Zoe Aldana despierta en el cuerpo de la chica más odiada de una novela: una joven de familia adinerada a la que todos desprecian. Según la historia original, su destino es servir de villana y terminar destruida. Pero Zoe no piensa seguir el guion.
Armada con una lengua afilada, una puntería letal y cero tolerancia hacia la hipocresía, Zoe empieza a desmontar las mentiras que la rodean. Lo que nadie esperaba es que detrás de la "princesa falsa" se escondiera una mujer capaz de poner de rodillas a las familias más poderosas de la ciudad.
Y luego está Iker Navarro: su prometido por arreglo, frío como el hielo, temido por todos… y peligrosamente empeñado en protegerla. Lo que empieza como un matrimonio forzado se convierte en algo que ninguno de los dos puede controlar.
Pero cuanto más secretos desentierra Zoe, más enemigos se gana. Traiciones familiares, conspiraciones mafiosas y un pasado oscuro que conecta a las dos familias más poderosas amenazan con destruir todo lo que ha construido.
En este mundo, la sangre no garantiza lealtad, el amor es el arma más peligrosa, y la única regla es sobrevivir.
NovelToon tiene autorización de Yulianti Azis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El drama de la mañana
La noche caía mansa, pero en la habitación rosa de Zoe el ambiente se sentía como un vacío sofocante. Las cortinas finas se mecían con la brisa nocturna, y la lámpara de mesa arrojaba una luz suave que iluminaba parte del rostro de Zoe, sentada en el pequeño sofá junto a la ventana.
De pronto, unos golpes suaves sonaron en la puerta.
¡Toc! ¡Toc!
Zoe volteó.
—Pase —dijo con voz neutra, sin aspereza.
La puerta se abrió lentamente. Un sirviente mayor, un hombre de unos cincuenta años con la espalda algo encorvada, entró cargando una bandeja de plata con la cena completa: sopa, guarniciones y un vaso de leche tibia. Las manos le temblaban ligeramente al caminar.
Zoe lo observó. El hombre mantenía la cabeza gacha, sin atreverse a mirarla a la cara.
—Déjelo en la mesa, por favor —indicó Zoe.
El sirviente se acercó deprisa, colocó la bandeja con cuidado en la mesita junto a la cama, y retrocedió despacio. Antes de que Zoe pudiera decir algo más, ya estaba dándose la vuelta para marcharse.
Zoe frunció el ceño.
—Espere.
El hombre se detuvo en seco; el cuerpo le tembló un poco.
Zoe se levantó del sofá y se acercó despacio, mirándolo con expresión seria.
—¿Tan aterradora soy? —preguntó de repente.
El sirviente se quedó mudo, la cabeza aún más inclinada.
—N-no es eso, señorita…
Zoe lo observó.
—¿Le hice algo malo alguna vez?
El hombre titubeó. Pasaron varios segundos antes de que negara con la cabeza, pero Zoe percibió claramente el miedo profundo en su rostro.
—No, señorita. Solo… cumplo con mi trabajo. —Claro que mentía: la Zoe original era tan cruel que no dudaba en despedir o insultar a cualquier empleado que le desagradara.
Zoe respiró hondo. Miró las manos temblorosas del sirviente y sintió una náusea repentina; no de hambre, sino de una incomodidad que le brotaba de adentro.
—Así de mala era la Zoe Aldana de este mundo —murmuró casi para sí misma.
El sirviente no respondió, petrificado en su sitio.
Zoe lo miró una vez más, esta vez con ojos suaves y cansados.
—Puede irse.
El viejo hizo una reverencia profunda y salió del cuarto sin hacer ruido.
Cuando la puerta se cerró, Zoe se sentó al borde de la cama, contemplando la bandeja intacta. No tenía ni pizca de apetito.
—Así que esto se siente… entrar en la vida de alguien a quien todo el mundo odia. La maldición de Vale se hizo realidad de verdad.
Se miró en el gran espejo al otro lado de la habitación y esbozó una sonrisa amarga.
—Zoe Aldana, dejaste una herencia espléndida. Rencor, heridas y miedo.
Se recostó contra el respaldo de la cama, los ojos en el techo.
—Pero a partir de esta noche, yo tomo las riendas de tu historia. Y voy a enderezar todo a mi manera.
A la mañana siguiente, la luz del sol se colaba suavemente en la cocina de lujo de la mansión Montero. El sonido rítmico de un cuchillo cortando se mezclaba con el aroma de vegetales salteados y arroz caliente.
Zoe Aldana, con el cabello recogido sin complicaciones y el uniforme escolar blanco con gris bien puesto, estaba ocupada acomodando platillos en su propia lonchera. Vegetales cortados con esmero, una pechuga de pollo a la plancha sin aceite y un huevo cocido. Prolijo. Simple. Limpio.
Su rostro permanecía sereno, concentrado e inexpresivo como siempre.
De pronto, pasos bajaron por la escalera.
—¿Eh? Miren eso —la voz de Diego sonó primero, cargada de burla.
—Volvió al modo ama de casa, modo "busca atención" —añadió Damián, su gemelo, con una risita, parado en el umbral de la cocina con uniforme escolar.
—¿Nos estás preparando lonche? —Diego le dio un codazo a su hermano y se carcajeó.
Zoe no respondió. Solo cerró la lonchera y le ajustó la correa.
