Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 6
Narrado por: Isabella
El silencio en la mansión Thorne no es un vacío; es una presencia física que presiona contra mis oídos. Hoy, Alexander se fue temprano. Lo escuché marchar desde mi ventana; el rugido de su motor rompiendo la niebla matutina como un animal herido. Según la señora Miller, tenía una reunión "impostergable" con los socios del consejo. Para mí, era la oportunidad perfecta.
Llevo tres días encerrada en este mausoleo de lujo, memorizando fechas de tratados que no me interesan y declinando verbos en francés mientras mi alma se marchita. Pero anoche... anoche algo cambió. El roce de su cuerpo contra el mío en la cocina, el calor abrasador de su piel desnuda y esa mirada hambrienta que me dedicó antes de echarme, me confirmaron que Alexander Thorne no es solo una máquina de dar órdenes. Es un hombre que arde por dentro, y yo necesito saber qué es lo que alimenta ese fuego.
Caminé por el pasillo principal, mis pies descalzos hundiéndose en la alfombra persa para no hacer ruido. Me detuve frente a la pesada puerta de roble que marcaba el inicio del ala oeste. La zona prohibida. "Regla número cinco", resonó su voz en mi cabeza, ruda y posesiva.
Giré el pomo. Estaba abierto.
El aire en el ala oeste es diferente; huele a polvo antiguo, a papel viejo y a un perfume masculino persistente que me hizo estremecer. Avancé por el corredor en penumbra hasta llegar a la puerta del despacho de Alexander. Al entrar, la luz del mediodía se filtraba por las pesadas cortinas entreabiertas, iluminando motas de polvo que bailaban en el aire como diminutos fantasmas.
El despacho era exactamente como él: imponente, funcional y carente de cualquier rastro de suavidad. Me acerqué a su escritorio de caoba. Había carpetas con sellos oficiales, un cenicero de cristal tallado y una pluma estilográfica de plata. Pero mi atención se centró en un pequeño cajón que no estaba del todo cerrado.
Lo abrí con el corazón latiendo en la garganta. Dentro no había armas ni contratos. Había una fotografía vieja, desgastada por las esquinas. En ella, un Alexander mucho más joven, sin la cicatriz que ahora domina su rostro, sonreía de una forma que me detuvo el aliento. Estaba abrazado a una mujer de cabello claro y ojos dulces. Se veían felices. Se veían vivos.
Debajo de la foto, encontré un pequeño relicario de plata. Al abrirlo, vi un mechón de cabello rubio y una fecha grabada: 14 de mayo. La fecha del ataque que, según los rumores que mi padre nunca quiso confirmar, le cambió la vida.
—¿Qué estás haciendo aquí, Isabella?
La voz de Alexander me golpeó como una bofetada física. Me giré bruscamente, dejando caer el relicario sobre el escritorio con un tintineo metálico. Él estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, con su abrigo negro todavía puesto y los guantes de cuero en la mano. Su presencia llenaba la habitación, haciendo que el aire se sintiera de pronto demasiado escaso.
—Alexander... yo... —balbuceé, sintiendo el calor de la vergüenza subir por mi cuello.
Él caminó hacia mí con una lentitud depredadora. Cada paso parecía hacer vibrar el suelo. No gritaba; su furia era algo mucho más peligroso: era silenciosa, contenida, una tormenta a punto de estallar tras una máscara de hielo. Se detuvo frente al escritorio y miró el relicario abierto. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose del color del acero antes de una batalla.
—Te di una lista de reglas —dijo, su voz apenas un susurro que me erizó la piel—. Te advertí que este lugar estaba fuera de tus límites.
—¿Por qué? —le pregunté, recuperando un ápice de mi audacia—. ¿Porque tienes miedo de que alguien vea que tienes sentimientos? ¿Que no eres solo una bestia hecha de cicatrices y reglas?
Alexander rodeó el escritorio con un movimiento fluido y me acorraló contra la madera pesada. Sus manos se apoyaron a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome en el pequeño espacio entre él y su mesa de trabajo. Estaba tan cerca que podía ver cada detalle de su iris, cada pequeña línea de la cicatriz que subía por su mejilla. Su aliento, que olía a café y a ese frío exterior del que venía, rozó mi frente.
