Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 2: El villano que aprendió a no gritar
El castigo nunca llegaba con rabia.
Eso fue lo primero que Elian Vaelor aprendió.
No había gritos, ni escenas escandalosas, ni golpes dados en público. Todo era silencioso, meticuloso, cuidadosamente oculto tras puertas cerradas y sonrisas nobles. En la mansión Vaelor, el dolor no manchaba la reputación.
—Un omega debe ser dócil —decía su padre, el duque Alaric Vaelor, con voz tranquila, como si hablara del clima—. Y tú eres defectuoso.
Las palabras dolían más que los golpes.
El primer azote lo recibió sin entender por qué. Había caminado demasiado lento. O quizá demasiado rápido. No estaba seguro. Nunca lo estaba. El látigo descendió una vez, luego otra, y otra más, marcando su espalda con un ardor que le robó el aliento.
No gritó.
No porque fuera fuerte…
sino porque había aprendido que gritar solo prolongaba el castigo.
—Míralo —dijo su madre, la duquesa Seraphine Vaelor, observándolo desde una silla elegante—. Ni siquiera sabe comportarse como omega.
Ella nunca levantaba la mano. No lo necesitaba. Su crueldad era más refinada: negarle comida, aislarlo, ordenar a los sirvientes que fingieran que no existía.
El hambre le recordó a las calles.
Y por un instante, creyó que podría soportarlo.
Pasaron los días. Luego las semanas. Los castigos se volvieron rutina. Golpes en lugares que no se vieran. Encierros prolongados. Rodillas sobre el suelo frío durante horas, sin permiso para moverse. Si caía por el cansancio, lo levantaban solo para devolverlo a la misma posición.
—Agradece —le decían—. Esto es disciplina.
Su cuerpo empezó a reaccionar antes que su mente. Se encogía al oír pasos. Contenía la respiración cuando alguien alzaba la voz. Aprendió a moverse sin hacer ruido, a hablar solo cuando se lo permitían, a desaparecer dentro de sí mismo.
La resistencia al dolor no lo volvió fuerte.
Lo volvió vacío.
Por las noches, cuando lo dejaban solo en su habitación, se sentaba en el suelo y se abrazaba las piernas. No lloraba. Las lágrimas habían dejado de salir. En su lugar había un cansancio espeso, aplastante, como si el alma también se hubiera fracturado.
Resiste, se decía.
Ya sobreviviste antes.
Pero esto era distinto.
En las calles, el dolor tenía un propósito: proteger a su hermana.
Aquí, el dolor no salvaba a nadie.
Una tarde, una sirvienta dejó caer una bandeja frente a él. El ruido resonó con fuerza en el pasillo. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar: se agachó, cubriéndose la cabeza, temblando.
La mujer lo observó con desprecio.
—Qué patético —murmuró—. Con razón dicen que eres un monstruo.
Monstruo.
Villano.
Las palabras se esparcían por la mansión como veneno. Elian las escuchaba durante las visitas nobles. Las percibía cuando otros omegas cambiaban de dirección al verlo. Las oía en boca de los sirvientes, que justificaban su sufrimiento con rumores cuidadosamente sembrados.
—Dicen que manipula a sus padres.
—Que disfruta causar dolor.
—Que finge ser débil.
Él nunca lo negó.
Porque nadie creería la verdad.
Porque cada vez que intentaba hablar, sus padres sonreían… y el castigo era peor.
Un día, su padre lo llevó a una habitación sin ventanas. El aire era pesado. El suelo, helado.
—Arrodíllate.
Lo hizo.
—Mírame.
Le costó levantar la cabeza. Cuando finalmente lo hizo, recibió un golpe seco que le nubló la vista.
—No te di permiso para tardar.
El mundo giró. Sintió sangre en la boca. Pero no gritó. No lloró. Se limitó a respirar despacio, como había aprendido en las calles cuando el hambre le hacía doler el estómago.
Esto también pasará, pensó.
Solo resiste.
Pero algo dentro de él empezó a romperse.
No fue un momento exacto. No fue un golpe en particular. Fue el cansancio acumulado. La sensación constante de no ser una persona, sino un error que debía corregirse.
Empezó a creer los rumores.
Tal vez sí era defectuoso.
Tal vez sí merecía el castigo.
Tal vez, si hubiera sido un omega “correcto”, nadie lo habría tocado.
Esa idea se le clavó en el pecho como una espina.
Una noche, al mirarse al espejo, apenas se reconoció. Su cuerpo era demasiado delgado, marcado por cicatrices que no podía explicar. Sus ojos estaban apagados. Su postura, encorvada, como si intentara ocupar menos espacio en el mundo.
—No importas —susurró sin darse cuenta.
La frase salió sola.
Y no hubo nadie que la contradijera.
El hambre volvió con fuerza. Tres días sin comer. Agua racionada. Cuando por fin le dieron un plato, sus manos temblaban tanto que apenas pudo sostenerlo. Comió despacio, recordando a su hermana, recordando cómo le decía que no se apresurara.
Ese recuerdo fue lo único que le permitió terminar.
Esa noche soñó con ella.
Soñó con el collar.
Con la nota.
Con la promesa.
Despertó con el pecho apretado.
—Lo siento —murmuró al vacío—. No pude ser feliz… pero tú sí.
Fue la primera vez que se permitió llorar en ese mundo.
Silencioso.
Sin sollozos.
Con lágrimas que caían sin sonido, como todo lo demás en su vida.
Al cumplirse un año desde su reencarnación, Elian ya no resistía.
Sobrevivía.
Había aprendido a obedecer sin pensar. A aceptar órdenes sin cuestionar. A no esperar nada bueno. El dolor ya no lo asustaba. La humillación ya no lo sorprendía.
Lo que más le dolía…
era no sentir esperanza.
El omega que había sido un hermano protector en otra vida se había convertido en alguien que solo sabía agachar la cabeza.
Y sin saberlo, esa obediencia absoluta era exactamente lo que sus padres querían.
Un omega quebrado no habla.
Un omega derrotado no huye.
Un omega vacío… es fácil de vender.
Y aunque aún no lo sabía, su destino ya había sido decidido.