—Zoe… ¿cuántas veces te lo tenemos que decir? —dijo Damián acercándose—. Tu comida es asquerosa. No la vamos a tocar ni a probar.
—¿A lo mejor le pusiste veneno? Para quedarte como la única hija de la casa —agregó Diego recargado en la pared, riéndose de su propia gracia.
Gaspar, que acababa de bajar con su look relajado de universitario, vio la lonchera sobre la mesa y alargó la mano como para tomarla.
—Si no es para ellos, capaz sirve para un perro callejero. A ver si hoy por fin resultas un poquito útil.
Pero antes de que sus dedos la alcanzaran, Zoe habló sin voltear.
—Lástima… —su voz fue fría, cortante, llena de firmeza—. No cociné para ustedes.
Gaspar se detuvo en seco, mirando a Zoe que ahora se había erguido y los observaba con expresión impávida.
—Esta lonchera es para mí. —Zoe tomó la lonchera de la mesa con una mano—. Sin veneno, sin drama. Solo comida saludable que ustedes jamás van a valorar.
Los miró a los tres, uno por uno, con ojos afilados y una advertencia implícita.
—¿Quedó claro? Si no les queda claro, es que no entienden el idioma humano.
Diego y Damián se quedaron mudos, visiblemente desconcertados de que Zoe pudiera hablar así de fuerte.
Gaspar solo chasqueó la lengua.
—Tu estilo cambió, pero sigues siendo…
Zoe ya se había ido, pasando junto a ellos sin dignarse a escuchar el resto de la frase.
Mientras caminaba hacia la puerta, añadió en voz baja pero incisiva:
—En vez de andar mendigando validación, aprendan a cocinar. Mejor eso que andar criticando la comida ajena.
Y Zoe salió de la cocina, dejando a los tres plantados y en silencio. Ninguno pudo soltar su burla habitual.
Estaban genuinamente sorprendidos. La Zoe que conocían solía ser empalagosamente dulce, lo que a ellos les resultaba patético.
El desayuno esa mañana fue más concurrido que de costumbre. Toda la familia Montero estaba reunida, vestidos impecables, un desayuno opulento servido y charlas intrascendentes fluyendo.
Pero algo se sentía fuera de lugar.
Zoe Aldana —la chica que normalmente desbordaba drama y buscaba atención halagando, insistiendo u ofreciendo su comida casera— ahora simplemente estaba sentada en silencio. Rostro impasible. Comía despacio y con modales, sin decir una palabra, sin saludar a nadie.
Tomó pan integral y verduras hervidas de su plato, masticó con calma mientras echaba un vistazo rápido al celular.
Nada de cortesías. Nada de frases melosas. Nada de "Gaspar, ¿quieres que te sirva el té?" ni "Álvaro, ¿ya desayunaste?"
Silencio absoluto del lado de Zoe.
Alicia, sentada enfrente, la observaba callada. Las cejas fruncidas. Algo no cuadraba. Esta no era la Zoe de siempre, la que solía buscar pleito con ella.
Con expresión vacilante, Alicia tomó la sopera de crema de champiñones del centro de la mesa. Se sirvió un poco en un tazón pequeño y, con una sonrisa dulce, intentó acercárselo a Zoe.
—Zoe… esta es tu sopa favorita, ¿no? Te la sirvo…
Pero al estirar el brazo, la mano le resbaló un poco.
—¡Ah!
¡¡SPLASH!!
La sopa caliente se derramó directo sobre la mano de Zoe, salpicándole la muñeca y parte del antebrazo. Zoe retiró la mano por reflejo y soltó un quejido leve.
—Tsss… —murmuró, conteniendo el ardor. Su expresión se mantuvo serena, aunque el dolor era evidentemente real.
Alicia se mostró alarmada al instante, los ojos como platos, y empezó a hablar con voz temblorosa.
—¡Perdón! Perdóname, Zoe… no fue a propósito, de verdad… yo… solo quería darte la sopa… —Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—No… no quise lastimarte… solo quiero que nos llevemos bien…
Zoe, que aún se secaba la mano con una servilleta, apenas la miró con frialdad. Pero antes de que pudiera hablar, una voz estridente se le adelantó.
—¡Mira, Zoe! —estalló Gaspar—. Solo te quiso dar sopa. ¡Y ahora la hiciste llorar!
Diego bufó:
—¿Otra vez llora por culpa de Zoe? Ya es el colmo, es capaz de traumar a su propia hermana.
Damián añadió con sorna:
—¿Todavía no te basta, Zoe? De verdad no cambias nada, sigues igual de mala.
Álvaro dejó caer la cuchara con fuerza en la mesa. Su mirada perforó a Zoe.
—No puedes cambiar, ¿verdad? No sabes comportarte. Siempre causando problemas. Mírate: comes en silencio como una extraña, y aun así logras arruinarlo todo.
Cristina, la madre, suspiró con pesadez.
—Zoe, siempre es lo mismo contigo. Siempre arruinas el ambiente. Los demás se sientan a comer en paz, pero tú… —Negó con la cabeza, decepcionada—. ¿Tan difícil es portarte bien? Anda, discúlpate con Alicia.
Zoe dejó su cuchara con calma, miró a Alicia que seguía sollozando, y luego recorrió con la mirada a cada uno de los que la atacaban. Rostro inexpresivo, pero los ojos fríos como cuchillas.
—¿Terminaron? —Su voz fue baja, pero hizo que la sala enmudeciera de golpe.