El patio de la casa de Livia siempre olía a tierra húmeda, incluso en los días en que el sol caía con fuerza y parecía secarlo todo. Leonardo nunca entendió por qué, pero con el tiempo dejó de preguntárselo. Simplemente era así. Como las tardes largas, como el sonido de la radio vieja en la cocina, como la voz de su abuela llamándolo desde la puerta sin levantar demasiado el tono, como si supiera que él iba a escucharla igual.
—Leo, vení un momento —decía.
Y él iba.
No porque fuera especialmente obediente, sino porque en ese entonces todavía le nacía hacerlo.
Livia no era una mujer frágil, aunque su cuerpo empezara a encorvarse con los años. Tenía manos ásperas, marcadas por el trabajo, y una mirada que parecía ver más de lo que decía. Cuando sonreía, lo hacía apenas, pero lo suficiente como para que Leonardo sintiera que todo estaba bien, aunque no lo estuviera.
Aquel día, como tantos otros, estaba sentada en una silla baja, desgranando arvejas en un recipiente de plástico gastado. Leonardo se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra la pared, mirando el cielo sin demasiado interés.
—¿Te peleaste otra vez? —preguntó ella sin mirarlo.
Leonardo frunció el ceño.
—No.
—Mmm —respondió Livia, como si no le creyera del todo, pero tampoco quisiera insistir.
El silencio no era incómodo entre ellos. Nunca lo había sido. De hecho, era uno de esos silencios que parecían decir cosas, aunque ninguno de los dos supiera exactamente cuáles.
—¿Sabés una cosa? —dijo Livia después de un rato.
—¿Qué?
—La gente siempre cree que tiene tiempo.
Leonardo giró la cabeza, apenas interesado.
—¿Tiempo para qué?
Ella dejó de mover las manos por un segundo, como si pensara la respuesta con cuidado.
—Para hacer lo que tiene que hacer.
Leonardo no respondió. En ese momento, esa frase no significaba nada para él. Era solo otra de esas cosas que decían los adultos, como si hablaran en un idioma distinto.
Livia volvió a su tarea.
—Después se dan cuenta de que no era tanto.
El viento movió apenas las hojas del limonero. La radio, adentro, dejó escapar una voz lejana que anunciaba algo que ninguno de los dos estaba escuchando realmente.
Leonardo se encogió de hombros.
—Yo sí tengo tiempo.
Livia sonrió, pero no dijo nada.
Las visitas a la casa de su abuela eran una rutina más que una elección. Su madre lo dejaba ahí algunas tardes cuando el trabajo se hacía demasiado largo o cuando en casa las discusiones empezaban a subir de tono.
Leonardo no odiaba estar ahí. Tampoco lo disfrutaba especialmente. Era… neutro.
Pero para Livia no lo era.
Cada vez que él llegaba, ella acomodaba algo, preparaba algo, encontraba una excusa para hacerlo sentir esperado. A veces cocinaba de más. A veces le guardaba cosas que él ni siquiera recordaba haber mencionado que le gustaban.
—Te hice torta —decía.
—No hacía falta —respondía él.
Y aun así comía.
Nunca decía “gracias” con muchas ganas. A veces ni siquiera lo decía.
No porque fuera malo. No todavía. Solo… no pensaba en eso.
Una tarde, mientras revolvía cajones buscando unas llaves que no encontraba, Leonardo escuchó un golpe seco en la otra habitación. No fue fuerte, pero tampoco pasó desapercibido.
Se quedó quieto un segundo.
Podría haber ido a ver.
Podría haber preguntado.
Pero no lo hizo.
—¿Abuela? —llamó, sin moverse.
—Estoy bien —respondió la voz de Livia, un poco más baja de lo normal.
Leonardo dudó.
Algo en ese tono no le cerraba del todo.
Pero después encontró las llaves, y ese pequeño alivio borró la inquietud que había empezado a formarse.
—Ahí las encontré —dijo, como si eso fuera lo importante.
—Qué bueno, hijo.
No fue a verla.
No comprobó si realmente estaba bien.
No pensó que ese tipo de cosas importaran.
Con el tiempo, Leonardo empezó a pasar menos tiempo en el patio y más tiempo mirando el celular o saliendo con otros chicos. La casa de Livia se volvió más silenciosa, más lenta en comparación con el resto de su vida.
—Podrías venir más seguido —le dijo ella una vez.
—Estoy ocupado —respondió él, sin mala intención, pero sin detenerse a pensar en lo que decía.
Livia asintió, como si entendiera.
Siempre entendía.
Demasiado.
—Está bien —dijo.
Y no volvió a insistir ese día.
Esa noche, mientras Leonardo se acostaba en su habitación, no pensó en su abuela. No pensó en el golpe que había escuchado, ni en la forma en que su voz había sonado distinta, ni en las veces que ella lo había esperado sin decirlo.
Pensó en cosas simples. En amigos. En mensajes. En cualquier cosa menos en eso.
Y sin darse cuenta, empezó a construir algo que todavía no podía ver.
Una distancia.
Pequeña al principio.
Casi invisible.
Pero real.
Muchos años después, Leonardo intentaría recordar exactamente cuándo había empezado todo.
Si había sido ese día.
Ese momento.
Ese instante en el que decidió no levantarse.
Pero la memoria es extraña.
No guarda los momentos como advertencias.
Los guarda como escenas comunes.
Como tardes cualquiera.
Como decisiones que parecen no importar.
Hasta que importan.
Y para entonces… ya es tarde.