El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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Nuestra familia nos espera
El sótano de la mansión Volkov se convirtió en un santuario de sombras y respiraciones agitadas. Tras la confesión del espía, la atmósfera de guerra se disolvió para dar paso a la tensión carnal que Ben Connors ya no podía como "simple biología".
Valerius lo acorraló contra la mesa de metal, atrapando la cintura del policía con sus manos grandes y posesivas. Ben, con el uniforme táctico aún puesto y el hombro latiendo de dolor, inclinó la cabeza, exponiendo su nuca. El alfa no esperó permiso; capturó los labios de Ben con una voracidad qué detuvo el tiempo.
Fue un beso con sabor a hierro, a ozono y a una lealtad forjada en el infierno. Valerius invadió su boca con una lengua experta, reclamando cada rincón con una urgencia qué hizo que Ben soltara gemidos ahogados. En el clímax del contacto, cuando sus lenguas se entrelazaron y el ritmo se volvió frenético, Valerius succionó con fuerza, tratándose la saliva del omega dominante en un acto de comunión animal, como si quisiera absorber la esencia misma del Capitán hacia su propio pecho.
Ben apretó los puños contra la camisa del alfa, tirando de él, entregándose por un segundo a la oscuridad deliciosa de pertenecer a alguien. Pero entonces, Valerius se detuvo. Sus manos, que bajaban peligrosamente hacia los glúteos de Ben, se frenaron en seco. El alfa jadeó contra sus labios, luchando contra su propio instinto de marcarlo allí mismo. Recordó la herida de bala el hombro de Ben y, sobre todo, que este hombre venía de un mundo donde amaba las mujeres, donde era un alfa entre alfas. No quería abrumarlo. Quería que Ben lo eligiera cada día, no que sucumbiera por agotamiento.
-Descansa, pequeño fantasma.- Susurró Valerius, dándole un último beso casto en la frente antes de separarse con una voluntad que no sabía que tenía -Mañana el mundo conocerá tu nombre.-
El tren blindado de los Volkov cortaba la niebla del amanecer como una daga de acero y vapor. Dentro del vagón de mando, el mapa de "El Abismo Negro" estaba extendido bajo las luces rojas de emergencia.
Ben Connors, con el brazo en un cabestrillo pero la mano derecha libre para su pistola, repasaba los tiempos de incursión. A su lado, Valerius revisaba los cargadores de su fusil de asfalto. Ya no eran captor y presa. Eran una unidad táctica.
-Entraremos por el conducto de ventilación.- Explicó Ben, señalando un plano -Boris y el equipo A crearán una distribución en las calderas de azufre. Eso obligará a Valtor mover a sus guardias a los niveles inferiores.-
Valerius asintió, su mirada dorada fija en la determinación de Ben.
-Y mientras ellos bajan, nosotros subimos al nivel dónde está el contrato de Leo y arrancaremos la cabeza de Valtor.-
-Exacto.- Ben ajustó una máscara de filtro -El arriba será tóxico por el azufre. Tenemos diez minutos de oxígeno antes de que nuestros pulmones colapsen. Es una misión de entrada y salida, Volkov. Nada de heroísmo innecesario.-
El traqueteo del tren era el único sonido. La tensión sexual del sótano seguía flotando entre ellos, una promesa suspendida en el humo del tabaco de Valerius.
-¿Sabes qué es lo que más me gusta de este plan, Capitán?- preguntó el alfa, cargando su arma con un clic.
-Dímelo tú.- respondió Ben sin quitar la vista del mapa.
-Que por primera vez, no estás peleando para escapar de mí. Estás peleando para volver a casa conmigo.-
Ben guardó silencio, pero el brillo azul eléctrico de sus ojos se intensificó. No lo negó. Ya no había vuelta atrás. Puerto Gris estaba quedando atrás, y frente a ellos, las minas de la frontera del Norte los esperaban para el juicio final.
La mina de azufre "El Abismo Negro" era una cicatriz amarilla y humeante. El aire pesaba, cargado de partículas tóxicas, que hacían que la visibilidad fuera casi nula. Bajo el manto de la madrugada, el tren blindado se detuvo a un kilómetro, liberando a dos sombras que se funcionaron con las rocas volcánicas.
Ben se movía con una fluidez qué desafiaba su herida. Llevaba ropa táctica ajustada a su cuerpo, definiendo sus músculos. Valerius lo seguía a dos metros, cubriendo su retaguardia con un rifle con silenciador.
-Rejilla de ventilación localizada.- Susurró Ben -Tres guardias. No uses fuego abierto.-
-Entendido, Capitán.- la voz de Valerius era un murmullo de seda y acero -Tú marcas, yo ejecuto.-
Ben sacó un cable de fibra de carbono. Con un movimiento preciso, se deslizó por la viga de hierro sobre el primer guardia. Antes de que el hombre pudiera notar el cambio en la presión del aire, Ben cayó sobre él, rompiéndole el cuello con un giro seco y silencioso. El cuerpo no llegó a tocar el suelo. Valerius ya estaba ahí para atraparlo entre los barriles de azufre.
