Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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9. Odio no tener control
Unos días después, Estrella fue trasladada a una residencia privada. Las paredes, reforzadas con capas de seguridad, ahogaban cualquier sonido del exterior, como si el mundo allá afuera hubiera dejado de existir.
Solo quedaban los guardias apostados en los pasillos, sus siluetas moviéndose con precisión militar, y el zumbido ocasional de los sistemas de comunicación restringidos.
Estrella estaba sentada en el sillón de cuero negro del salón principal, los dedos tamborileando con impaciencia sobre el brazo del mueble. Su bolso de diseñador yacía abandonado en la mesa de centro, como si incluso los objetos más preciados hubieran perdido valor en ese encierro forzado.
- “Odio no tener control”, murmuró Estrella, la voz cortante como una hoja.
Lucio no se movió de inmediato. Permaneció de pie frente a la ventana blindada, la luz tenue de la tarde filtrándose a través de los cristales polarizados y dibujando sombras afiladas en su rostro. El traje caro que vestía, impecable como siempre, no lograba ocultar la tensión en sus hombros. El pelo peinado hacia atrás brillaba bajo la luz artificial, pero sus ojos estaban fijos en algo más allá del vidrio, como si buscara respuestas en el horizonte que no podía ver.
- “Lo recuperarás”, dijo Lucio, finalmente, girando hacia ella con una calma que no lograba disfrazar el fuego bajo la superficie.
Estrella lo miró con una intensidad que quemaba. No era la mirada de una mujer que pedía permiso, sino la de alguien que ya había decidido desafiar lo que fuera necesario.
- “No me refiero a la empresa”, aclaró ella, y su voz tembló. No por debilidad, sino por algo más peligroso, la honestidad que a los veinte era más clara, menos peligrosa.
Estrella llevó una mano al pecho, como si intentara contener algo que amenazaba con desbordarse. El vestido ceñido que llevaba, elegante pero restrictivo, no ayudaba. Cada respiración era un recordatorio de que su cuerpo no respondía solo a su voluntad.
- “¿Entonces?”, preguntó Lucio, acercándose un paso.
- “A esto”, siseó ella, señalando el espacio entre ellos con un gesto brusco.
Lucio no sonrió. No había lugar para juegos ni para la ligereza que a veces fingían en público. Aquí, entre estas cuatro paredes, solo había verdad cruda y el eco de un pasado que ella no recordaba pero que su piel parecía gritar.
Se acercó despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco la ahuyentara. Pero Estrella no era el tipo de mujer que huyera. Se quedó quieta, observándolo, midiendo cada centímetro que se acortaba entre ellos. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de él, no retrocedió.
- “No tienes que hacer nada”, murmuró Lucio, y su voz era un susurro áspero, como si las palabras le costaran.
- “Eso es lo que más me molesta. Que no me estés exigiendo nada”, confesó ella, tan bajo que casi no se escuchó.
Estaban a centímetros ahora. Tan cerca que Estrella podía ver las pequeñas líneas alrededor de sus ojos, el modo en que sus pupilas se dilataban. Buscó en su rostro algo que le devolviera el pasado, algo que le dijera ahí está, eso es lo que sentías, pero no lo encontró. En su lugar, encontró algo más peligroso: el presente.
- “Cuando Gustavo entró sentí nostalgia. (Hizo una pausa, tragando saliva) Cuando tú me miraste… sentí otra cosa”, dijo Estrella.
Lucio contuvo el aliento, como si el mundo entero hubiera dejado de girar.
- “¿Qué sentiste?”, preguntó él, y su voz era un hilo tenso a punto de romperse.
Estrella no respondió con palabras. En su lugar, cerró los últimos centímetros que los separaban y presionó su palma contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de él bajo la tela del traje. Su propio pulso era un tambor enloquecido, un ritmo que no podía controlar.
- “No quiero que esto sea lástima”, advirtió Lucio, la mandíbula tensa.
- “No lo es”, replicó ella.
- “No quiero que sea miedo”, insistió él.
Ella negó con la cabeza, lenta, deliberada.
- “Es furia”, confesó Estrella, y el veneno en su voz era casi tangible.Él frunció el ceño, confundido.
- “¿Furia?”, inquirió Lucio.
- “Porque mi mente no te recuerda (las uñas clavándose levemente en la tela de su saco). Pero mi piel sí”, respondió Estella.
Eso fue el detonante. Lucio no esperó más. La tomó por la cintura con una mano, firme pero no violento, como si supiera exactamente cómo sostenerla sin romperla. Su otro brazo se alzó, rozando su mejilla con los nudillos antes de enredar los dedos en su cabello. No era un gesto de posesión, sino de reconocimiento, como si su cuerpo supiera lo que su mente se negaba a aceptar.
- “Si esto pasa (la boca tan cerca de la suya que sus labios casi se rozaban) no quiero que mañana digas que fue un error”, susurró Lucio.
Estrella no retrocedió. No apartó la mirada. En su lugar, inclinó la cabeza justo lo suficiente para que sus labios se encontraran en un susurro.
- “Si es un error, será mío”, respondió Estrella, con una sonrisa que era todo menos dulce. Y entonces lo besó.
No fue el beso de una mujer reservada, con su bolso de diseñador y su postura impecable. Fue el beso de una mujer que decidía, que tomaba, que no pedía permiso.
Lucio respondió con la misma fuerza que había estado reprimiendo desde que ella despertó en ese hospital y no lo reconoció. Desde que tuvo que presentarse como un extraño cuando su cuerpo gritaba que eran cualquier cosa menos eso. El beso no fue torpe, fue intenso.
La llevó contra la pared con un movimiento fluido, cuidando de no lastimarla, pero sin soltarla. Su mano en la cintura de ella se deslizó hacia abajo, rozando la curva de su cadera antes de asentarse en su muslo, levantando levemente el dobladillo de su vestido. Estrella no protestó. En cambio, se aferró a su camisa como si necesitara sostenerse de algo real, a algo que no pudiera desvanecerse con el amanecer.
No había recuerdos en ese beso. No había nombres ni promesas del pasado. Solo había reconocimiento físico, una memoria muscular que desmentía el vacío en su mente.
Cuando se separaron por un segundo, solo el tiempo necesario para tomar aire, Estrella apoyó la frente contra su cuello, sintiendo el ritmo acelerado de su respiración contra su piel.
- “No sé quién fui contigo”, susurró Estrella, y el dolor en su voz era genuino.
Lucio cerró los ojos, como si esas palabras lo atravesaran.
- “Fuiste la única persona que hizo que mi mundo girara en sentido contrario”, confesó Lucio y sonó vulnerable.
Ella lo miró entonces, realmente lo miró, y vio algo que no había visto antes, no al hombre impecable con el traje caro, sino al que había estado esperando, en silencio, a que ella volviera. No como la Estrella que había sido, sino como quienquiera que fuera ahora.
Lo besó otra vez. Más lento esta vez y más profundo. Y esta vez no era una prueba, era una elección.
El fuego entre ellos ya no era desesperación. Era un sí dicho con dientes y lenguas, con uñas clavándose en la espalda y respiraciones entrecortadas.
Afuera, los enemigos seguían moviendo sus piezas en el tablero, planeando, conspirando, esperando el momento para atacar, pero dentro de esa habitación, con las puertas blindadas y los guardias en los pasillos, una mujer que había olvidado cómo se construía un imperio estaba recordando algo mucho más importante, “cómo se sentía amar sin poner límites”.