Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo VI Las hermanas inician el plan
Observaba a Elena caminar de un lado a otro por mi vestidor y sentía una punzada de irritación que no lograba controlar. Al principio, verla tropezar con mis tacones de aguja me causaba una gracia burlona; era el recordatorio de que, aunque tuviéramos la misma cara, ella era solo una copia barata, una mesera que apenas sabía distinguir el champán del agua con gas.
Pero mi diversión se transformó en una frustración amarga en cuestión de horas.
Elena aprendía demasiado rápido. Demasiado.
—La espalda más recta, Elena. No eres una sirvienta pidiendo permiso, eres una reina exigiendo tributo —le recordé, cruzando los brazos mientras me servía una copa de vino—. Y deja de morderte el labio. Yo no tengo dudas; yo tengo certezas.
Ella se detuvo, cerró los ojos un segundo —un gesto que me molestaba porque denotaba una paz interior que yo no poseía— y exhaló. Cuando volvió a caminar, su zancada era perfecta. El balanceo de sus caderas tenía la forma exacta de mi propia marcha. No era una imitación; se estaba convirtiendo en mí ante mis propios ojos.
Sentí un escalofrío. Era como ver a un fantasma cobrar vida.
—¿Así, Isabella? —preguntó ella. Su voz ya no temblaba. Había captado ese tono aterciopelado y cínico que yo usaba para defenderme del mundo.
—Mejor —gruñí, dejando la copa sobre el tocador con más fuerza de la necesaria.
Me acerqué a ella mientras terminaba de retocarle el labial rojo. Estábamos tan cerca que podía ver el brillo de inteligencia en sus pupilas. Me irritaba su humildad, pero me enfurecía aún más su capacidad de adaptación. Yo había pasado años puliendo mi máscara de frialdad para sobrevivir a la tiranía de mi padre, y esta chica la estaba replicando en una tarde por pura necesidad.
—¿Por qué te molesta? —soltó ella de repente, mirándome a través del espejo.
—No me molesta —mentí, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula—. Solo me aseguro de que el plan no falle. Alexander no es un idiota, Elena. Si nota una sola grieta de bondad en ti, estamos acabadas.
Pero la verdad era otra. Me sentía desplazada. Verla con ese vestido negro, con el cabello brillando bajo las luces led y esa postura impecable, me hizo sentir, por primera vez en mi vida, reemplazable. ¿Qué pasaría si ella era una mejor "Isabella" de lo que yo jamás fui? ¿Y si Alexander, ese hombre de hielo que siempre me miró con asco, encontraba en esta versión algo que yo no pude darle?
Aparté ese pensamiento de inmediato. Era absurdo. Alexander la odiaría porque creería que era yo, y Elena lo odiaría a él por ser el monstruo que lo obligaba a casarse.
—Mañana en la cena de compromiso, Alexander intentará provocarte —le advertí, caminando a su alrededor como un depredador—. Sacará a relucir mis escándalos, hablará de Felipe con desprecio. Tienes que reírte. Una risa corta, seca. Como si nada en este mundo pudiera herirte.
—Puedo hacerlo —respondió ella. Su mirada era ahora tan gélida como la mía.
Me quedé en silencio, recorriendo con la vista cada centímetro de su transformación. El cambio de humor me golpeó de frente. Pasé de la satisfacción del éxito a una envidia corrosiva. Elena ya no se veía como una mujer pobre salvando a su madre; se veía como la mujer que yo siempre quise ser: alguien con mi poder, pero con una causa noble por la cual luchar.
—Vete a dormir al cuarto de invitados —le dije, dándole la espalda para que no viera mi confusión—. Mañana empieza el teatro. Y recuerda, Elena... cuando lleves ese anillo, tu vida deja de ser tuya. Eres mi sombra. No lo olvides.
Escuché sus pasos firmes alejándose hacia la habitación. Cuando la puerta se cerró, me miré al espejo. Estaba sola. Mi "doble" se había llevado mi imagen al otro cuarto, y yo me quedé allí, sintiéndome como un boceto borroso de la mujer que acababa de crear.
El plan era perfecto, pero por primera vez, tuve miedo de que el espejo terminara gustándole más la imagen de Elena que la mía.
La noche pasó volando. Antes de que nos diéramos cuenta, el sol ya se filtraba por los ventanales del penthouse, avisando que el tiempo se había agotado. Era hora de que Elena se enfrentara por primera vez a mis padres; el éxito de nuestra farsa dependía de ese primer encuentro.
—Estoy nerviosa —confesó Elena, removiendo el café con la mirada perdida mientras intentábamos desayunar.
—Tienes que controlar esos nervios —le respondí con firmeza, aunque por dentro yo también era un manojo de dudas—. Recuerda que de esto depende la vida de tu madre. Ella es tu ancla ahora.
—Esto es una locura... —susurró, dejando la cuchara a un lado—. Nos van a descubrir e iré directo a la cárcel.
—Nadie nos va a descubrir si sigues mis instrucciones al pie de la letra. Solo mantén la cabeza fría. Piensa que es por ella y que estos dos años pasarán antes de que te des cuenta.
Elena guardó silencio, sumida en una reflexión que llamó poderosamente mi atención. Sus ojos, que eran el espejo de los míos, me miraron con una intensidad nueva.
—¿En qué piensas? —le pregunté, dejando mi taza sobre la mesa.
—En nuestro parecido —soltó, y por un segundo sentí que el aire se volvía más pesado—. Esto no puede ser una casualidad, Isabella. Algo muy profundo nos tiene que unir.
Era una verdad que flotaba en el aire, imposible de ignorar. No podían existir en el mundo dos personas tan idénticas sin que hubiera un vínculo de sangre de por medio. Era obvio que éramos hermanas, pero ese era un misterio que yo investigaría por mi cuenta una vez que fuera libre.
—No pienses en eso ahora —la corté, tratando de no darle vueltas a un pasado que no podíamos cambiar—. Debes concentrarte en el presente. No dejes que te descubran. Ahora muévete, mis padres ya te esperan para los últimos detalles de la cena.
Tomé las llaves del auto y mi bolso. La libertad estaba a solo un paso. Una vez que Elena ocupara mi lugar, yo desaparecería con Felipe para disfrutar de nuestro amor, lejos de las garras de Armando Castillo. Sin embargo, al llegar al estacionamiento, un detalle técnico me golpeó como un balde de agua fría. Me detuve en seco y la miré con horror.
—¿Sabes conducir? —pregunté, sintiéndome como una idiota por haber olvidado algo tan básico.
Yo había tenido auto propio desde que era una niña y me jactaba de ser una excelente conductora. Si "Isabella" aparecía de pronto necesitando un chofer o conduciendo como una principiante, el plan se desmoronaría antes de empezar.
—Sí —respondió ella, dándome una pequeña sorpresa—. Aprendí hace años. Conduje un taxi un tiempo para ganarme la vida.
El alma me volvió al cuerpo, aunque no pude evitar sentir una punzada de lástima por mi recién aparecida hermana. Mientras yo disfrutaba de una vida llena de lujos y excesos, ella se desgastaba trabajando en lo que fuera para ayudar a personas que, seguramente, ni siquiera eran nuestros verdaderos padres. Para mí era evidente que Miranda de Castillo era nuestra madre; teníamos sus mismos ojos y esa estructura ósea que la hacía lucir como una reina incluso en silencio.
ojalá no bajen la Guardia