-Uno fuera.- dijo Ben, limpiándose las manos -Faltan dos.-
Avanzaron por los túneles, donde el calor hacía que el sudor los empaparan. Cada paso era una lección de disciplina. Ben desactivaba sensores con precisión mientras Valerius eliminaba a cualquier centinela que se atreviera a mirar a su dirección.
Llegaron al nivel dónde estaba la oficina de Valtor. Una estructura que resaltaba la suciedad de la estructura. A través del vidrio, se veía la caja fuerte y a un alfa de gran tamaño revisando unos papeles: Valtor.
-Ahí está el contrato de Leo.- Ben sintió que su pulso se aceleraba -Y ahí está la razón de todo este infierno.-
Valerius puso una mano en el hombro de Ben, un contacto breve pero cargado de una posesividad protectora.
-Tú ve por el contrato. Yo me encargaré de que Valtor no vuelva a respirar el mismo aire que tú.-
Ben asintió, desenfundando su pistola. El sigilo estaba a punto de terminar, y la masacre estaba por comenzar.
El cristal de la oficina de Valtor estalló en mil pedazos bajo el impacto coordinado. Ben Connors entró rodando, con su pistola barriendo la habitación para neutralizar a los dos escoltas en la entrada antes de que pudieran levantar sus armas.
PUM PUM
Dos disparos limpios. Dos bajas. Benno se detuvo. Su objetivo era la caja fuerte de cromo al fondo del despacho.
Valtor, un alfa masivo de los Territorios del Norte, con cicatrices que contaban historias de guerras fronterizas, se puso de pie con un rugido que hizo vibrar las vitrinas del lugar. Pero antes de que pudiera abalanzarse sobre el omega, una sombra mucho más densa y peligrosa se interpuso.
Valerius Volkov entró caminando sobre los cristales rotos, despojándose de su equipo táctico para quedar solo en su camisa negra empapada de sudor y feromonas de guerra. El aroma a bosque quemado de Valerius chocó contra el olor a azufre y tabaco de Valtor, creando una zona de presión insoportable.
-Tú... El cachorro de Puerto Gris.- Gruñó Valtor, sacando un cuchillo de combate -Has venido muy lejos para morir por un omega y un bastardo qué no es tuyo.-
Valerius sonrió, una expresión carente de humanidad. Sus colmillos brillaron bajo las luces rojas.
-No he venido a morir, Valtor. He venido a reclamar el resto de tu imperio. Nadie toca lo que es mío y sigue respirando para contarlo.-
El choque fue brutal. Valtor era pura fuerza bruta, un ataque que embestía con la fuerza de un motor a vapor. Valerius, en cambio, era velocidad y precisión letal. Se movían por la oficina destrozando muebles, rompiendo paredes de yeso y dejando rastros de sangre en el cromo.
Mientras tanto, Ben trabajaba en la caja fuertes. Sus dedos eran expertos en infiltración.
<<51... 86... 21...>>
¡CLIC!
La puerta se abrió. Ben encontró el sobre de cuero negro con el sello de la Hermandad Roja. El contrato original de Ren Masson y la Cláusula de Leo. Con un movimiento seco, Ben sacó su encendedor y prendió fuego los papeles allí mismo. Observó como las llamas consumían las palabras "Propiedad" y "Venta".
-Se acabó, Leo.- Susurró Ben, sintiendo un peso de dos vidas desprenderse de sus hombros.
El estruendo lo devolvió a la realidad. Valtor había lanzado a Valerius contra el escritorio, rompiéndolo a la mitad. El alfa del Norte levantó su cuchillo para el golpe final, pero Valerius, usando el impulso de su caída, pateó la rodilla de Valtor, haciéndola crujir.
Valerius se incorporó atrapando el brazo de Valtor y, con un rugido que superó el siseo de las calderas de la mina, le hundió sus propios colmillos en la yugular. Fue una ejecución animal, la marca de un Alfa Real terminando con un usurpador.
Valtor se desplomó, inundando el suelo de sangre. Valerius se separó, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con los ojos dorados fijos en Ben.
-¿Lo tienes?- preguntó Valerius, jadeando, con la camisa desgarrada y el pecho subiendo y bajando.
Ben mostró las cenizas del contrato que caían de sus dedos.
-Ya no existe. Leo es libre. Ren Masson es libre.-
Valerius caminó hacia él, ignorando sus propias heridas. Tomó el rostro de Ben con sus manos manchadas y lo besó con una ferocidad qué sabía a victoria y a una posesividad que ya no necesitaba documentos para ser real.
-Veámonos de este agujero, Capitán.- dijo Valerius -Nuestra familia nos espera.-
Salieron de la oficina mientras la mina comenzaba a colapsar por las cargas explosivas qué Boris había colocado en los niveles inferiores. El Abismo Negro se cerraba para siempre, llevándose consigo los secretos de la Hermandad Roja y el Círculo de la Noche.