En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 12
El taller de Julián Torres olía a aceite quemado, metal oxidado y a una desesperación que se filtraba por las paredes desconchadas. Era el reverso exacto de los salones de mármol donde yo había estado la noche anterior. Aquí, la vida se medía en piezas de repuesto y facturas sin pagar.
Julián se quedó inmóvil, con el trapo sucio apretado entre sus manos callosas. Sus ojos, antes llenos de una fatiga infinita, ahora destellaban con una chispa peligrosa. El nombre de Marina De la Vega en mi boca había actuado como un detonante.
—¿Qué sabe usted de esa noche? —preguntó Julián, dando un paso hacia mí. Su voz era un gruñido bajo—. Esa mujer... esa niña rica mató a mi hermana y se fue a la cárcel con una sonrisa porque sabía que su papi la sacaría pronto. ¿Viene a restregarme eso en la cara?
—No se fue con una sonrisa, Julián —dije, manteniendo la calma que Antonia me había enseñado. Mi voz, bajo mi nueva identidad de Elena, era suave pero firme—. Se fue con el corazón roto porque su familia la vendió para salvar a la verdadera culpable.
Julián soltó una carcajada amarga, carente de cualquier humor.
—¿La verdadera culpable? Hubo un juicio. Hubo testigos. El guardia la vio al volante. Ella misma lo confesó. ¿Quién es usted para venir aquí cinco años después a contarme cuentos de hadas?
Me acerqué a un banco de trabajo lleno de herramientas. Pasé mis dedos por una llave inglesa, sintiendo el frío del metal.
—Los testigos fueron comprados por Arturo De la Vega. El guardia recibió una casa en la costa y una jubilación anticipada. Y la confesión... la confesión fue el precio que una hija desesperada de amor pagó por una familia que nunca la quiso. Marina De la Vega no conducía ese coche. La que atropelló a Lucía fue Isabella.
El nombre de Isabella flotó en el aire del taller como un espectro. Julián se quedó lívido. Sus labios temblaron, pero no de miedo, sino de una furia que buscaba por dónde escapar.
—Isabella... la santa de las fundaciones. La que sale en las revistas llorando por los desfavorecidos —dijo él, y sus manos se cerraron en puños—. ¿Por qué debería creerla a usted? Usted parece otra de esas mujeres que comen diamantes en el desayuno.
—Me llamo Elena Valerius, y soy la mujer que va a destruir a los De la Vega desde los cimientos —respondí, mirándolo directamente a los ojos con mis nuevos iris grises—. No le pido que me crea por fe. Le pido que use su inteligencia. ¿Por qué una chica que acaba de llegar del extranjero, que no conocía el coche ni la ciudad, conduciría a 140 kilómetros por hora en una zona residencial? ¿Y por qué su hermana, la conductora habitual y conocida por sus excesos con el alcohol, iría en el asiento del copiloto sin hacer nada?
Julián guardó silencio. Vi cómo los engranajes de su mente empezaban a conectar los puntos que el dolor le había impedido ver durante un lustro.
—Marina pasó cinco años en el infierno —continué—. Cinco años de abandono absoluto. Sus padres no la visitaron ni una sola vez. La despojaron de su herencia mientras ella estaba tras las rejas. ¿Le parece eso el comportamiento de unos padres que protegen a una hija culpable? No, Julián. Fue el comportamiento de unos monstruos que eliminaron a un testigo molesto.
El precio de la verdad
Julián se sentó en un taburete desvencijado, ocultando el rostro entre sus manos manchadas de grasa. El silencio en el taller solo era roto por el goteo de un grifo lejano.
—Si lo que dice es cierto... —susurró él—, entonces he estado odiando a la persona equivocada durante media década. He dejado que la asesina de Lucía se pasee por las alfombras rojas mientras yo me consumía en este agujero.
—El odio no es un recurso desperdiciado si se sabe redirigir —dije, acercándome a él—. Marina ya no existe. Murió en esa prisión. Pero yo estoy aquí. Y tengo los recursos, el conocimiento y la falta de piedad necesaria para hacer que Isabella y Arturo paguen por cada gota de sangre de Lucía y por cada día de mi... de la condena de Marina.
Julián levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
—¿Por qué me cuenta esto a mí? Podría haber seguido con su plan sola. Usted es rica, poderosa. No me necesita.
—Le necesito porque usted es la prueba viviente del daño que causaron. Le necesito porque usted conoce los detalles que los abogados enterraron. Y porque, para hundir a Arturo De la Vega, necesito a alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos. Alguien que no pueda ser comprado porque ya lo ha perdido todo.
Saqué un sobre de mi bolso y lo puse sobre la mesa de trabajo.
—Aquí hay información sobre la red de subcontratas de Arturo. Él usa materiales de baja calidad en sus edificios de interés social para inflar sus ganancias. Es la misma negligencia que mató a su hermana, pero a escala industrial. Quiero que use sus contactos en el mundo de los transportes y la mecánica para vigilar esos cargamentos. Necesito pruebas físicas.
Julián miró el sobre, pero no lo tocó.
—¿Y qué gano yo con esto, Srta. Valerius?
—Ganará ver el rostro de Isabella cuando la policía le ponga las esposas frente a todas las cámaras que tanto ama. Ganará ver a Arturo arruinado, mendigando el perdón que nunca nos dio. Y ganará la paz de saber que Lucía finalmente descansará sabiendo que la verdad ha salido a la luz.
El pacto de sangre
Julián se puso de pie. Su estatura era imponente, y la rabia contenida lo hacía parecer una fuerza de la naturaleza. Tomó el sobre y lo guardó en el bolsillo de su mono de trabajo.
—Acepto —dijo con una voz que sonaba como el choque de dos piedras—. Pero si descubro que me está usando para algún juego de poder entre ricos, no me importará quién sea usted o cuántas caras nuevas tenga. Le juro que la encontraré.
—No esperaba menos, Julián —respondí con una sonrisa gélida—. Somos dos espectros buscando justicia en un mundo de vivos que no nos quieren ver.
Salí del taller sintiendo que una pieza fundamental del rompecabezas había encajado. Julián era el ancla emocional que mi plan necesitaba. Pero también era un recordatorio constante de lo que yo misma había perdido. Al hablar con él, sentí que la piel de "Elena Valerius" se agrietaba por un momento, dejando ver la carne viva de Marina.