—No tienes ni idea de lo que estás buscando, Isabella —gruñó, inclinándose hacia mí hasta que nuestras narices casi se tocaron—. Mi pasado no es un cuento de hadas que puedas arreglar con tus flores y tu música.
—Vi la foto, Alexander. Vi quién eras antes de que decidieras enterrarte en este lugar —puse mi mano sobre su pecho, sintiendo el latido errático y potente de su corazón bajo la tela fina de su camisa. El contacto fue como una descarga eléctrica que recorrió mi brazo—. Ella se fue, ¿verdad? Y tú te quedaste aquí, castigándote por seguir vivo.
La mandíbula de Alexander se tensó tanto que creí que se rompería. Su mano derecha abandonó el escritorio para agarrar mi barbilla, obligándome a mirarlo directamente. Sus dedos eran fuertes, pero había una extraña delicadeza en la forma en que sujetaba mi rostro, como si temiera romperme pero no pudiera evitar tocarme.
—Ella no se fue. Se la llevaron para llegar a mí —confesó, y por primera vez vi el dolor puro sangrando a través de sus ojos—. Y cada vez que alguien como tú intenta entrar en mi mundo, el ciclo empieza de nuevo. Por eso puse las reglas, Isabella. No para dominarte a ti, sino para dominar a los demonios que te perseguirán si te acercas demasiado.
Su pulgar rozó mi labio inferior, un gesto cargado de una sensualidad tan cruda que me hizo flaquear las piernas. El roce de su piel contra la mía era fuego puro. La tensión entre nosotros ya no era solo de odio o miedo; era un hambre física que se podía palpar en el aire cargado del despacho. Mis ojos bajaron a sus labios, deseando que rompiera esa última barrera, que me demostrara que debajo de la Bestia había un hombre capaz de amar de nuevo.
—No tengo miedo de tus demonios, Alexander —susurré, acortando la distancia—. Tengo miedo de que te mueras sin volver a sentir nada.
Él soltó un gruñido bajo, un sonido animal que salió desde lo más profundo de su pecho. Sus manos bajaron de mi rostro a mis hombros, apretándome contra él. Podía sentir la dureza de sus músculos, la solidez de su cuerpo contra el mío, invitándome a perderme en su oscuridad. Sus labios rozaron mi oreja, y su aliento cálido me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—Eres peligrosa, Isabella —murmuró contra mi piel—. Mucho más peligrosa que cualquier enemigo armado que haya enfrentado. Porque tú me haces querer cosas que juré no volver a desear.
Me apartó bruscamente, como si el contacto le causara un dolor insoportable. Se giró hacia la ventana, dándome la espalda, su figura recortada contra la luz que empezaba a declinar. Sus hombros estaban tensos, su respiración era pesada.
—Vete de aquí —ordenó, recuperando el tono gélido de la autoridad—. Y si vuelves a entrar en este despacho, no responderé de mis actos. El personal te servirá la cena en tu habitación. No quiero verte por el resto del día.
Salí del despacho casi corriendo, con el corazón martilleando en mis oídos y los labios todavía hormigueando por su cercanía. Al llegar a mi habitación, cerré la puerta y me apoyé contra ella, tratando de recuperar el aliento.
Había roto la regla número cinco. Había visto el corazón de la Bestia. Y lo que descubrí no me asustó; me dio armas. Alexander Thorne no era un monstruo por elección, sino por protección. Y mientras miraba mis manos, que todavía temblaban por el roce de su piel, supe que no iba a rendirme.
Él cree que me está manteniendo a salvo con su frialdad, pero lo que no sabe es que la mayor amenaza para su mundo de sombras no está fuera de estos muros. Soy yo. Soy la luz que va a derretir su hielo, aunque tenga que quemarme en el proceso.
Esa noche, mientras cenaba sola frente a la ventana, miré hacia el ala oeste. Sabía que él estaba allí, en la oscuridad, luchando contra el recuerdo de una mujer rubia y contra el deseo de una mujer castaña que acababa de invadir su santuario.
La Bestia había sido herida en su propio terreno. Y yo apenas estaba empezando a jugar.